Los últimos cuatro años del irundarra Rafa González Merino han sido “una odisea”, tanto física como psicológica. A finales de 2021 contrajo el covid y, con ello, perdió resistencia, movilidad y memoria, unos síntomas que no solo le han acompañado desde entonces, sino que se han deteriorado. A pesar de contar con informes neurológicos que indicaban que padecía covid prolongado, tuvo que recurrir a los tribunales y no ha sido hasta hace dos semanas cuando ha recibido la notificación definitiva por la que es reconocido con la incapacidad absoluta, la máxima, por esta enfermedad. “Hay mucha gente que está en la misma situación y a la que se la está juzgado por su físico y no por su historial médico”, asegura, denunciando falta de apoyo institucional y sanitario para este colectivo que, se estima, cuenta con entre 250 y 300 afectados en Euskadi.
El calvario de Rafa comenzó a finales de 2021, durante la sexta ola de la pandemia. “Me encontraba enfermo, con gripe y fiebre, pero, como era invierno, piensas que es lo que tiene el invierno, nada más, pero el último día del año no fui capaz de tomarme las uvas y me marché a la cama antes de las doce”, relata. Durante una semana, este irundarra de 59 años permaneció en casa, tratando de recuperarse de los síntomas, hasta que el día 7 decidió acudir a la cita que tenía para recibir la tercera dosis de la vacuna contra el coronavirus. “No fui capaz de llegar. Me quedé tirado en la calle, apoyado en una pared sin poder seguir andando. Tuve que llamar a un amigo para que viniera a recogerme”, cuenta.
Ante la gravedad de los síntomas, Rafa fue al Hospital Comarcal del Bidasoa, donde le realizaron diferentes pruebas y ordenaron su ingreso. “El azúcar me había subido a 500 y pico, tenía todos los niveles disparados... Era una barbaridad, pero pasaban los días y, a pesar de estar medicado, iba a peor. El día 9 peor que el 8, el 10 peor que el 9...”, señala, afirmando que, ante tal situación, incluso pidió un teléfono para llamar a sus amigos y familiares para despedirse de ellos. “Era en plena pandemia, sin visitas, sin teléfono y sin Internet. Con todos los médicos vestidos como marcianos. En aquella soledad empecé a pensar y pensar y no veía el final”, indica.
"El azúcar me había subido a 500 y pico, tenía todos los niveles disparados... Era una barbaridad, pero pasaban los días y, a pesar de estar medicado, iba a peor. El día 9 peor que el 8, el 10 peor que el 9...”
Ante la falta de mejoría, Rafa decidió pedir el alta voluntaria y regresar a su casa. Era el 13 de enero. “Dije, pido el alta y me voy a mi casa a morir. Aquí no puedo más”, afirma. Comenzó entonces la segunda parte de su calvario: convivir con el virus para siempre.
Juzgado por el físico
Durante todo el 2022 Rafa trató de hacer una vida normal e incluso volvió a trabajar. “Era agente de seguros y también consultor para una empresa catalana. Un día me escribió un cliente preguntándome qué tal iba su tema y no entendía lo que me decía. No fui capaz ni de pensar en que si miraba más arriba de la conversación podría saber de lo que me hablaba. Mi mente estaba en blanco y había dejado a una persona sin seguro durante una semana. Ahí ya me empecé a preocupar”, indica.
Comenzó entonces a ir “de neurólogo en neurólogo” para tratar de dar con las causas de esas lagunas mentales y de ahí pasó a otorrinolaringólogos, traumatólogos, neumólogos... El informe médico era claro: En la actualidad presenta un cuadro de cefaleas de características tensionales. Dolores en extremidades. Fatiga, inestabilidad, mareo. Dificultades cognitivas con la afección de memoria. Concentración, fatiga cognitiva. El juicio clínico es covid prolongado. Esta patología no tiene en la actualidad una cura específica y supone de facto una situación de inaptitud sobrevenida para realizar su actividad laboral.
