El beaterio

El beaterio, de Iñaki de Mujika: 'Los niños, contentos a la cama'

04.04.2021 | 02:12
Aritz Elustondo dedicó el título a su difunto padre. El beasaindarra levanta la Copa con Álex Remiro, con el pañuelico y las redes de la portería al cuello.

Quienes hemos cumplido unas cuantas décadas y las llevamos a la espalda vivimos, en los pasos del camino, la conquista de las dos ligas, la Copa de Zaragoza, la final de Madrid, la Copa de la Reina en Granada y otras citas imborrables. Sin embargo, hay muchísima gente que estos puntos de encuentro los conoce por la historia y desea ser protagonista de nuevos peldaños en la escalera de las grandes conquistas. Algo así como sentir la pisada. Por eso, la final de este sábado añadía al título un argumento del que podrán presumir miles de seguidores, fundamentalmente la gente joven, siempre tan cerca del entusiasmo. El gol de Oyarzabal y la actuación coral de un equipo intachable, llevaron la alegría a un territorio tan necesitado de buenas noticias.

El último día de clase, antes de que los centros cerrasen por vacaciones, acudí al colegio más cercano a casa. Los niños entran a las nueve menos cuarto. Cerca de la puerta, puntual, trataba de fijarme, desde las ocho y media, cómo iban vestidos los alumnos. Más de lo que se pudiera pensar, un montón de chavales presumían de la elástica txuri-urdin. Unos, con el nombre del futbolista que les cautiva; otros, con el suyo propio. Se veían casacas de la última hornada y otras más antiguas. Los críos iban encantados de la vida, con unas mochilas más grandes que ellos. Cuando padres y madres les dejaron en la puerta y los alumnos pasaron a las aulas, traté de reflexionar en la petrilla que separa la tierra del mar en la desembocadura del Bidasoa. Una conclusión. Solo por la alegría que suponía el triunfo para ellos, merecía la pena el esfuerzo de lograrlo. Seguro, que todos se fueron a la cama contentos y con la camiseta puesta, sin pijama. A veces, perdemos el norte. Nos atiborramos a montar saraos, tertulias, programas especiales, entrevistas con los habituales y un carro de más de lo mismo. Hay otro mundo y otros mundos en los que se asume la final con pasión inusitada o desconocida.

Imaginad por un momento. Situaros en el Santuario de Arantzazu ¿Cómo viviría anoche la final la comunidad de franciscanos en vísperas del Domingo de Resurrección? ¿Y la comunidad de Sor Matilde? Una religiosa que solía llamarme a la radio para comentar el último partido, que celebrábamos el mismo día santo y cumpleaños, que se reunía con el resto de religiosas en torno al transistor para escuchar la retransmisión cada domingo. En esta época me felicitaba las Pascuas, lo mismo que las navidades cuando tocaba y, por supuesto, el día de San Ignacio. ¡Faltaría más! Todos cantando salmos sin parar, laudes y vísperas.

Por eso, anoche atacado de los nervios como tantísima gente, pensaba en esas personas. No habrán puesto banderas en las ventanas de las celdas, ni de las residencias, ni de los geriátricos, ni en taxis, camiones de basura, autobuses de línea, panaderías y pastelerías. Están a otra cosa, pero su procesión va por dentro y también sienten los acelerados latidos del corazón. Los críos levantados a las tantas, los conventos invocando y encendiendo velas, las personas que trabajan a esas horas anteponiendo la obligación a la devoción. Esos también son de la Real, aunque no nos pongamos a pensar en ellos. Por esas personas, que también tienen derecho a la felicidad y a compartirla con los demás, quería que el equipo ganara. Y ganó porque se lo merecían. Cuando se disputó la final del manomanista entre Erik Jaka y Jokin Altuna iba con el primero y se lo dije al segundo, porque con ambos mantengo una cordial relación.

Era una oportunidad y no la desaprovechó quien no sabía lo que era el título por antonomasia. El camino no fue fácil, plagado de dificultades y contratiempos. Cuando alcanzó el cartón 22, un grito cargado de tensión llegó al cielo. Estaba contento por él, porque sé cómo fue el camino hasta ese logro. Llegado el momento de la entrega de trofeos, sentí un vacío enorme. Ni gente, ni nadie, ni nada. Como si fuera el self service de un restaurante, protagonizó una entrega inolvidable, que no se sostenía. Cogió el trofeo y se puso la txapela. Anoche por lo menos, se cumplió el protocolo. Nuestro cojitranco capitán agarró la copa con más fuerza que las muletas. Asier bajó como pudo los escalones, hizo un gesto a Mikel Oyarzabal y los dos, en santa comunión, elevaron el trofeo al cielo en medio de la algarabía de sus compañeros. Muchos jugadores apostaron por el club, aceptaron el reto y aquí está el premio.

Jaka jugaba ayer tarde en el Labrit un partido muy importante, sin suerte en el resultado. Seguro que volviendo escuchaba la retransmisión por radio, pensando en los futbolistas que conoce. Muchos de ellos tan pasionales como él y con la ilusión por bandera. ¡Necesitamos, necesitábamos, nuevos héroes! ¡Ya los tenemos! El partido no iba a ser fácil de ninguna manera. Imanol no planteó nada que no fuera esperado. La alineación que se intuía tras la baja de Illarramendi saltó al césped.

Un primer tiempo, nulo en concesiones, llevó a los protagonistas al vestuario. Ni ocasiones, ni ¡uys!, algún ¡ay!, escasez de saques de esquina y lluvia fresca que la naturaleza quiso repartir a su antojo conocedora de la procedencia de los protagonistas. ¡Detallazo por su parte! Era imposible que no sucedieran cosas. Todas fueron protagonistas en el segundo tiempo. Que si una mano, que si un penalti, que si una roja que pierde color sobre la marcha, que si el trencilla y sus colegas, que ¡Oyarzabal! No hubo cristiano que no estuviera en ese momento con el corazón en un puño, recordando las últimas faltas máximas lanzadas por el eibarrés. Cuando el zurdazo entró como un cohete en la meta contraria, se soltaron los refajos y las palpitaciones volvieron, es un decir, a su estado habitual. Ocho minutos de prolongación que parecieron doscientos y un final feliz. Poco más que añadir sobre la marcha. Sed felices con este equipo, con sus técnicos y jugadores y con las personas que les ayudan. Las lágrimas de Oyarzabal seguro que no cayeron en saco roto. Los niños y los mayores le seguirán queriendo hasta el infinito. ¡Merece la pena!