Dicen algunos amigos que soy un esclavo de esta columna. Que tiene que ser duro y exigente pensar todas las previas de un partido sin contar con el soporte de los hechos, como sucede en las crónicas, en las que siempre te puedes explayar sobre cuestiones más concretas que acabas de presenciar. Esto es un folio en blanco, mi cabeza y mis dos endemoniados dedos. Yo tampoco diría esclavo, aunque muchas veces sí pueda sentir cierta dependencia, ya que me paso toda la semana absorbiendo como una esponja cualquier idea o texto que leo para relacionarlo con temas o circunstancias que suceden en torno a la Real.

El gran Oviedo y Pedro Alberto

Estos días lo tenía claro. Yo vi jugar al Oviedo en Anoeta. Al gran Oviedo de los años 90. Me acuerdo bien del segundo partido de un tal Jokanovic, que dejó su carta de presentación en Donostia con un doblete y una actuación espectacular en su segundo encuentro con la camiseta azul. Pero, sobre todo, me acuerdo de Pedro Alberto. Un central nacido en Bilbao pero formado en la cantera astur que, una tarde de esas en Anoeta en las que, sin grada de animación, se oía el murmullo de la gente mientras comía pipas, colocó la pelota a más de 40 metros de la portería que defendía –yo diría– Alberto. Su actitud nos llamó la atención. Alguno de mis amigos cortó la charla con el típico: “¿Qué hace ese loco? ¿No irá a chutar desde allí?”. Todavía recuerdo el obús que pilló más por sorpresa al portero que a nosotros mismos y el estruendo tras escupirlo el poste con violencia.

Pero cómo es la vida. Llevaba toda la semana dándole vueltas a la jugada y hace un par de días le escribí a un amigo para cerciorarme de su nombre exacto. Me quedé a cuadros cuando me dijo que Pedro Alberto falleció en un entrenamiento, cuando jugaba en el Novelda, con solo 33 años, por un ataque repentino muy similar al que sufrió el añorado Javier Sagarzazu tras ganar la Copa con la Real en 1987 y fichar por el Deportivo. Me impresionó. Luego busqué información y su muerte causó una profunda conmoción en el Oviedo, ya que era un futbolista muy querido.

Los lanzamientos de falta

Los lanzamientos de falta son jugadas que pueden dejarte marcado de por vida. Creo que al pobre Meho Kodro le he contado ya más de 50 veces las risas que nos echamos en mi cuadrilla en aquel partido en el que la Real perdía 4-0 en el Bernabéu y colocó la pelota para lanzar un lejano golpe franco que nos dejó boquiabiertos al clavarlo por la escuadra de la portería del palomitero Buyo.

Unos años después, cuando el bosnio ejercía de bombero como segundo entrenador de Bakero para intentar apagar un fuego que parecía condenar al equipo a Segunda, Mark González también nos pilló a todos a contrapié cuando decidió probar suerte desde casi Leganés en un partido en Getafe y limpiar las telarañas de la portería azulona. Inolvidable aquella concentración en La Manga del Mar Menor, desértica en invierno, tras caer derrotados en el Coliseum, con el bueno de Meho tranquilizándonos y asegurándonos que se iban a salvar mientras le mirábamos con cara de “este está loco”. Dio en el clavo. La tragedia nos esperaba a la vuelta de la esquina, concretamente un año después.

Y luego, cómo no, los free kicks. Y no solo eso: el cañón que tenía el gran Nihat, que estuvo muy cerca de hacernos las personas más felices del mundo con el tercer título liguero. Una proeza a lo Leicester. El turco era tan bueno y marcaba goles de todas las facturas que rescató en mí una sensación que creía superada al hacerme periodista: la de tener un ídolo futbolístico. Todos ellos tenían en común el disparo que no avisa.

Kodro, Mark González, Nihat… Ésa es la puerta del Olimpo de foráneos txuri-urdin que ha abierto Gonçalo Guedes en apenas unos meses en Anoeta. Reconozco que su llegada no me convenció demasiado. Sinceramente, ha llegado un momento en el que recelo de los posibles mirlos blancos tipo Isak, que solo salen una vez cada mucho tiempo, porque el mercado está saturado de ojeadores y condicionado por las multipropiedades de los clubes, y de los fichajes balneario, por ese reconstituyente que suponen las aguas termales de un marco incomparable como Donostia y la Real. No siempre los futbolistas son capaces de remontar el vuelo tras haber caído en picado en años anteriores. La explicación es sencilla: no podemos considerarnos los más listos cuando los demás también cuentan con muy buenos –o incluso mejores– técnicos capaces de descubrir talento oculto o anestesiado.

Guedes, un futbolista capaz de todo

Guedes es, sin duda, una de esas excepciones. Como Soler también está en camino de serlo. Algo se intuía cuando el luso, cada vez que recibía, tendía a colocarse el balón a su pierna derecha. Ese gesto es propio de los que atesoran un cañón. De esos pistoleros que no necesitan avisar para cargar y dar en la diana. Su golpeo parece instintivo, casi salvaje, pero técnicamente limpio. Cuando entra en juego se adivina el peligro y, cuando decide chutar, el estadio contiene la respiración: unos por la expectación de lo que puede suceder y otros por miedo. Que lo pregunten por aquí cerca… Pero Guedes no es solo golpeo, aunque viva permanentemente relacionado con el gol. Detecta antes que nadie el hueco, el intervalo entre central y lateral, la duda del mediocentro que no sabe si saltar o temporizar. Y cuando huele la debilidad, ataca el espacio con determinación. No tiene compasión: corre siempre con intención de hacer daño.

No necesita muchas ocasiones; con una o dos le basta. Cuando te das cuenta de que es él quien llega al espacio en posición franca, como sucedió en Vitoria, ya sabes dónde va a acabar la pelota. No me extraña que la afición txuri-urdin ya le haya tributado varias ovaciones, porque es uno de esos jugadores que consiguen que niños y mayores vuelvan a tener un ídolo. Qué fichaje. A mí me tiene enamorado. Es de esos futbolistas que, cuando los ves despuntar con otra camiseta en Anoeta –como ya lo ha visitado con tres distintas–, piensas: “¿Por qué no tenemos a un jugador así?”.

Salvando las abismales distancias, me recuerda a Thierry Henry y a aquellos goles imposibles en el Arsenal, como el que le marcó al United tras recibir de espaldas, levantarse la pelota y clavarla por la escuadra de volea a la media vuelta. “Sé que suena estúpido, pero no tengas miedo de cometer errores. Eso frena a muchos jugadores. Mi gol contra el Manchester United. Mucha gente me pregunta: ¿Por qué hiciste eso? Porque en Highbury sabía que podía hacer lo que quisiera”.

Guedes ya puede hacer lo que quiera en Anoeta, porque su parroquia siente que casi siempre elige la decisión correcta. Ha conseguido algo que hace meses parecía imposible: que no echemos desesperadamente en falta a Kubo cuando está lesionado.

Un futbolista capaz de todo. Esa es la frase que le define.

Golpea y rómpela otra vez, martillo de Benavente. Nos tienes tan locos que has convertido Anoeta en un Carnaval. Nosotros sí que nos lo estamos pasando bien contigo. ¡A por ellos!