Este informe, junto al resto de documentos médicos, no obstante, no fueron suficientes para los técnicos del Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), que rechazó la incapacidad laboral. “Los 500 folios que presenté no sirvieron para nada, pero el informe que hicieron es todavía peor. A su juicio, estoy bien porque tengo un buen color de piel”, expresa, denunciando que fue juzgado por su aspecto y no por su historial médico. “En el informe se lee que porto múltiples cadenas, piercings en orejas y pulseras, pero ¿qué tiene eso que ver? Para ella (la técnico) es determinante y dice que estoy bien”, comenta.
“Los 500 folios que presenté no sirvieron para nada, pero el informe que hicieron es todavía peor. A su juicio, estoy bien porque tengo un buen color de piel”
En cuanto llevó esta valoración a su abogado, este lo tuvo claro: había que ir a tribunales. Lo hizo, además, apoyado en torno a medio centenar de compañeros en situación similar, con los que puso en marcha la asociación Long Covid Euskal Herria. “No entendemos nada de lo que está pasando. Ya no importa si tienes un informe médico bueno o malo, de inicio, a trabajar. Y si tienes una inspección, parece que cuanto peor vayas, mejor. Especialmente si eres chica, nada de maquillaje, ni pulseras ni nada, que te van a juzgar por ello”, asegura.
Más investigación
En el caso de Rafa, el juicio tuvo lugar en 2024 y hasta un año después no se le comunicó que lo había ganado. La sentencia fue recurrida y finalmente el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV) confirmó definitivamente la resolución hace tan solo dos semanas, reafirmando el reconocimiento de la enfermedad como de incapacidad absoluta.
Una comunicación que, no obstante, apenas le ha supuesto un alivio. “¿Qué me ha solucionado? Lo laboral, pero con esto ¿puedo volver a jugar al tenis? ¿Puedo montar en bicicleta como hacía antes? Antes no paraba y era, como se suele decir, el perejil de todas las salsas, pero ahora no quiero hacer nada. Me levanto cansado, sin fuerzas, y va a peor. De los 203 síntomas que hay registrados por el covid, empecé con 42 y ahora tengo 79”, indica.
"Antes no paraba y era el perejil de todas las salsas, pero ahora no quiero hacer nada. Me levantó cansado, sin fuerzas, y va a peor. De los 203 síntomas que hay registrados por el covid, empecé con 42 y ahora tengo 79”
A ello hay que sumar el estigma que sigue teniendo el virus hoy en día. “Cuando alguien me pregunta qué tengo y le digo que covid persistente, automáticamente dan un paso hacia atrás como si pudiera contagiarles”, observa. “Nos hemos convertido en el peor recuerdo del covid y nadie quiere recordarnos”, agrega, poniendo el foco también en las instituciones públicas y en los médicos, a los que hace un llamamiento para que se manifiesten en torno a los informes del INSS. “No sé si tienen un cupo para dar altas y bajas o no, pero lo que no hay es cupo para estar enfermo o no. ¿Qué sentido tiene que si yo soy el jefe de Neurología no se esté teniendo en cuenta mi informe? Entre pacientes y médicos creo que podemos darle la vuelta”, agrega.
“Cuando alguien me pregunta qué tengo y le digo que covid persistente, automáticamente dan un paso hacia atrás como si pudiera contagiarles”
Asimismo, pide que las dolencias de estas personas no caigan en el olvido y se continúe trabajando en su investigación. De este modo, alaba la puesta en marcha de la Unidad de covid persistente de Euskadi, aunque solicita que se descentralice del Hospital Basurto y que tanto Gipuzkoa como Araba cuenten también con un centro de referencia. “No estamos en esta situación por gusto, sino porque no podemos trabajar. Un día puede que me veas tomándome un vino sí, pero ese día es que me he levantado de la cama. Igual a la tarde estoy tirado en el sofá sin poder levantarme porque esta enfermedad es así. Me encantaría poder estar trabajando y volver a mis hobbies, pero esta no es la realidad”, asegura.