Alaphilippe es el rey del mundo otra vez

El francés, extraordinaria su exhibición, reedita el título mundial en Flandes y logra de arcoíris por delante de Van Baarle y Valgren

26.09.2021 | 17:41
Julian Alaphilippe, exultante tras conquistar el Mundial por segunda vez consecutiva.

Un trozo de papel anunció a Julian Alaphilippe que sería campeón del Mundo. El francés asintió con la cabeza. Ese trozo de cuartilla que le informó sobre la ventaja que disponía es un incunable, al igual que Alaphilippe, un ciclista extraordinario, un campeón de punta a punta. El francés unió Italia y Bélgica. Imola con Lovaina. 2020 con 2021. "No creía que fuera capaz de hacerlo", confesó Alaphilippe, que trazó una línea de todos los colores para repetir una victoria mundial. Dos hitos en su biografía. Exhibicionista, valiente, siempre corajudo, el pasional Alaphilippe, colosal, todo corazón, fotocopió sus recuerdos del pasado Mundial para subirse al cielo de Flandes. Otra vez. Medio minuto más tarde, Dylan van Baarle se colgó la plata y Michael Valgren se quedó con el bronce.

La hiel decoró a Bélgica en Flandes en un Mundial soberbio en el que gobernó un monumental Alaphilippe, que empleó el mismo método del pasado curso: un ataque que secó a todos, que les hizo viejos ante su exuberancia de gigante. "No tenía presión", analizó el inagotable francés, que es de todos los colores, un ciclista multicolor. Defensor del título, Alaphilippe retuvo la gloria en su regazo. No tenía intención de soltarla. Agarró el Mundial por la pechera después de descamisarse. Se desabrochó el francés para atar una victoria de época, sostenido por la red de seguridad de su selección. Los franceses generaron movimientos para desarticular a la académica Bélgica, que lo dispuso todo para la fanfarrea de Van Aert, para su coronación. Alaphilippe, el mejor, el más ambicioso, le arrebató el trono. Espumoso, inaccesible al resto, se encaramó al arcoíris. Alaphilippe no cambia de piel.

La liturgia del Mundial, volcado Flandes en la cuneta, febril, fervorosa, una algarada callejera maravillosa entre los muros y los pasajes por las calles, se desperezó con la escapada de los sin nombre. En realidad tenían identidad, pero apenas entidad. Esa fuga que la tradición cuenta que debe ser anónima, cumplió primer precepto, pero se estrelló de inmediato porque no le dieron carrete. El hilo se lo cortó el agitado Voeckler, a los mandos de Francia. El seleccionador ordenó la revolución francesa. Cosnefroy izó la bandera pirata. Al asalto. A la toma del Mundial. Restaban 180 kilómetros y la carrera alteró el pulso. Tormenta de vatios y decibelios. El orgullo del francés invocó a Evenepoel, guardián de las esencias de Bélgica después de que Merckx le tachara de egoísta. Evenepoel se colgó de Cosnefroy. Magnus Cort se sumó a la revuelta. El Mundial se había encendido con un fogonazo que dejó polvo de estrellas. Roglic se encadenó a un grupo que adquirió una renta que agobió a Italia, que tuvo que situar a todos los costaleros para cicatrizar la herida. Cirugía de urgencia. Los costureros italianos fueron capaces de zurcir el desgarro.

Hubo un instante de respiro en una carrera en apnea, que jadeaba a cada metro, fogosa entre el traqueteo burlón de los adoquines y las cotas que exigían, que retorcían los huesos y pintaban el cielo del paladar con ácido láctico. Evenepoel, pletórico, hiperactivo, no paró de enredar. Cogió la pértiga que le ofreció García Cortina. El asturiano se evaporó después. Lo mismo que Alex Aranburu, que puso las luces de emergencia y tuvo que retirarse.
Eso generó el corrimiento de tierras que sacudió el Mundial y lo situó en la tercera dimensión: camino de la eternidad. La carrera, repleta de aristas, sinuosa, picaba hacia el Olimpo.

SIEMPRE AL ATAQUE

Alaphilippe, campeón del Mundo, siempre chisposo, se descorchó. A pecho descubierto. Colbrelli, revivida Italia, se ató al francés. A Van Aert le costó más, pero tiró de la cuerda de los amarradores belgas para incorporarse al baile definitivo. Se formó un grupo estupendo con Van der Poel, Mohoric, Pidcock y Valgren, entre otros. Roglic y Pogacar, arrugados en el grupo perseguidor, tuvieron que capitular. Evenepoel se sacrificó en el altar belga entre el rugido de la afición, desatada y pasional. Evenepoel era la locomotora del tren donde se acomodaban Alaphilippe, Madouas y Senechal (Francia), Stuyven y Van Aert (Bélgica) Mohoric (Eslovenia), Bagioli, Colbrelli y Nizzolo (Italia), Pidcock (Gran Bretaña), Van Baarle y Van der Poel (Países Bajos), Valgren (Dinamarca), Hoelgaard (Noruega), Powless (Estados Unidos) y el checo Stybar. Agotado, Evenepoel se recogió tras la penitencia a falta de dos giros al circuito de Lovaina. Recibió el homenaje de sus compatriotas y el agradecimiento de Van Aert. Se condensó el Mundial.

Alaphilippe, inquieto, imperial, inconformista, se impulsó en la catapulta de Madouas. Siempre al ataque el francés, refractario a cualquier compañía. Guerrillero. El galo corrió a toque de corneta. No giró la cabeza. Arrancó el retrovisor el gesticulante Alaphilippe. Allí se perdió Van Aert, atufado, y Van der Poel, pendiente del belga. Fundido a negro. En Sint-Antoniusberg, Alaphilippe crucificó al resto con otra aceleración, con ese reprís tan suyo. La tercera. La definitiva. Powless, Van Baarle, Valgren y Stuyven intentaron esposarle. No les alcanzó. El oro se había fugado. Tampoco a Van Aert, Van der Poel, Colbrelli y los otros, que tuvieron que agachar la cabeza. Clavaron la mirada al suelo. Alaphilippe era un hombre libre en la última vuelta, en la que rodó en solitario. El francés, un ciclista de oro, buscó la línea del horizonte. En el cielo salió otra vez el arcoíris para él. Alaphilippe es el rey del mundo.

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