Hasta el domingo a las nueve de la noche, lo de la famosa flor de Matarazzo se me antojaba a todas luces injusto con lo conseguido por el nuevo entrenador de la Real Sociedad. Ahora va a resultar que la fortuna de un técnico y de un equipo en general se mide por el momento en que llegan sus goles. Alguien debería explicar por qué marcar en el descuento a Getafe y Osasuna es el colmo de la fortuna, y por qué en cambio no se habla de mal fario cuando se fallan ocasiones inmejorables en los minutos 57 y 82 (por ejemplo) ante azulones y rojillos. En los tres primeros partidos con el preparador estadounidense, la escuadra txuri-urdin logró mostrarse superior a sus adversarios. Y habría firmado pleno de victorias de no marcharse fuera por centímetros un disparo de Carlos Soler en la última jugada contra el Atlético de Madrid. Aquella ocasión, obviamente, no computó para quienes opinaban que Rino presume de jardín en el trasero.
Las dinámicas
Luego contra el Barça vimos lo que vimos. Y, aquí sí, toca reconocer que Real tuvo a los santos de su lado para ganar a los culés, tirando de lo que coloquialmente se conoce como potra pero acompañándola también con una guarnición indispensable para la consecución del éxito: corazón, energía, convencimiento, intensidad... A los txuri-urdin les impulsaron de forma invisible esas inexplicables dinámicas positivas que se dan a menudo tras los relevos en el banquillo y que aún mantienen a la escuadra de Matarazzo tocada por una varita. Para que semejantes estados de gracia se plasmen en triunfos y puntos, eso sí, la magia debe alcanzar la cabeza y las piernas de los futbolistas, aún afectados por el cambio de patrón en el caso de esta Real. No sé si el ya célebre “You have been Matarazzed” puede aplicársele a los rivales, menos aún a un Barcelona superior en Anoeta. Pero quienes a buen seguro han sido “Matarazzed” son los jugadores blanquiazules. Emanan una fuerza que invita al optimismo. Aunque conservarla en el tiempo resultará complejo. Tarde o temprano deberán recurrir a otro tipo de argumentos.
Largo aliento
El fútbol es un juego. Y en él, como sucede en todos los juegos, ganan aquellos que juegan bien. Se trata de una máxima incuestionable que, en un deporte de tanteos bajos como este, pierde mucha vigencia en el corto plazo: 90 minutos dan para cualquier cosa. Aplicada al largo aliento, sin embargo, la frasecita cobra todo su valor, lo que en clave txuri-urdin significa que la Real se enfrentará más pronto que tarde a una serie de encuentros que le colocarán delante del espejo. En el sentido puramente táctico, Matarazzo nos ha ofrecido hasta la fecha importantes pistas sobre sus características como entrenador. Le gusta ir a presionar arriba para robar en posiciones adelantadas y hacer daño a la contra, aunque intentarlo implique riesgos. Asume que durante los encuentros puede tocar también defender más replegados, trabajando igualmente desde el banquillo esas fases de atrincheramiento. Y al mismo tiempo se cuida muy mucho de entregar a los futbolistas una variada amalgama de herramientas con balón, cuando los rivales permiten atacar a través de secuencias largas de pase. Rino no es talibán de ningún sistema ni de ninguna propuesta. Analiza y prepara a su equipo. Por trabajo no va a ser. Se le aproxima poco a poco, eso sí, una nueva etapa en la que los resultados se esconderán principalmente detrás su pizarra, y no ya bajo el electro shock que ha implicado su mera llegada.
Cintura
Sirva este último apunte para introducirnos ya, aunque sea de forma breve, en los primeros minutos de manifiesta inferioridad estratégica vividos por el nuevo entrenador. Se dieron ante el Barça, con el asterisco de haberse producido contra un rival de quilates pero cristalinos también respecto a la presencia enfrente de un técnico que le jamó la tostada. El 4-4-2 de la Real en la presión desnuda mucho por dentro a los txuri-urdin, como a cualquier equipo que se precie. Aunque reconforta tener en el banquilllo a un tipo que, vayan mejor o peor las cosas, viene acreditando una intervencionista cintura para corregir sobre la marcha.