Escribo estas líneas mientras acaba la enésima exhibición en la interminable semifinal en Australia de un Carlitos Alcaraz empeñado en superar lo que parecía imposible, al gran Rafael Nadal. Siempre he defendido que el tenis es el deporte que más violencia y odio genera. Muchos se ríen, pero lo puedo explicar. Durante más de cinco horas, un tipo, que no tarda en convertirse en un malvado y en un provocador porque encima celebra sus éxitos, no para de hacer todo tipo de trucos, llevar a cabo un sinfín de estrategias maquiavélicas y retorcidas y de conectar toda clase de golpes para fastidiar al que quieres tú que gane. Con mayor o menor pasión, en un partido de tenis siempre prefieres que venza uno, por lo que el otro no tarda en convertirse en enemigo. Y hasta puede sacar lo peor de ti mismo. Si gana el que quieres en un duelo que se ha alargado durante tanto tiempo, vibras por el triunfo y por la derrota del villano. Y si lo hace éste, no te queda más remedio que lamerte las cicatrices como cualquier fiera herida…

Enemigos eternos

No difiere en exceso de lo que es una rivalidad futbolística entre enemigos eternos. El poderoso vecino es al que más te gusta ganarle y las victorias ante ellos son las que más te llenan e ilusionan. ¿Por qué? Porque es el malhechor que trata de vencerte siempre, de tener mejor equipo, de convencer a tus mejores jugadores y porque el sabor de las victorias y las derrotas se alargan en el tiempo por el pique que se ha generado y se mantiene y se mantendrá vigente. En el futuro cercano, es decir nada más acabar un derbi, y en un futuro lejano, porque algunas rivalidades son eternas. Otras no, por mucho que algunos sean incapaces de asumir que ya no son enemigos acérrimos y que es totalmente intrascendente para el adversario. Desde aquí, nosotros damos el visto bueno al Athletic como nuestro villano favorito…

El Athletic en la Champions

Dicen que las comparaciones son odiosas. No voy a ser yo quien se ponga a analizar el fracaso o no del vecino en la Champions, pero todos debemos tener claro que jamás alcanzarán unas semifinales de la máxima competición, el mayor logro de un club vasco en la historia, y que es harto improbable que hagan una primera fase a la altura de la que protagonizó la Real en la 2023-24. ¡Solo hace dos años! Si su eliminación permite poner en valor lo que logró el equipo de Imanol, no solo en aquella inolvidable aventura europea en la que superó, con baños incluidos, a rivales de enjundia que pusieron patas arriba a Anoeta (inolvidable la noche precisamente ante un equipo portugués), sino también por encender a Luis Enrique en la ida de los octavos antes de que apareciera un tal Mbappé y sepultara cualquier ilusión o esperanza, lo daremos por bueno. Además, cómo no, de sellar de nuevo el pase a la Europa League y que se te escapara de forma incomprensible una final de Copa en una agónica tanda de penaltis ante un Mallorca que debería sufrir muchos años de infortunio después de la suerte que tuvo en ambos encuentros. ¿El techo del club en la actualidad?

Real y Athletic

Real y Athletic. Donostia y Bilbao. Tan cerca y tan lejos. Tan distintas. Con dos equipos de fútbol de primer nivel y unas aficiones con un sentimiento similar innegociables, por mucho que algunos se crean que son únicos en el mundo en todo. No vamos a empezar a discutir obviedades, como qué ciudad es más bonita o cuál tiene más vida y más marcha, porque según mis sobrinos que estudian allí no hay color sobre esto último. Pero una de las cosas que han marcado la previa es que en el cercano planeta de los ofendiditos ha sentado muy mal que en la plaza de la constitución se cantara “Bilbaino el que no bote”. Es decir, ya no les vale con decirnos cómo debemos celebrar los goles y los triunfos, ahora también nos dan lecciones de cómo vivir la fiesta. La nuestra. Porque ya nos copiaron Santo Tomás y la semana grande, además de apropiarse de nuestro patrón, San Ignacio de Loyola. ¿O es que no suele saltar todo San Mamés al grito de “giputxi (para más inri se creen que nos molesta) el que no bote”? ¿Y? Eso se engloba en lo que es cualquier rivalidad futbolística que se precie. Funciona así: hoy te ríes tú y mañana yo. Y en Euskadi se vive con una actitud mucho más respetuosa que en el resto de clásicos donde muchos pierden los papeles de una manera vergonzosa. Pero tampoco nos vayamos a los extremos, que esto no es el pressing catch de Hulk Hogan. El fuego cruzado es real, aunque todos tengamos a muchos amigos que profesan la religión de los otros colores. No hay nada más divertido que los vaciles entre eternos rivales, a pesar de que si pierdes no le encuentres ninguna gracia. Y si no observen el café del que abandonan San Mamés cuando ha ganado la Real. Aunque ya me cueste recordar la última vez…

