El Buen valle, Vallbona, es un barrio periférico, un arrabal, una arcadia aislada y cercada por un canal acuífero, un entramado ferroviario que allí no tiene apeadero y una red de autopistas por la que circulan coches siempre acelerados, siempre con prisa. Unos huyen de Barcelona, otros van a su encuentro, pero nadie se repara en el llamado valle bueno. Tan cerca y tan lejos de la gran ciudad está ese islote sin historia, que la Vallbona de hoy se ha convertido en una aldea global repleta de desheredados. Sus habitantes provienen de todo el mundo: de la India, de Brasil, de la España de la posguerra y del éxodo marroquí. Sus gentes cohabitan más que conviven, apenas se rozan pero todos se bañan en el mismo río... si la autoridad lo permite. El primer contacto que tuvo con Vallbona el director José Luis Guerín se remonta a hace muchos años pero no fue hasta 2023 cuando, por encargo del MACBA, decidió filmar en blanco y negro, a modo de material histórico recreado en el presente, un ensayo sobre microcosmos. A medio camino entre la épica de John Ford y el extrañamiento de Hou Hsiao-Hsien, en el centro, equidistante de ambos, respira José Luis Guerín. A su lado, y en este caso en concreto, Jean Renoir le espera. Pero, de hecho, es en su universo, de Tren de sombras a En construcción, donde se encuentra el ADN de este documento de fantasía y no ficción. A estas alturas de su vida, José Luis Guerín (Barcelona, 1960) no ha cambiado –ni resulta previsible que cambie– su modus operandi. Por si alguien duda de ello, Guerín presenta el filme como un work in progress y al hacerlo, al cambiar la jerarquía, viene a afirmar que su película ha sido más encontrada que dirigida, toda vez que se ha ido construyendo en el roce diario con los protagonistas del filme.

Historias del buen valle

Dirección y guión: José Luis Guerín.

Intérpretes: documental.

País: España.

Año: 2025.

Duración: 122 minutos.

Como en su radiografía sobre la transformación del Raval de En construcción, Guerín ha ido levantando esta colección de historias con paciencia y sensibilidad. Ha dado lugar a que la vida pase, a que el paisanaje, los intérpretes no profesionales de su relato, se olviden de la cámara. E, incluso, a que la muerte en su deambular sin pausa, se lleve a alguno de sus más conmovedores testimonios. El azar se incorpora aquí desde la paciencia y la empatía, desde el respeto y el destierro del prejuicio. Con esa disposición, el texto surge al entrelazar las declaraciones de los entrevistados que, día a día, se despojan de la impostura para mostrar ante la cámara, lo íntimo, lo esencial. Que Guerín persiga la espontaneidad no implica que no mueva los hilos del relato para cerrar mejor las emociones. Ni que no incurra en subrayados cinéfilos donde se impone su particular mirada sobre la vida. Para eso tiene la música y con ella refuerza el sentido fordiano del filme, un western sin pistolas, y la fuerza coral de lo colectivo cuando todos cantan.

En Historias del Buen Valle, en medio de la claustrofobia de un espacio acotado –las murallas que nos protegen son las mismas que nos aprisionan–, Guerín se permite un recital magistral a partir de ese cine que lleva cuatro décadas ensayando. De nuevo se asiste a su reivindicación del metalenguaje, del protocine y de la sencillez. Lo fácil sólo aparece cuando lo difícil ha sido domesticado. Y ese encadenado de instantes fugaces en los que se revelan secretos de familia, deseos sin palabras y testimonios sin disfraz, crece una de las más sugerentes propuestas del cine español, una edificante película desnuda. Durante esa colección de cuentos, sus personajes repiten con obsesión la idea de hablar con las plantas, la necesidad de regresar a la tierra. Por eso Vallbona deviene en alegoría del último paraíso, paraíso ciertamente sentenciado a muerte porque los escasos recursos que poseen sobreviven bajo condena.

Como acontecía en El cielo gira de Mercedes Álvarez, en esta colección de declaraciones Guerín ha dado con personajes extraordinarios, hombres y mujeres corrientes, cuyas palabras se clavan en el espectador.

Ante una proyección de Tren de sombras, cuando las luces de la sala se encendieron, una persona perpleja por haberse enfrentado a una película que nada tenía que ver con los estrenos convencionales comentó en voz alta, "esto se avisa". Con Guerín siempre hay que estar avisando. Prevenidos de que su cine, como el de Jonas Mekas, a quien le dedica el filme, entrega mucho al público solo si el público, a su vez, está dispuesto a entregarse él mismo a esta experiencia.