En el número 11 de la calle Larramendi, en pleno corazón de Donostia, hay varios escalones que durante mucho tiempo fueron una frontera. Ahora, en cambio, Jesús Osés (70 años) disfruta cada día del sol, del café de media mañana y de una espontánea conversación en la calle gracias a la DYA. “Si este servicio no existiera, habría que inventarlo”, afirma de manera rotunda, mientras recibe en su casa a Iñigo Pérez, el técnico que le ayudará a salir del portal.

Hace dos años sufrió un ictus y el lado izquierdo de su cuerpo quedó paralizado. Desde entonces, la silla de ruedas es su apoyo diario y los escalones del portal, su mayor obstáculo. “Si no fuera por los operarios que me ayudan a salir para pasear con mi mujer, estaría en casa encerrado, tirado como una colilla”, apunta.

Pérez, técnico de DYA Gipuzkoa desde hace más de veinte años, comenzó trabajando en la asociación como conductor de ambulancias. Hoy, en cambio, acompaña a personas con movilidad reducida a recuperar algo que parece simple, pero no lo es: salir de casa. “Se me haría muy difícil volver a la ambulancia”, reconoce. “Los vínculos que se crean con cada persona son muy grandes”, reconoce, afirmando que se siente uno más de cada familia a la que ayuda.

Iñigo Pérez ayuda a Jesús Osés a salir del portal con una silla de ruedas motorizada. Ruben Plaza

Obstáculos

El portal en el que vive Jesús tiene ascensor, pero no a cota cero, y el camino hasta la puerta que le lleva a la calle cuenta con más de cinco escalones. “Llevábamos tiempo bajando como podíamos con ayuda de los vecinos que nos encontrábamos”, asegura su mujer, Emilia Guijarro. “En esos intentos, Jesús llegó a caerse varias veces. Gracias a una amiga dimos con el servicio de la DYA y prácticamente nos cambió la vida”.

Cada intento de salir a la calle se repetía con miedo y angustia. Maniobras improvisadas y tensión en cada peldaño. “En cada bajada nos exponíamos a un riesgo muy grande”, explica Emilia. Ella puede ayudarle en muchas tareas del día a día, pero no tiene fuerza suficiente para bajar a Jesús en la silla por las escaleras. “Yo también tengo mis cosas y no siempre he podido ayudarle”, asegura.

"Si no fuera por los operarios que me ayudan a salir para pasear con mi mujer, estaría en casa encerrado, tirado como una colilla"

Jesús Osés - Usuario de DYA

Dieron con el servicio casi por casualidad, porque una amiga de Emilia vio una furgoneta de la DYA ofreciendo apoyo para el día a día, ya fuese para salir del portal, para ir a una comida o para visitar al médico, y se lo comentó. Hasta entonces, no sabían que existía esa posibilidad. El boca a boca, aseguran desde la asociación, sigue siendo la principal vía por la que llegan muchos usuarios.

Desde 2023, cada mañana a las 11.30 horas un técnico sube a su casa con una silla motorizada capaz de bajar y subir escaleras con total seguridad. No hay sobresfuerzos y tampoco improvisación. A las 13.30 horas, regresan para ayudarle a subir. Entre medias, un paseo o un café al sol. “Un simple paseo cambia el día de una persona”, comenta Emilia, quien reconoce que desde que se inscribieron en el programa tanto ella como Jesús han recuperado mucha energía.

Aire fresco

Jesús no pierde el humor. “Me ayudan a bajar a la calle, a ir al hospital… los tengo para todo, estoy encantado”, afirma. Habla con entusiasmo de la plantilla de la DYA: “¡Vaya equipo! Nadie se lo imagina. Siempre que hable de la profesionalidad de los técnicos, me quedaré corto”.

"Yo también tengo mis cosas y no siempre he podido ayudarle"

Emilia Guijarro - Mujer de Jesús Osés, usuario de DYA

Para él, la diferencia es radical, ya que, durante meses, antes de conocer el recurso, salir a la calle dependía de la buena voluntad y la fuerza de terceros. Ahora, sin embargo, depende de una cita fija y de un equipo que siente “de la familia”. Emilia asiente. “Cada técnico que nos ayuda es como uno más de la familia”. Cuando en marzo comiencen las obras para eliminar los escalones del portal, la situación cambiará. “Me dará mucha pena despedirme de la DYA”, confiesa.

“Estoy más que contento”, insiste. No duda, y lanza un mensaje directo: “Recomiendo utilizar el servicio a todo el que tenga problemas para bajar de su casa, sea mayor o más joven, porque respirar aire fresco da vida”.