Podrán tratar de copiar y de mejorar todo, porque ellos siempre prefieren ir más allá, salvo una cosa. La Tamborrada donde se entonó el famoso cántico. ¿Ustedes se imaginan que la fiesta con las marchas de Sarriegi se celebrara en Bilbao? Sería verdaderamente insoportable, estarían repitiendo una y otra vez que es una parranda unique in the world. Aunque lo sea, aquí preferimos celebrar nuestro gran día entre nosotros, sin estridencias ni hacerle más publicidad de la que ya tiene porque preferimos disfrutar con gente que sienta la festividad de nuestro patrón.

La izada

Los jugadores de la Real estuvieron presentes en la izada donde se da el pistoletazo de salida a la celebración. Desde el balcón de la biblioteca municipal no tardaron en comprobar que la ciudad y toda su afición vive mucho más feliz cuando le van bien las cosas. Que conozco pocos privilegios mayores que el de poder cambiar el estado de ánimo de tu propia gente. Para ser sinceros, yo no he estado jamás en la apertura de la fiesta. He sido más de la arriada. Siempre me ha parecido un acto más familiar, más donostiarra. Como los martes del próximo carnaval para los tolosarras. En la mágica plaza de la Constitución confluyen un sinfín de historias cruzadas, al más puro estilo Love Actually. Empezando por los propios protagonistas en las distintas tamborradas, ya que todos tienen sus respectivos horarios lo que condiciona sin duda su comparecencia a medianoche para el emblemático cierre de la festividad, donde se canta a pleno pulmón y se baila como tras el gol de Zubeldia a Osasuna el txuri-urdin bajo la batuta de la Unión Artesana. En los míticos arcos de la plaza te puedes encontrar como me sucedió a mí a Zubimendi con su kuadrilla, cuando aún jugaba en la Real, a dos abuelitos adorables, que no querían perderse ni un segundo de la ceremonia emocionados y a los que tuvimos que proteger de los empujones y las avalanchas, o incluso como este año, a una familia argentina de La Plata, aficionados de River, que no tenían ni idea de que su visita iba a coincidir con el patrón de la ciudad y que llevaban alucinados todo el día. En realidad, está abierta a todos.

Tan cerca y tan lejos

Insisto, guipuzcoanos y vizcainos y donostiarras y bilbainos, tan cerca y tan lejos. Tan parecidos y tan diferentes. No tengo ni idea de si nosotros somos únicos en el mundo en algo, ni me importa. Tampoco lo sé si lo son ellos, por mucho que nos martiricen repitiendo una y otra vez lo mismo. Lo que sí sé es que, a pesar de los evidentes vínculos que tenemos y que provocan que podamos vivir “el mejor derbi del mundo” como lo calificó Odriozola, al menos nosotros no tenemos ningún interés en ser como ellos. El otro día la Real publicó una fotografía maravillosa celebrando el segundo gol del Celta en la que solo salían jugadores de casa. Porque tenemos muchos además, y bien orgullosos que estamos de ello. Pero también tenemos un modelo y un estilo muy diferentes que nos hace sentirnos tan orgullosos como al parecer ellos perciben el suyo. Podéis gritar y cantar lo que queráis, no nos va a molestar. Forma parte de la rivalidad. Nosotros solo queremos demostrar qué equipo es mejor y ganar. Y ganar y ganar. No parar. “Poliki, poliki”… Porque en Bilbao, los triunfos valen como un buen día en Donostia, el doble. Ni un paso atrás. Necesitamos valientes, porque en sentimiento, como mucho, nos empatan. Real Sociedad. ¡A por ellos!