Si bien el fichaje de Luka Doncic por Los Angeles Lakers sacudió al mundo de la NBA y puso a la franquicia de oro y púrpura como una de las claras candidatas a romper la fortaleza de los Thunder, la realidad ha sido totalmente contraria: Doncic y LeBron no se entienden, el entrenador no se muerde la lengua en las ruedas de prensa y la mejoría colectiva no llega.
Si nos centramos únicamente en los números, la sensación es que el equipo puede dar mucho más. A fecha de 2 de enero, los angelinos ocupan la quinta posición del Oeste con un récord de 20-11. Una marca que en cualquier otro contexto sería aceptable, pero que resulta insultante para un proyecto diseñado con la única meta de la inmediatez de resultados.
De todos modos, el calendario ha sido extremadamente benévolo: 18 de sus victorias han llegado contra equipos con balance negativo o en reconstrucción. Sin embargo, contra los rivales directos de la conferencia (Thunder, Nuggets, Wolves), el parcial es un 2-8 en contra.
En primer lugar, son el equipo que más puntos encaja en transición de toda la liga (16,4 por partido) y el que peor defiende el triple desde la esquina, permitiendo un 41% de acierto al rival. Cuando juegan contra equipos organizados que corren y mueven el balón, los Lakers no tienen piernas para llegar a las ayudas. Ganan por talento bruto a los equipos inferiores, pero son incapaces de competir físicamente contra los serios.
El desequilibrio estructural es alarmante. Tienen a dos de los mejores generadores de juego de la historia y eso te garantiza un buen ataque por inercia, pero atrás la cosa es muy diferente. Las estadísticas avanzadas sitúan a los Lakers en el puesto 22 de eficiencia defensiva, un dato inaceptable para un aspirante al anillo.
La salida de Anthony Davis ha dejado un agujero en la zona que ni Ayton ni los parches de la rotación pueden tapar. Sin un ancla defensiva, cada vez que la primera línea de presión falla, el rival tiene autopista libre hasta el aro. Meten muchos puntos, sí, pero necesitan meter 120 para ganar de uno sufriendo.
El sacrificio de Doncic
A pesar de que LeBron James está en todas las conversaciones para considerarlo el mejor jugador de la historia de la liga, su edad —41 años cumplidos hace apenas cuatro días— hace que Doncic sea actualmente la cara visible del proyecto. El intercambio por Davis con los Dallas Mavericks fue una obra maestra por parte de los de Los Angeles.
El ex del Real Madrid promedia 33,5 puntos, 8,2 rebotes y 8,7 asistencias. A simple vista, cifras de MVP. Pero entrando en las profundidades de esas estadísticas, se encuentra un 32,2% en triples (su peor dato en años) y una pasividad defensiva alarmante.
Para colmo, el entrenador parece no estar contento con el sacrificio que las dos figuras del equipo realizan. Tras la derrota frente a los Houston Rockets (96-119), JJ Redick no se mordió la lengua y señaló directamente a la ética de trabajo de sus estrellas: "No nos importa lo suficiente. No nos importa lo suficiente como para ser profesionales. Es una cuestión de elegir hacerlo, y con demasiada frecuencia tenemos chicos que eligen no hacerlo", comentó. No se quedó ahí la cosa, ya que acabó rematando la declaración con un duro y directo "no voy a hacer otros 53 partidos así".
La herida, sin embargo, viene de antes. La relación entre estrella y técnico nació viciada por la falta de autoridad que el esloveno parece concederle a Redick. No hay que olvidar que, al aterrizar en Los Ángeles, Doncic bromeó con la prensa recordando su breve etapa como compañeros en Dallas, asegurando que tuvo que "carrilear" a Redick entonces porque "no podía moverse".
No obstante, como pasa muchas otras veces, la ironía del destino es cruel: hoy es aquel tirador estático quien le exige movilidad y sacrificio defensivo al otro. Redick quiere un sistema dinámico y solidario, mientras que Doncic sigue jugando a su propio ritmo, convirtiendo cada posesión en un monólogo que, aunque brillante en lo individual, está desangrando al equipo en lo colectivo.
Al rey no le quedan muchos cartuchos
LeBron James está librando una batalla que muchos otros deportistas han perdido: la del tiempo. Esta temporada es la número 23 en su carrera profesional, la más larga de la historia del campeonato, superando las 22 del mítico Vince Carter.
Aunque su inteligencia en pista sigue siendo privilegiada, su cuerpo ha empezado a emitir las facturas de dos décadas en la élite. La ciática y la gestión de cargas le han apartado del ritmo competitivo en el inicio de curso, convirtiéndolo en un jugador de momentos y no de partidos completos.
Todo el mundo pensaba que iban a ser una gran dupla, la convivencia de ambos ha destapado que el juego de los Lakers se ha vuelto un sistema por turnos. O manda Luka o manda LeBron. Cuando ambos coinciden, el ataque se estanca y la defensa sufre.
Su situación contractual añade una urgencia dramática al ambiente. Con su contrato expirando este verano de 2026, la sensación en los pasillos del Crypto.com Arena es de "ahora o nunca". LeBron busca desesperadamente su quinto anillo para acercarse a Michael Jordan, pero su presencia, paradójicamente, está condicionando la evolución natural del equipo alrededor de Doncic. El equipo se enfrenta a una encrucijada de difícil solución: no pueden sentar a la leyenda por respeto a su historia, pero no pueden competir al máximo nivel físico con él 35 minutos en pista.
Por otro lado, el equipo tampoco parece tener un gran futuro. Al enviar su primera ronda de 2029 a Dallas en el traspaso de Doncic, los Lakers perdieron su red de seguridad más valiosa. Ahora mismo, Rob Pelinka (gerente de los Lakers) se enfrenta a un presente incierto y a un futuro desolador, ya que los únicos activos reales que le quedan son las primeras rondas de 2027 y 2031.
Esta situación vuelve a demostrar que los equipos no se construyen con los mejores cromos, sino con una idea y respetando lo que el entrenador quiere en este momento. No es solo una mala racha, es la confirmación de que el escudo y los nombres ya no ganan partidos por sí solos.