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Real Sociedad - Athletic de Bilbao | Puntazo llovido del cielo

tablas Un centro de Roberto López que se tragó Simón da un empate a una Real resacosa que sufrió para dominar y que tuvo más ocasiones claras

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08.04.2021 | 01:06
Unai Simón se lamenta tras encajar el gol de Roberto López. Foto: Efe

Cuentan que cuando se presentó en el césped la Real de la Generación de Oro en Hamburgo para disputar la vuelta de la semifinal de la Copa de Europa se encontró con el vacile y el intento de humillación de los alemanes que hacían gestos con la manita como si les fueran a golear. Arconada entró tanto en cólera que en el vestuario lanzó una arenga enloquecido en la que convenció a sus compañeros de que no salían derrotados de ese estadio. Hay que tener mucho cuidado. El fútbol tiene unos códigos que hay que respetar. Mariachis, tonterías de bocazas y el orgullo herido tras hacer el pasillo... El entorno más tóxico se encargó de motivar a un Athletic que, una vez más, demostró que el derbi es tan importante como lo afronta la Real, ya que Marcelino arriesgó hasta a su equipo de gala a pesar de que en diez días afronta otra final de Copa. Cuando los rojiblancos se frotaban las manos y se pensaban que iban a vacilar a la afición realista con el cabezazo de Villalibre, Unai Simón cantó como nunca al tragarse un centro de Roberto López que puso las tablas en un derbi tan igualado y aburrido como los de últimamente.

Cuando coinciden dos encuentros de máxima rivalidad y tensión, con una final esperada después de décadas, y separados en el tiempo solo por horas, es muy importante mantener la compostura, ser respetuoso, no meter la pata y alimentar la fama de un derbi único en el mundo. En el momento que hay un título a disputar, cualquier circunstancia por mínima y nimia que sea trasciende al juego. Por eso se le ha dado tanta importancia a algo que no se ha discutido en Bilbao, como el hacer el pasillo al vencedor. Basta ya de desviar la atención de un debate que partió de Anoeta y lo alimentó su medio afín, que ayer, en un giro de tuerca surrealista, culpaba a la caverna mediática de querer intoxicar las relaciones entre ambas entidades, en lugar de entonar el mea culpa por, entre otras cosas, haberse inventado la noticia de que los capitanes habían hablado entre ellos para que no hubiera pasillo (desmentido entre risas en Lezama y Zubieta). A ver si ahora el verdadero problema lo vamos a tener mucho más cerca de lo que creemos porque algunos pretenden controlarlo todo y sus secuaces les sustentan escribiendo al dictado hasta que se quedan al descubierto y disparan a todo lo que se mueva para tratar de protegerse. Una pena.

Y era importante no quitarse las caretas. Demostrar que el ejemplo dado al mundo en toda una final, con la magnífica actitud de vencedores y vencidos, no era ninguna pose. Lástima que hubiese algún patoso evitable, como nuestro portero en un vídeo privado y de confianza (tampoco era para tanto, algunos tienen la piel muy sensible cuando pierden, aunque no debió hacerlo si iba a molestar a sus excompañeros, como así fue), aunque lo más hiriente y ofensivo fue que Marcelino recuperó su versión original llorona en la derrota, en un mensaje lamentable y peyorativo contra Imanol cuando le había derrotado de forma nítida en la pizarra y escudándose de forma deplorable en una supuesta e inventada responsabilidad del colegiado. No tiene justificación que un entrenador lance el mensaje de que su rival había jugado "muy mal" cuando te ha derrotado en toda una final de Copa. Que los alcaldes y los mendrugos mal perdedores se dejen de tonterías de trompetas y absurdeces varias; el que de verdad no estuvo a la altura fue el asturiano, que, aunque es un gran entrenador pese a que no olvidará jamás la lección que recibió en La Cartuja, se escudó en un mensaje plagado de excusas pueriles y en una censurable falta de corporativismo con la que no se hubiera atrevido seguro con otro que no fuera el campechano Imanol. Lo esperado. Nada nuevo. Y lo que te rondaré morena, porque el hecho de que va a acabar mal en el botxo no cotiza en la casa de apuestas.

