aL patrimonio industrial, esa herencia de acero, hierro y cobre en la que se lee una parte esencial de nuestra historia, le ha costado años reivindicar la importancia de su conservación. La draga Jaizkibel, una "joya naval de las que ya no se hacen", piropean los ingenieros, es un paradigma de las discrepancias sobre la pertinencia de su protección. En este ocasión, con desenlace feliz.

El final de su proceso de restauración, al menos del perfil que lo ha hecho reconocible, con su rueda dentada y su rosario de canguilones, motivó ayer por la mañana una inusual estampa en la cubierta de la draga, plagada de autoridades y cámaras, para curiosidad de los paseantes habituales por la zona de Ondartxo. La embarcación, varada en el astillero pasaitarra, ha recuperado parte de su esplendor de antaño y ha conquistado una pequeña batalla a la guerra de los dos tiempos: el que marca el paso de las hojas del calendario y el que enloquece las predicciones metereológicas.

La historia de la draga atraviesa el siglo XX. Nació en los Astilleros Euskalduna de Bilbao el 3 de noviembre 1933, fecha de su botadura. Prestó servicio durante medio siglo, siempre en Pasaia, y se jubiló en el mismo lugar a mediados de los 80. Hoy constituye uno de los escasos testimonios de patrimonio portuario que han sobrevivido al desguace.

Y se salvó por muy poco. La intención de la Junta del Puerto, entidad predecesora de la actual Autoridad Portuaria, consistía en subastarla y desguazarla. Lo evitó el empeño del Museo Naval, dependiente de la Diputación de Gipuzkoa, y la declaración en 1992 de bien de interés cultural por la Junta de Patrimonio del Gobierno Vasco. No obstante, el desacuerdo institucional ha provocado que transcurran otros veinte años hasta culminar su rescate (en su antigua acepción positiva).

La draga de 60 metros de eslora, responde al modelo rosario, es decir, está provista de una escala que soporta una cadena portadora de cangilones, unas enormes cazoletas de acero que excavaron fango, piedras y arena del fondo marino durante cinco décadas.

En la restauración se ha optado por respetar lo que existía y se ha descartado la fabricación. El motor, que ha estado diez años almacenado en Villabona, se trasladó hace dos meses a la sala de calderas. Todavía quedan piezas por restaurar, pero, según los ingenieros, requiere "un planteamiento distinto", una especial delicadeza que podrían desempeñar alumnos de las escuelas profesionales.

Su restauración ha costado 640.000 euros (200.000 euros más de lo previsto cuando se anunció el proyecto de restauración en 2010), que aportan la Autoridad Portuaria (400.000), la Diputación de Gipuzkoa (140.000) y el Gobierno Vasco (100.000). Los representantes de las tres instituciones ofrecieron ayer una perspectiva unánime. El presidente de la Autoridad Portuaria, Lucio Hernando, subrayó que "se inaugura una nueva etapa en la que la draga volverá a integrarse en nuestro paisaje como símbolo de una época, aunque, por desgracia -su deterioro lo impide-, no sea posible volverla a hacer navegar". El viceconsejero de Cultura del Gobierno Vasco, indicó que "en una sociedad tan pragmática y utilitarista es bueno que haya excepciones". "Un país como este, que tanto debe a la industria, no puede ser tan reacio a mostrar cierto reconocimiento por aquellos instrumentos que ha utilizado para producir riqueza". Para Ikerne Badiola, diputada de Cultura, departamento que defendió con firmeza su restauración, se trata de "una extraordinaria herencia que debemos conservar y poner en valor para el disfrute de la sociedad".

Las visitas, que se ceñirán al casco, con planta en forma de U, comenzarán en breve, cuando se solventen "algunos trámites administrativos". Supone la primera pista para buscarle un futuro provechoso al pasado.