Valle de Cardós, tierra de puentes para la eternidad

Cuando piensas en puentes, lo más probable es que acudan a tu mente esas obras de ingeniería moderna como el Golden Gate, en la bahía de San Francisco (EE.UU.), la neoyorquina de Brooklyn, también en EE.UU. o cualesquiera otros famosos puentes que hayas cruzado en tus viaje por Europa. Es fácil olvidarse de que los antiguos romanos construyeron maravillosos puentes que son auténticas obras de ingeniería.

30.09.2021 | 10:10
Puente de Tavascán.

Y lo más sorprendente es que la mayoría de ellos está en pie y en perfecto uso. La obsolescencia programada aún no estaba inventada en el imperio romano.

Eso dice mucho de la sólida estructura de los puentes romanos muchos siglos después de su construcción: han sobrevivido no solo al ataque diario de transeúntes, turistas y automóviles, sino a los múltiples conflictos bélicos acaecidos a través de los siglos.

Pero lo más inaudito aún es la capacidad visionaria arquitectónica que los romanos tenían. Levantaron esos puentes con la arrogante intención de que perdurasen para siempre. Esto es, como quien dice, para la eternidad. Una profecía autocumplida (al menos, hasta la actualidad) inscrita en algunos templetes de sus puentes: "Durará cuanto el mundo durare". Suena aún más pretenciosa y pomposa en su lengua vernácula: "Pontem perpetui mansurum saecula", que es como realmente está grabado el mensaje. Así, en cuanto a puentes, el latín es una lengua muerta muy viva.

Románicos y románticos
La península ibérica posee un buen número de puentes dispersos por toda su geografía alzados por los antiguos ingenieros romanos. Los hay de todos los tamaños, longitudes, anchuras, y con muchos o pocos arcos, u ojos, como así también se los llama. Pero hay uno que, pese a su exigua dimensión, atrae hipnóticamente la mirada de cualquier viajero que tenga la suerte de verlo con sus propios ojos.

Se trata del puente de Tavascán, en el Valle de Cardós (Comarca de Pallars Sobirà, en Lleida), que cruza el río homónimo y une las típicas casas de piedra del antiguo núcleo poblacional dividido a ambos lados del río. Los puentes unen a las personas que las corrientes fluviales separan.

Es muy posible que, antes de atravesar el puente de Tavascán, el visitante permanezca detenido un buen rato admirándolo, absorto por su encanto, y pellizcándose un moflete para dilucidar si está ante algo real o es un paisaje onírico y surrealista, proyectado desde su pantomnesia infantil. De cuando sus padres o abuelos le narraban, al borde de la cama, cuentos como los de Caperucita Roja o Pulgarcito y él ilustraba en su mente los fantásticos paisajes donde sucedían las peripecias de sus pequeños héroes, en escenarios como el del propio puente en el que ahora se halla el impactado viajero.

Es casi imposible no soñar con los cuentos de hadas y gnomos ante el puente de Tavascán. Despierta pasiones y te transporta a un pasado feliz difícil de olvidar. Esos años en los que uno ignora qué es eso de la responsabilidad.

Las piedras mudas hablan
No es preciso que nadie te grite: "Oye, que este es un puente que tiene mil años". Es fácil intuirlo al contemplarlo. El puente de Tavascán está perfectamente conservado después de un milenio desde su construcción. Es difícil imaginar cómo los antiguos romanos movían piedras tan grandes y las ubicaban tan cuidadosamente dispuestas al levantar esos puentes que eliminaban los obstáculos a su expansión imperial.

Los romanos eran tan expertos invasores de territorios como ingeniosos arquitectos. Sabían latín, que diría un castizo. Pese a que los seres humanos tenemos una larga historia destructiva por guerras, y a pesar, también, de que el de Tavascán, como cualquier otro puente romano, ha sido cruzado por personas, animales, carruajes y rebaños, en todas las épocas, pacíficas y bélicas, ha sido también testigo mudo de múltiples conflictos sociales y políticos. Transido por todos estos avatares, el puente de Tavascán sigue cumpliendo, en casi pleno siglo XXI, la misma función para la que fue creado hace mil años: rutas para descubrir todos los puentes romanos del Valle de Cardós.
Pero el puente de Tavascán no es el único que puede asombrar al viajero. Hay un buen número de esbeltos puentes romanos cercanos a éste que brillan también por su atractivo y que merece –¡y mucho!– la pena descubrirlos. Se trata de prístinos puentes como los de Cassibrós, Mare de Deu de Lladrós o Borito, que arrastran aguas absolutamente límpidas y cristalinas.


Puente de Isil. Foto: Iolanda Sebé.

Nunca te podrás bañar dos veces en el mismo río, aseguraba Heráclito, pero sabes que nadie arrebatará la transparencia de sus aguas pirenaicas en las que, filosofías aparte, también se puede pescar truchas.
Asimismo, también existen tranquilos lagos como los de Romedo, Closell, Nahorre y Certascan. Cualquier época del año es buena para impregnarse de la magia bucólica y boscosa que rodea los puentes, ríos y lagos del Valle de Cardós.

Los puentes romanos han sido fundamentales para la comunicación humana. No en balde, los grandes pensadores siempre abogaron por construir puentes, ¡no muros!

Para disfrutar de todos esos encantos existen rutas excursionistas perfectamente señalizadas, para que cualquier amante de la naturaleza y el senderismo pueda vivir por sí mismo la reveladora experiencia romana de este valle pirenaico, a un tiro de piedra de Val d'Arán, Andorra y Francia. No le faltarán al viajero en estos recorridos iglesias, ermitas, restos de un castillo de la Edad Media, un despoblado y bellos prados donde pastan rebaños de cientos de ovejas aranesas, así como una antigua trampa para lobos. Reliquia que aún hoy irritaría a la famosa activista Brigitte Bardot, defensora de los derechos de los animales.

Y curiosamente, hasta se muestra el legendario lugar donde las brujas celebraban sus aquelarres. En este sentido, Ribera de Cardós, la población más grande del valle, celebra anualmente la Feria de las Brujas (L'Ambruixats) donde se mezclan las tradiciones paganas y la historia verdadera de estas mujeres injustamente tratadas por sus coetáneos sembrados de prejuicios (toda vieja solitaria y extraña consideraban que pactaba con el diablo).

Este pueblo también atesora el Museo de Mariposas de Catalunya, en el que se reúne una colección de 25.000 ejemplares de los que se exponen 3.500, incluido el más grande del mundo y el más pequeño y único en este planeta.

La visita al Valle de Cardós fomenta, por lo tanto, la aparición de momentos mágicos en la vida de muchos viajeros. Les permite huir del tiempo en el que viven todo el año y de la infausta aceleración que la mayoría de ellos arrastra cada día en las urbes más pobladas. "Viajar es vencer. Si te detienes, pierdes", reza un proverbio romano. La experiencia, pues, de descubrir este valle no es, ni mucho menos, una ingenuidad surrealista, sino que puede ayudar a entender mejor de qué se habla cuando nos referimos al concepto de calidad de vida. Nada mejora su mentalidad quien viaja solamente a un lugar y no cambia positivamente en algo su vida o sus costumbres. 

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