“Que te hagan un homenaje a tu vida en tu pueblo es muy bonito y te emocionas”, confiesa el artista pasaitarra, que en 83 años de vida no ha parado de trabajar y que prepara una retrospectiva que acogerá la sala Kubo de Donostia el próximo año.

Imagino que será un reconocimiento especial por venir de parte de sus compañeros de oficio.

Sí, porque, además, se realiza en San Pedro, que es donde nací. Hay un sentimiento muy dulce por todo ello.

Ha trabajado diferentes prácticas a lo largo de su trayectoria, como la fotografía, la literatura, la poesía o la pintura, pero, ¿se siente, sobre todo, escultor?

Sí, pero todo está interrelacionado. Son diferentes herramientas que utilizas en un momento determinado, pero que, una u otra vez, están intercomunicadas. Al final, las disciplinas son ampliar el trabajo previo.

Tanto el hierro como el mar han tenido un peso fundamental en sus trabajos. ¿Cuánto se debe a haberse criado en una bahía como la de Pasaia?

He visto toda mi vida la bahía y el mar, el puerto, la entrada de los barcos... Llegué a crear una escultura dedicada a Blas de Lezo, que también nació en San Pedro y ambos estamos bautizados en la misma pila bautismal, yo en el año 1942 y él 300 años antes, que es una vela. Al final, el hecho de haber nacido ahí ha marcado toda mi vida. Además, todos los escultores de la Escuela Vasca de Escultura somos de puertos de mar. Jorge (Oteiza) era de Orio, Chillida de Donostia, Basterretxea de Bermeo...

“He visto toda mi vida la bahía de Pasaia y el mar, el puerto, la entrada de los barcos... Haber nacido ahí ha marcado toda mi vida”

Todos, además, han trabajado el hierro.

En mi caso, ha habido siempre un proceso de síntesis en las obras. Al principio, quieres decir muchas cosas y a veces se te amontona la escultura. Luego vas sintetizando, quitando y quitando, y te quedas con las obras que son dos planos que convergen en una. En eso sigo. 

Por lo tanto, el proceso le lleva a un lugar que al inicio desconoce.

Te lleva a un proceso de síntesis. Con menos palabras decir más. Empezar con todo e ir quitando los elementos que no sirven.

Se ha convertido en el estandarte de un tipo de escultura vasca tradicional que, poco a poco, ha ido desapareciendo.

Cuando entré en la Escuela Vasca de Escultura éramos unos chavales. Con el tiempo, todos han ido falleciendo y me he quedado solito. Soy el patriarca y sientes una especie de orgullo por poder representar a toda una generación, sobre todo porque todos éramos amigos.

¿Cómo nació su vocación por la escultura?

Expuse en la calle Bengoetxea, donde estaba la Galería Barandiaran. Presenté una serie de obras sobre papel que estaban hechas con rodillos. Era lo que yo denominaba retangularismo. De ello salió un volumen que se convirtió en escultura y surgieron las primeras esculturas. Ahí nació el germen de mi trayectoria como escultor.

“Sientes una especie de orgullo por poder representar a toda una generación porque, además, éramos amigos”

En 1969 ganó la Bienal Internacional de Arquitectura de Donostia, lo que imagino que lanzaría su proyección.

Sí, al igual que lo fue la I Bienal Internacional de Escultura de Tenerife en 1973, de la que tengo un recuerdo muy especial porque tuve el honor de exponer entre Henry Moore y Calder. Recuerdo que recibí la invitación y fui allí, donde me mostraron varios puntos en los que podía ir la escultura y decidí hacerla en la Rambla de Tenerife, enfrente del Parque Sanabria. Me pusieron un operario para soldar y un día fue a mirar el resto de obras, volvió y me dijo que la nuestra era la mejor. Me pareció precioso que hubiera asumido como propia la obra (risas).

El hecho de coincidir toda una generación de escultores les serviría para potenciarse fuera unos a otros, ¿no? 

Yo con Néstor (Basterretxea) y con Jorge (Oteiza) tenía mucha amistad. Más de una vez trabajamos juntos los tres. A Jorge le llegué a hacer yo la escultura Atauts en Tolosa. Nos invitaron a hacer una escultura en la calle y Jorge se quejó de que no podía, así que le dije que ya la hacía yo. Me tenía un gran cariño. Era un grandísimo escultor, pero le fallaba la relación de escala, así que para esas cosas confiaba en mí.

¿Hubo alguna opción a que usted formara parte también del Grupo Gaur?

Yo era muy joven y me llevaban diez años o más, pero tuve mucha relación con todos ellos. Había mucho afín entre ellos. No había casas de cultura ni nada parecido, así que cada uno iba con sus cosas por ahí. 

¿Cómo recuerda esos días?

Había gente con dinámica cultural. Me acuerdo una vez, en el Palacio Aranburu de Tolosa, que estaba en ruinas, me invitaron a exponer. Yo tenía un 4L (un coche Renault), cargaba las piezas en él y las llevaba. Todo el mundo quería participar y colaborar, así que pensábamos que el día de mañana, cuando tuviéramos un Gobierno Vasco nuestro, iba a ser la leche, pero no.

