Berchtesgaden: de 'Nido del águila' de Hitler a parque natural

Es difícil entender que en un hermoso paraíso natural como es la zona de Berchtesgaden, en los Alpes bávaros, se pudieran gestar las operaciones más siniestras de la II Guerra Mundial. Fue en una de las cimas de este rincón donde Hitler fijó su segunda residencia, un refugio de montaña que admitió como regalo del partido, el famoso 'Nido del águila'. En la actualidad es un Parque Nacional donde queda poco de aquellos infaustos días.

05.02.2021 | 20:02
El 'Nido del águila' tras la guerra, y en la actualidad.

La zona de Berchtesgaden es como una península del sur de Alemania que se introduce en el mar austriaco. En realidad, cuando se va en coche por estos parajes apenas si te das cuenta de que estás en un país o en otro. Simplemente te guías por los indicativos de carretera. No piense quien lee esto que descubrimos algo nuevo al decir que es un auténtico paraíso natural, porque ya era meta del turismo internacional hace más de un siglo.
Dice la Historia que la belleza de estos parajes llamó poderosamente la atención de los miembros de la dinastía de los Wittelsbach a principios del siglo XIX, cuando deambularon por primera vez por estos valles. No se contentaron con ello, sino que ascendieron hasta las cumbres para oxigenarse como nunca lo habían hecho y decidieron quedarse. Construyeron un palacio en Berchtesgaden que hoy los nativos lo enseñan con legítimo orgullo. Sin embargo, casi todos los que van a este lugar preguntan siempre por las mismas cosas y en el mismo orden: el Nido del águila, la mina de sal y este palacio, las tres atracciones del pueblo.

Esta zona, incluyendo sobre todo a Salzburgo, se enriqueció tiempo atrás con el oro blanco que se sacaba de las minas de la región. Nos referimos, claro está, a la sal, elemento fundamental en la época. Su descubrimiento allá por el siglo XII fue todo un suceso que afectó definitivamente a la economía del lugar. Las grandes familias propietarias, caso de los Wittelsbach, lograron enormes fortunas gracias a la sal.

Atraída por cuanto se contaba de Berchtesgaden, su belleza natural y los prodigios que la sal causaba en muchos bolsillos, la nobleza bávara se interesó vivamente por la región, impulsando en 1880 la ampliación de una línea ferroviaria hasta el lugar. Aquellos intrincados valles quedaban así abiertos al turismo de élite. La mina de sal, enorme en su magnitud, aún sigue explotándose. Es más, si existe ocasión de ir por el lugar no hay que dejar de visitarla, porque merece la pena. Los propios mineros atienden al viajero ofreciéndole ropa adecuada, con la que le llevan en las vagonetas de un tren interior y finalmente le conducen a través de una laguna interior de aguas puras y cristalinas en una travesía difícil de olvidar.

La jet de la época empezó libremente a edificar sus mansiones en lugares de privilegio con panorámicas a cuál más extraordinaria. Los dos primeros famosos que sentaron sus reales en estos montes fueron Milka Ternina, soprano especialista en personajes wagnerianos que dejó la escena en 1906 a consecuencia de una parálisis facial, y Carl Bechstein, uno de los líderes a nivel mundial en la fabricación de pianos para conciertos.

Bechstein, que simpatizaba con las ideas nazis, ofreció cobijo a Hitler cuando éste escapó de Munich tras el fracaso del golpe del 9 de noviembre de 1923. De esta forma, el Führer conoció la belleza de aquel rincón montañoso. Quedó tan maravillado que al año siguiente, al salir de la cárcel de Landsberg, volvió al lugar alojándose en la Pensión Moritz. En aquel hotelito, llamado entonces Platterhof, pasó a limpio el libro Mein Kampf, que había escrito tras las rejas.

Hitler dejó caer que aquella paz de montaña era muy beneficiosa para su espíritu y pronto, como suele ocurrir en estos casos, hubo algunos empresarios que por congraciarse con él y para asegurarse un buen futuro se ofrecieron a financiarle la adquisición de Haus Wachenfeld, una casita del entorno. En las escrituras de compra figuró Angela Geli Raubal, su sobrina carnal, de quien se decía –malas lenguas, por supuesto–, que también era su amante. Geli acabó suicidándose en cuanto Eva Braun apareció en la vida del Führer.

En días claros, la vista desde el Nido del águila es magnífica. Las aves rapaces sobrevuelan la zona buscando presas. Por eso de hacer honor a la casa, hay que tomarse una infusión en la Casa del Té, situada en la cima del Kehlstein, a corta distancia de donde estuvo la Haus Wachenfeld. Para llegar allí hay que hacer un recorrido espeluznante por el interior de la montaña.


El imponente macizo de Obersalzberg.

El acceso desde el pie de la misma se efectúa a través de un túnel excavado en roca viva, en cuyo dintel se lee Erbaut 1938 (Construido en 1938) y a continuación se recorre una galería de 130 metros de longitud y tres de altura hasta llegar al ascensor que lleva a la cima. Por lo general el trayecto se hace en un silencio sepulcral solo roto por el ruido de las pisadas, tal vez porque todos tenemos presente que este túnel sirvió también de comunicación para muchos personajes de la Historia. ¿Y a qué iban?