Barreras que no se ven

Detrás de cada historia individual hay un problema estructural. Nerea Aizpurua, responsable del departamento social de DYA Gipuzkoa, habla sin rodeos de “barreras arquitectónicas” que siguen presentes en muchos portales de Donostia y Gipuzkoa. “Hay edificios con ascensor, pero no todos están a cota cero. Otros directamente no tienen”, asegura. “Muchas veces no somos conscientes de las dificultades que puede tener una persona que utiliza una silla de ruedas hasta que nos sentamos en una”.

La imagen se repite más de lo que parece. Portales con tres, cinco o diez escalones, ascensores que se detienen medio metro por encima del nivel de la calle o barrios enteros con edificios antiguos donde instalar un elevador es una batalla vecinal y administrativa. “Hay personas que se compraron la vivienda con 30 años y subían las escaleras sin problema. Ahora, con 70 o 80, esos mismos escalones se convierten en una frontera”, explica Aizpurua. “Cuando esa frontera te impide salir a la calle, la consecuencia va más allá de lo físico, y alcanza lo social”.

"Muchas veces no somos conscientes de las dificultades que puede tener una persona que utiliza una silla de ruedas hasta que nos sentamos en una"

Nerea Aizpurua - Responsable del departamento social de DYA Gipuzkoa

El servicio de la DYA, precisamente, nació para cubrir precisamente ese vacío. “No solo realizamos bajadas y subidas puntuales”, detalla. La asociación ofrece traslados a centros de día o consultas médicas, simples acompañamientos para personas que viven solas. Sin embargo, Aizpurua explica que la asociación va más a allá de lo relacionado con la sanidad: “Ir a una comida familiar, a la peluquería o a tomar un café también forma parte de la vida”, subraya.

La diferencia con un taxi adaptado, explican desde la entidad, es la cercanía. El técnico no espera en la puerta. Sube al domicilio, realiza las transferencias necesarias con seguridad, baja las escaleras con una silla motorizada específica y acompaña a la persona hasta el lugar acordado. “Es un trato más humano. La familia sabe que no solo trasladamos, sino que cuidamos”, resume Pérez.

Entre los proyectos más especiales está el programa ‘Nahia’, dirigido a personas en fase avanzada de enfermedad que desean cumplir una última voluntad. “Puede ser algo tan sencillo como volver a ver el mar o pasear por un monte al que siempre iban”, explica Aizpurua. Para ello, adaptan vehículos, coordinan apoyos sanitarios si es necesario y acompañan a la persona y a su familia en un momento cargado de significado. “Es muy especial, pero no lo conoce mucha gente”, admite el técnico.

Visibilidad

La visibilidad es uno de los grandes retos para la DYA. “Quizás no hayamos difundido lo suficiente el servicio, y solo nos busca quien nos necesita”, reconoce Aizpurua. A día de hoy, la mayoría de los usuarios, como es el caso de Osés, llegan por el boca a boca, cuando alguien cercano comenta que existe esta posibilidad.

Jesús Oses, ya en una silla de ruedas convencional, a punto de salir del portal. Ruben Plaza

La demanda, sin embargo, crece poco a poco. En 2025, hubo 317 usuarios entre los que contaron con el servicio fijo y los que lo contrataron de manera ocasional para cubrir una necesidad. La media de edad osciló entre los 70 y los 75 años. “Ojalá tuviéramos más recursos”, admite Aizpurua, que coordina a los técnicos, los vehículos y los usuarios para ofrecer el servicio más amplio posible.

Pérez lo ha visto en primera persona. “Hay nietos bajando a sus abuelos peldaño a peldaño con la silla y es muy peligroso, tanto para la persona mayor como para el acompañante”. Cuando prueban el sistema motorizado de la DYA, asegura que “la percepción cambia”. “Es seguro, no hacemos sobreesfuerzos y la persona baja con tranquilidad”, apunta.

"Recomiendo utilizar el servicio a todo el que tenga problemas para bajar de su casa, sea mayor o más joven, porque respirar aire fresco da vida"

Jesús Osés - Usuario de DYA

Más allá de la técnica, lo que perciben en la asociación es algo menos tangible pero igual de importante: el impacto anímico. “Cuando alguien vuelve a salir a la calle tras un tiempo, se le nota en la cara”, comenta el técnico. “Recuperan rutinas, saludan a los vecinos, sienten que siguen formando parte de la vida del barrio”.

En el caso de Jesús, los cinco escalones que formaban una frontera silenciosa hoy son solo un trámite técnico de cinco minutos. A las 13.30 horas, Iñigo regresa. Suben de nuevo la silla, peldaño a peldaño, con la misma precisión con la que la bajaron. Jesús, sonríe tras pisar la calle y sentir el sol. Mañana, a las 11.30 horas, su timbre volverá a sonar.