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Vamos

Tengo una miaja miedo. Pero sólo un poco, como un 10%. Eso sí, esos seis minutos de cada hora que paso miedo paso mucho, se me abre el suelo bajo los pies y quiero echar a correr, muy rápido y muy lejos, como cuando no fumaba. El resto es optimismo o los mecanismos que genera el cerebro para, sorprendentemente y contra todo pronóstico, no dejarte pensar. La culpa es de unos señores que le van a hacer mañana a mi madre una operación, una de ésas largas. Son de lo mejor en su género y seguro que va a salir todo bien, pero comprenderán -porque habrán estado en esta situación o similar- que a ratos me falte el aire, aunque ahora mismo el aire no lo necesito para nada, se lo doy todo a mi madre, hoy y siempre, y no hace falta que se lo escriba porque lo sabe de sobra. Sólo lamento el tiempo perdido, ella ya sabe de qué hablo. Sí, lo reconozco, soy un blando de mierda, un mosquito infinitesimal en comparación con las personas valientes o frías o entregadas -como mi hermana-, pero no todos vamos a ser iguales. Mi madre, en cambio, está más tranquila. Las madres te van dando lecciones una detrás de otra y no paran, no sé, la verdad, no sé de qué clase de energía las recargan, no sé, pero estos días pasados ha sido un lujo, una vez más, ser su hijo. No me quiero poner más blando aún porque se me está encharcando el artículo y además estarán diciendo ustedes, con razón, que qué cojones les importan mis cosas. Les prometo que la semana que viene retornaremos a la normalidad, sea eso lo que sea, y que lo haremos como siempre, con la mala leche que para bien o para mal nos caracteriza. Pero como ya estamos acabando déjenme decirles que una madre, al menos la mía, es más grande que el suelo que pisamos y el cielo que miramos. Vamos amatxo, que esto no es ni del cuerpo.