La Diputación de Gipuzkoa otorgó el pasado viernes la Medalla de Oro de Gipuzkoa a la artista Lourdes Iriondo, considerada una figura icónica de la canción y la cultura vasca. Con motivo del vigésimo aniversario de su fallecimiento, La Diputación ha querido sumarse al conjunto de publicaciones, espectáculos y documentales que han tenido lugar sobre su figura, otorgándole el máximo galardón que merecía hace mucho tiempo.

Nacida en San Sebastián en 1937, se trasladó muy pronto a Urnieta donde transcurrió su vida y falleció en 2005. Lourdes Iriondo se formó desde joven en la música con una voz lírica de gran calidad. Sin embargo, los problemas de salud truncaron su prometedora carrera como soprano. Lejos de ser un final, aquel golpe supuso el inicio de una transformación profunda: encontró en el canto en euskera su auténtico espacio de expresión. En 1964 ofreció su primera actuación en euskera, y al año siguiente las grabaciones realizadas en la emisora Herri Irratia de Loyola la lanzaron definitivamente a la popularidad en todo Euskal Herria.

En una época en la que era muy poco habitual ver a una mujer sola con una guitarra sobre un escenario cantando en euskara , Lourdes Iriondo se convirtió en un símbolo de modernidad y autenticidad. Su figura destacaba tanto por la limpieza de su voz como por la naturalidad de su presencia. Pronto pasó a ser una de las grandes protagonistas del movimiento Ez Dok Amairu, auténtico motor de renovación de la canción vasca. No sólo brilló como intérprete: también fue una pieza clave en la organización interna del colectivo, ocupándose de agendas, contratos y coordinación. Fue, como muchos coinciden en señalar, el motor silencioso del grupo. Se casó con el poeta y cantante Xabier Lete y juntos formaron una pareja emblemática que acompañó a generaciones en su educación musical y sentimental.

Entre mediados de los años sesenta y finales de los setenta ofreció cientos de actuaciones por todo el país, convirtiéndose en una auténtica estrella popular. Sin embargo, en 1978, una nueva intervención cardiaca la obligó a abandonar definitivamente los escenarios. A diferencia de otros artistas, Iriondo no miró atrás con nostalgia: aceptó el fin de su etapa como cantante con serenidad y abrió caminos nuevos.

Su siguiente gran aportación fue el teatro. Participó en espectáculos innovadores como Zazpiribai y fundó en Urnieta el grupo Buruntza, dedicado al teatro infantil y juvenil. Para este proyecto escribió numerosas obras y sentó algunas de las bases del teatro pedagógico en euskera, prácticamente inexistente hasta entonces.

También dejó una huella duradera en la literatura infantil y juvenil, en un momento en el que apenas existían materiales en euskera para las escuelas. Obras como Martin Arotza, Jaun Deabrua o Buruntza azpian se convirtieron en textos fundamentales para las primeras ikastolas. Con ellas, Lourdes Iriondo llenó un vacío decisivo: ofreció imaginación en euskera a niños y jóvenes.

Quienes la conocieron destacan siempre su personalidad: dulce y firme a la vez, coherente, capaz de sostener con determinación las decisiones que tomaba. Nunca persiguió la fama por sí misma ni vivió de la nostalgia de su pasado como estrella. Fue, hasta el final, creadora y educadora.

Recordar hoy a Lourdes Iriondo no es sólo evocar a una gran cantante. Es reconocer a una mujer que contribuyó de forma decisiva a la renovación cultural del pueblo vasco, desde la música, el teatro, la educación y la literatura. En sus canciones, en sus textos y en su forma de estar en el mundo, su voz —serena, honesta— sigue iluminando el camino.