Imanol confeccionó un once de circunstancias. El retraso de su convocatoria no anunciaba nada bueno y Merino no había entrenado la víspera. Mala pinta. La lumbalgia que estuvo cerca de dejarle fuera de la final siguió generándole muchos problemas a pesar de que en el club querían restarle trascendencia. Gorosabel también se presentó muy justo a la cita, algo que no tuvo nada que ver con su retraso en la salida de Sevilla, por lo que Aritz entró en la zaga, junto a Aihen, que, como se esperaba, también acusó el desgaste, en lugar de Monreal, que optó por no arriesgar. En la medular, Zubimendi y Guevara parecían fijos, con la novedad de Barrenetxea y Carlos por delante, acompañados por el infatigable Oyarzabal. Y arriba Isak, que, según dicen, tampoco quiso perder mucho el tiempo en la noche de celebración. En definitiva y en resumen, por fin las dos torres. Una alternativa que muchos esperaban. Y ocho canteranos, que no es mala receta para recibir al eterno rival.

En frente, y por mucho que desde Bilbao se anunciaban rotaciones, el mismo once de la final. Que para rato iba a reconocer errores Marcelino consciente de que su parroquia estaba sedienta de venganza y de que una victoria en Anoeta, aunque no fuera demasiado relevante para la clasificación, significaría un paso de gigante para preparar la segunda final ante el Barcelona. Los que conocen a los rojiblancos admitían antes de comenzar el choque que su depresión era de campeonato tras perder una Copa que estaban convencidos de llevarse a casa.

Con o sin música y sin mofas o ofendidos, el Athletic salió más fuerte al campo. Con la lección bien aprendida, los rojiblancos, que reconocido por ellos sintieron que no estaban desde el primer minuto en Sevilla, salieron mucho más fuertes y mejor colocados. Tampoco es que la primera parte difiriera demasiado respecto a lo sucedido en La Cartuja, pero los de Marcelino mordían más fuerte y se sentían menos presionados y con más mordiente para controlar a una Real que, con cinco cambios, pareció no salir con tanta hambre. Con el peligro que eso conlleva en un derbi. Al margen de sensaciones, esas que tanto le gusta valorar a Marcelino a posteriori, antes del descanso hubo muy pocas oportunidades reseñables. A los nueve minutos, Zubimendi remató alto un córner de Oyarzabal. Williams no encontró portería tras un buen pase de Berenguer; a Raúl García y a Barrenetxea se les escaparon sendos disparos lejanos, como a Monreal; y en la última jugada Remiro abortó muy atento un centro de Yuri que llevaba marchamo a gol. En resumen, 0-0, nada nuevo, lo esperado como en La Cartuja.

En la reanudación el Athletic fue mejor hasta que salió Januzaj. Le Normand salvó el gol a disparo de Berenguer e Isak, en un balón suelto, estuvo a punto de desnivelar la contienda. Cuando salió el belga las tornas cambiaron por completo porque la Real comenzó a pisar el área con peligro. Incluso generó dos ocasiones claras que desperdiciaron Portu y, sobre todo, Roberto López, a quien se le escapó fuera su disparo con todo a favor. Con el duelo a la deriva, un centro de Berenguer lo cabeceó Villalibre a la red y, sin tiempo para lamentaciones, un centro chut de Roberto López se coló en la escuadra ante la pasividad de Simón. De los que escuecen.

Empate. Por ocasiones, la Real mereció más; por dominio, el Athletic. Todo ello con la resaca del título. Eso sí que es para siempre. Lo de ayer no.

Marcelino demostró que el Athletic se toma muy en serio el derbi al arriesgar a su once de gala a diez días de su segunda final de Copa

Una Real muy mermada fue incapaz de controlar el juego, pero dispuso de más ocasiones y empató con un golazo de Roberto López