Un poco antes, en 1973, representó al Arte Vasco Actual en Madrid. 

Era la representación de aquí fuera y se fijaron en mí. El Reina Sofía, por ejemplo, tiene mucha obra mía. Se hablaba mucho de la escultura vasca en Madrid y empezaba a ser un referente muy grande.

Serían años de mucho trabajo e invitaciones.

Fui seleccionado también con el premio Autopistas del Mediterráneo y pude crear una obra en el kilómetro 55 entre Barcelona y Girona. La obra se hizo aquí y se transportó en varias fases. Está en un área de descanso y la hice para que los niños pudieran entrar dentro. 

¿Había una especial predisposición hacia la escultura vasca?

Había mucho respeto. Veían cómo se estaba rompiendo con todo mientras que el resto de España había un poso muy intenso. Era una escultura, además, que hablaba mucho de lo que era ser de aquí, del mar, el hierro, la industria...

Ha comentado que con la llegada del Gobierno Vasco pensaban que se iba a potenciar todo, pero no fue así.

Y yo no me puedo quejar porque individualmente he sido muy reconocido en Euskadi. Lo que pasa es que creo que el deber de todo artista es exigir a las autoridades. El gran problema de los museos es que tienen mucha obra oculta. Gordailua, por ejemplo. Las casas de cultura de los pueblos descentralizan el arte.

"No me puedo quejar porque individualmente he sido muy reconocido en Euskadi. Lo que pasa es que creo que el deber de todo artista es exigir a las autoridades"

Siempre se ha inclinado más por la obra pública que por las colecciones privadas.

Tengo mucha obra pública. Me acuerdo, por ejemplo, de la escultura en Wiesbaden, una ciudad que está hermanada con Donostia. Estuve hace varios años y nos tienen un cariño muy grande. Se planteó un concurso y tuve la suerte de ganarlo. Para mí es muy importante que, cuando me dicen de colocar una escultura, mirar primero el paisaje porque me gusta dialogar con él. No imponerte. Tiene que haber un equilibrio. Siempre es mejor hacer una obra para la calle porque me gusta que la escultura esté al aire libre.

Quizá su obra más reconocida, precisamente, esté en las calles Donostia y sea la ‘Estela’.

Sí, creo que es la más reconocida. Se inauguró, además, un 20 de enero, con Tamborrada Infantil y todo. Fue una experiencia preciosa.

¿Cuál ha sido su relación con ella en este más de medio siglo?

Julia (Otxoa, su mujer) tiene un ojo especial porque en las esculturas de hierro hay momentos en los que se oxidan y hay que restaurar. Entonces da la paliza a las autoridades para que la repinten. 

¿Cree que las esculturas siempre deben de estar vivas?

Miguel Ángel decía eso. Cuando hice el ancla que está en mi pueblo se colocó frente a la autoridad portuaria, lo pinté de rojo y funcionó muy bien. Luego, en un momento determinado, modificaron ese muelle y lo quitaron. Se cambio de ubicación, así que decidí pasarle un chorro de arena para decapar el rojo y oxidarlo. Ahora está perfecto.

Los títulos de sus obras son muy poéticos.

Es inconsciente. Sale de dentro y ya está. Al igual que intento que haya una relación con la naturaleza.

Muchos artistas no pueden decir eso de ser profetas en su tierra.

No me puedo quejar. Que te hagan un homenaje a tu vida en tu pueblo es muy bonito y te emocionas. Más si te lo hacen en vida porque aquí tenemos la costumbre de hacerlos cuando alguien muere para decir que qué grande era. No, los homenajes se hacen con la persona viva.

"Que te hagan un homenaje a tu vida en tu pueblo es muy bonito y te emocionas. Más si te lo hacen en vida porque aquí tenemos la costumbre de hacerlos cuando alguien muere para decir que qué grande era"

En todos estos años nunca ha parado de trabajar.

Tengo 83 años, pero, mientras esto funcione (se señala la cabeza), seguiré. 

¿Qué relación tiene con la escultura actual?

La escultura se va modificando. Darle vueltas a la cabeza y analizar te mantiene en forma. Hace poco tuve una exposición en una galería de arte de Iparralde y no descarto que pronto vaya a haber otra. Aquello es otra historia, es Europa.

Trabaja también en una retrospectiva que le dedicará la sala Kutxa el próximo año. ¿Habrá obra nueva?

De aquí a 2027 no lo sé, tal vez. Tenemos que estudiar el espacio, pero todo lo que ya existe es suficiente. Hay mucha obra que la gente no conoce, como Itxas-Burni, un trozo de tierra de 17.000 metros cuadrados que está en Igeldo a mar abierto. Ahí hay mucha obra que está al aire libre y es un sueño convertido en piedra. Queremos traer una de las piezas y colocarla fuera de la sala, pero es algo que todavía tenemos que mirar. Está en gestación.