De repente se hizo el silencio. Yo venía de sufrir un tirón de orejas en el entrenamiento entre semana porque en el partido anterior recibí un pase en el área que se me quedó demasiado atrás para rematar, intenté un globo de tacón en carrera para ponerme el balón por delante que, por supuesto, no me salió e intenté finalizar (los que me conocen visualizan mi intento fallido de filigrana a la perfección). “No se puede andar con tantas florituras, en los metros finales tienes que ser mucho más práctico y contundente”. El mensaje seguía martilleando mi cabeza cuando llegó la siguiente jornada. Yo, que actuaba siempre por el centro y encogía el cuello en el último momento cuando me disponía a cabecear uno de esos saques del portero que lograba que la piedra del balón Mikasa bajara con nieve, me encontré sin quererlo ni beberlo con una situación perfecta para redimirme. Abrí un balón a la banda, ataqué el área con la misma fe que lo hacía Kovacevic. El centro me vino un poco largo y comprendí que no tenía más remedio que emprender el vuelo para intentar cabecearlo a la red mientras me esperaba la gravilla del viejo campo de Heriz para pasar factura a mi cuerpo durante varias semanas. No lo dudé, me lancé y conecté el testarazo. Después solo hubo silencio. No sabía lo que había pasado. Gol desde luego no fue. Y eso que estaba muy cerca de la portería. No sabía ni qué hacer mientras trataba de regresar a la normalidad, sucio y magullado. No me atrevía ni a preguntar. Cuando volvía al centro del campo, me giré y me di cuenta de que mi aita estaba detrás de la portería. Siempre mi aita. No fui capaz de preguntar ni en la ducha a mis compañeros que al menos estaban contentos porque habíamos ganado 0-1 y había dado la asistencia al goleador (todavía la recuerdo, con amago incluido, parecida a la de Guedes a Oyarzabal en el primer tanto de Vitoria). Mi entrenador, el mismo que me había leído la cartilla, tampoco me comentó nada. Cero. Cuando salí fui en busca de mi aita que no tardó en confirmar mis sospechas. Lo que yo pensaba que había sido un salto imperial, al más puro estilo Van Persie en el Mundial contra España, se había quedado en un lastimoso vuelo a ras de suelo y con un remate con los ojos cerrados y casi con la coronilla que se había estrellado en el poste. Cosas que pasan. En realidad, el fútbol es mucho más divertido cuando lo ves con tus propios ojos. No dejes que nadie amenace un buen recuerdo personal. No merece la pena.

Dos silencios atronadores

El silencio. Ese extraño invitado que tan pocas veces comparece en el fútbol. Yo siempre digo que las dos veces que el silencio se convirtió en atronador las viví en Atotxa con la lesión de Arconada en una primera jornada de Liga en 1986 y tras el fallo de Fuentes a dos metros de la portería que nos daba el pase a las semifinales de la Copa de la UEFA en 1988. Fueron silencios distintos. El silencio como reflejo del duelo y el silencio cuando el estadio aguanta el aire antes del estallido de una celebración que se alargó porque nunca llegó. Iniesta también suele comentar que de repente no escuchó nada más que golpeo en el momento que marcó el gol con el que ganaron el Mundial. 

El pasado miércoles volví a escuchar otro silencio en el momento en el que Toni Martínez fue a patear su segunda pena máxima que, en caso de haberla transformado, hubiese supuesto clavar varios clavos en el ataúd txuri-urdin. 

Los penaltis

Dicen que los penaltis detienen el tiempo. Para el lanzador es una condena; para el portero, una oportunidad. Por eso muchos guardametas quieren que el partido llegue al único momento en el que el error ajeno vale más que el propio. En el que no tienen nada que perder. En la mayoría de ellos es el instante en el que no controlan y asoma esa cuerda locura que acecha en mayor o menor medida a todos los de su especie. En un penalti no gana el que chuta mejor, sino el que duda menos. Por eso, cuando llega una tanda, los porteros sonríen. No están locos. Están en su jardín. Incluso algunos catalogan de teatro a lo que empiezan a hacer para tratar de desconcentrar y comerle la tostada al pateador, pero en realidad tiene nombre lo que hacen y se llama supervivencia.

Casillas decía que el penalti es más psicológico que técnico y Neuer defendía que se decide antes de que llegue a golpear el lanzador. Incluso el Dibu Martínez ha ido más allá al comentar que se mete en la cabeza del verdugo. Todas estas teorías me llevan a entender la enorme parada de Remiro que permitió a la Real mantenerse en pie, venirse arriba y remontar una eliminatoria que se le estaba poniendo muy cuesta arriba.

Como todos sabemos aquí, en el terreno mental, no hay nadie más preparado y fuerte que el meta realista. Hay pocos estadios en el que se ve menos que Mendizorrotza y que, por cierto, peores conexiones tiene en toda la Liga, sin que pongan una televisión para que los periodistas no emitamos juicios precipitados en acciones cuanto menos dudosas o polémicas (y alguno todavía te reprocha que les ha puesto un tres en lugar de un dos a un jugador; Twitter…). Un hombre entrado en años como yo, solo pudo ver y adivinar los goles de la remontada a lo lejos (el maldito disparo de Orri parecía no entrar nunca desde la distancia). En cambio, como es lógico, tuve una privilegiada perspectiva del gol de Oyarzabal (Zeus). Y de la pena máxima. El Momento. Qué injusto es el fútbol y la memoria con los porteros, ya que con el paso del tiempo, seguro que en nuestra cabeza prevalece el recuerdo de los goles antes que el de la jugada clave de la contienda. Y la sensación que me dio es que era un fusilamiento. Dicen que los lanzadores ven a los porteros gigantes en la portería, lo que me pasaba a mí es que me parecía que el punto de penalti estaba más cerca que nunca y que eso era un fusilamiento.

Remiro

Remiro, que venía de encajar un gol parable de esos con los que se martirizan los porteros durante los 90 minutos y lo que venga, se concentró, se autoconvenció de que lo iba a detener y se lanzó con tanta convicción que incluso acabó atajando la pelota. Incluso se levantó y pidió tranquilidad a sus compañeros. El mismo que estaba situado en el paredón para ser ejecutado. Me pareció una metáfora futbolística sublime. 

Ahora les cuento cómo lo viví en el palco de prensa. Con buff y gorro, solo se veían mis ojos (tampoco hacía tanto frío, dicho sea de paso). Invoqué al espíritu de Arconada, recé a todos los santos a pesar de no ser creyente y juré que nunca en la vida criticaría a Remiro si detenía esa bala que aguardaba su destino (es un decir, nunca tampoco).

Las vidas de Matarazzo

El resto de la historia ya la conocen. Matarazzo consumió otra de sus vidas de gato y la Real remontó. Que igual del 3-1 también hubiera salido el inmortal, yo desde luego no lo descarto. Sin jugar tan bonito y bien planeado como lo hace por ejemplo el Elche o lo hacía en sus inicios con Imanol, pero gana por casta, fe, alma y corazón. Una fórmula que llena a cualquiera porque engancha y emociona, aunque necesite producir más juego para soñar en grande. Matarazzo sigue llevando al límite a nuestros corazones. Mientras siga imbatible lo daremos por bueno, pero ha llegado el momento en el que tenemos que mandar una prueba de vida cuando acaban los encuentros para tranquilizar a nuestros seres queridos. ¿Lo oyen? No es silencio, es el rock and roll de Rino. Que no pare. ¡A por ellos!