"Muchos venían a adular al gran jefe por eso de que el ego de aquel personaje así lo necesitaba. En aquellas conversaciones surgían ideas que se lanzaban al viento por si alguien las cogía. Era como la rebotica de Berlín, el lugar donde se fraguaban proyectos faraónicos y leyes siniestras que luego se materializaban en los despachos oficiales", dice el guía.

Se puede ver el Untersberg, un conjunto montañoso de obligada ascensión para todos los jóvenes de la zona, Berchtesgaden y Salzburgo. Aspirar en la terraza es como meterte una bomba de oxígeno. "Así estaba la zona a finales de la pasada década de los años 20", dice el guía. "Todo cambió cuando Hitler fue nombrado canciller y su casita se quedó pequeña para toda la tropa que le acompañaba. Los servicios de vigilancia se apilaban en barracones. Era evidente que aquello precisaba una fortificación", añade.

Hormigón sobre edelweiss
Según datos del Dokumentationszentrum de Obersalzberg, Rudolf Hess decidió acondicionar el terreno y propuso a Martin Bormann la compra de 9 kilómetros cuadrados en torno a Haus Wachenfeld. A partir de ese momento fue el propio Hitler quien encargó a los arquitectos Albert Speer y Roderich Fick el trazado de la zona y la reforma de la casa, respectivamente. Eso sí, la sala de estar debía tener un espectacular mirador panorámico. "Aquello fue la debacle, porque no se respetó la naturaleza y se metió hormigón en cantidades industriales para la edificación de residencias de soldados, búnkeres€ Cada jerifalte quería su particular refugio. Hubo uno que tenía parquet y baño completo. No sé cómo se puede relajar una persona en un baño de espuma mientras a la vez están bombardeando".

La obra en la casa de Hitler incluía además almacenes de víveres y carbón para la calefacción y un largo etcétera. El resultado fue un recinto fuertemente protegido, tanto que el propio Führer en alguna ocasión hizo bromas en torno a que Bormann se había pasado con el hormigón, en clara alusión al cambio operado en tan idílico lugar. En realidad, aquel sosiego que le llamó la atención en un principio había quedado convertido en una inmensa fortificación con miles de personas a su alrededor.

"Lo curioso fue cómo se financió toda esta magna obra que rompía por completo con la naturaleza. Bormann recurrió ladinamente a los empresarios para que aportaran su óbolo en favor del Führer. ¿Quién se podía oponer? Muchos pensaron que participando obtendrían ventajas en sus empresas y corrieron a entregar su donativo. Se recurrió asimismo a los derechos de imagen del propio Hitler en fotos, tarjetas e incluso sellos. En cuanto a la mano de obra, al final de la guerra, tuvieron que recurrir a presos porque el resto estaba en los frentes", añade el guía.

Cuesta creer que en este escenario se dictaran los borradores de las más abyectas leyes contra la Humanidad y se planeara el inicio de la II Guerra Mundial. Por todo ello y su simbología, Berchtesgaden figuró entre los objetivos a bombardear por parte de las tropas norteamericanas. La residencia de montaña del dictador fue arrasada por la aviación. Luego entró la infantería y la ciudadela se vino abajo, incluido el bunker con baño completo. El Berghoff, como le llamaba Hitler, se vino abajo y con él todo su significado.


La belleza de Berchtesgaden es obvia y se aprecia en cuanto se llega al lugar.

Mala imagen
Para qué engañarse. La mayor parte del personal curioso que hoy llega lo hace atraído por el morbo de lo que un día significó políticamente este lugar. Muchos lugareños se molestan por ello. "Berchtesgaden ya estaba en la Historia mucho antes de Hitler y tiene sus propios encantos sin recurrir a ese período", dicen en un intento de limpiar la imagen.

Frente al posible agobio producido por la altura está la placidez del Königsee, un lago de ocho kilómetros de largo situado al pie de las montañas y que en algunos puntos tiene una profundidad de 190 metros. El nombre le viene muy bien –el lago del rey, en su traducción–, porque los monarcas bávaros utilizaron su entorno para el ocio. Es interesante una visita al pueblo con la posibilidad de sentirse como un monarca. No es difícil. Basta con beber una cerveza y girarse sobre los pies. Se ve un paisaje increíble: altas montañas con picos rocosos y faldas verdes solo salpicadas por la mota blanca de alguna casita. Y un eco que impresiona al primer grito. "Esto es la Naturaleza", piensa el viajero con evidente acierto.

La jornada se completa con un pequeño crucero por el lago. El recorrido se hace tomando un barquito que sale del pueblo y dura casi dos horas, pero es el tiempo mejor invertido. Al llegar a la mitad del lago hay que alzar la vista hacia la cima de las montañas circundantes. La opinión coincidirá con la del gran escritor costumbrista bávaro Ludwig Ganghofer: "Dios mío, trae a este lugar a aquellos a los que amas". 

BERGHOF, EL NIDO DEL MAL
Este refugio montañero sobre la cima de Obersalzberg le fue preparado a Hitler para que se relajara en sus momentos de ocio. En realidad, fue un lugar de cita para que íntimos y palmeros halagaran al sangriento dictador celebrando sus ideas. Con semejantes prolegómenos era mucho más fácil conseguir las firmas definitivas que en los despachos oficiales de Berlín.