Se avecina temporal de pedrisco. Tardará en llegar poco más de un año, pero arreciará seguro. Es la (ultra)derecha. Viene envalentonada, un tanto malavenida, ciertamente, pero sedienta de poder y con unas ansias desbocadas de arrasar toda huella sanchista. Ante semejante tempestad, millones de ciudadanos –eso sí, cada día menos– quieren pertrecharse. Entre ellos, un ingente batallón de resistentes al miedo que no saben todavía dónde cobijarse para plantar cara decididamente a la adversidad. Por esa inquietante nebulosa atraviesa ahora toda la izquierda, convencida y temerosa de que PP y Vox vienen de la mano de la mayoría absoluta.
Más allá de los sondeos semanales con apenas mil encuestados en un país de 50 millones de personas, las urnas de Extremadura y Aragón son la prueba del algodón de una realidad que avanza inexorable. Bajo estos resultados tan palmarios, al otro lado de la oposición cunde el pánico. Con razón. El cambio de signo se antoja imparable desde una interpretación objetiva. ¿Hay manera de contener la avalancha? Solo los trompetistas oficiales creen que aún queda mucho partido por jugarse. Que Feijóo tiene lagunas suficientes para seguir bajando el techo electoral de su partido y la solvencia necesaria para liderar un gobierno. Que la convivencia con Vox deparará escenas grotescas. Que habrá tiempo suficiente para generar muchos desengaños y, en definitiva, para sacar de casa a los abstencionistas como en 2023.
Con todo ello, las previsiones más realistas vienen preñadas de pesimismo. Los próximos exámenes de Castilla y León y Andalucía pueden ser demoledores para la suerte del actual Gobierno de coalición. Y los vientos arrecian en esa dirección. Bien es cierto que los públicos devaneos para la enrevesada investidura de María Guardiola destilan indicios preocupantes de cara a imaginarse escenarios de mayor responsabilidad. El sometimiento de Vox a la ganadora de las elecciones extremeñas con el 43,2% de los votos resulta cruel. Quizá suponga en el fondo un desgarrador ensayo por si se tercia la ocasión en las próximas generales. En el caso de Aragón, el método parece más manejable.
El periscopio de Gabriel Rufián alertó hace tiempo de esta ventisca. Entonces, aquellas primeras píldoras sonaban a las típicas ocurrencias del inteligente y provocador portavoz de ERC. Los impelidos miraban al techo, se sacudían la advertencia. Desde hace mes y medio, ya no. Con el avance al galope de las tropas de Abascal nadie se ríe ni en el centro ni en la izquierda. En su fuero interno les atormenta imaginarse la próxima suma de escaños en el Congreso entre populares y neofascistas. El juego de mayorías quedaría dinamitado.
Qué hacer
Conscientes de semejante adversidad, emerge apremiante la terapia de choque. Comienza la agobiante búsqueda de la pócima salvadora porque el tiempo corre deprisa. Sánchez, siempre autosuficiente, lo disimula. Parece bastarle con alentar incansable que viene el apocalipsis. Quizá sea tarde. La invocación al pánico cada vez cala menos en demasiadas capas de la sociedad. Por eso quienes ven próxima una derrota dolorosa urgen un paso al frente. Ahí es donde diverge el tratamiento. Por una esquina aparece Rufián revestido de la credibilidad propia de quien primero avistó a aquel lobo que iba a venir y ya está aquí, aunque predicando una estrategia enredada en terreno pedregoso. Por la otra, esa amalgama de la izquierda progresista que vive aturullada entre personalismos narcisistas, rencores y espinas clavadas. Sumido en consecutivos desprecios del electorado a pesar de alianzas tan diversas y sorprendentes, este bloque busca desesperadamente un salvavidas que evite su inanición. Van a dar el próximo sábado otro paso al frente con una escenificación más dirigida a taponar las heridas de algunos desencuentros internos que a hilvanar una apuesta convincente. Basta comprobar la pelea soterrada para decidir quién liderará este nuevo proyecto y convenir que la unidad de acción suena a espejismo. Grietas que suenan a frustración como la provocada por el locuaz ministro Óscar López contra los lambanistas de Aragón. Nada más soez que echar tierra sobre la memoria de un reconocido compañero.
En medio de un panorama tan poco alentador para derrotar al miedo, el PSOE reduce toda su receta, de momento, a más amor y menos odio, a la sombra de Bad Bunny, tras el éxito de este cantante en la vistosa Super Bowl. La estrategia se ha inoculado en el argumentario. Para aderezar el propósito, un Patxi López mitinero añadió la esperanza. Ciertamente, es lo último que pierden los resistentes.