Arritokieta Arrieta está harta de vivir “en constante tensión”. Es una de las vecinas de una de las viviendas situadas en el entorno de los pabellones de distintas empresas ocupados en Herrera.

“Creo que está claro. Quienes vienen a trabajar o a formarse, bienvenidos sean. Frente a quienes delinquen, y de forma reincidente, hay que tomar medidas”, señala.

Lo que espera, así como otros vecinos con los que ha hablado este periódico, es que se proceda al desalojo y derribo de los pabellones a la mayor brevedad posible. “La justicia tiene que actuar de otra forma. No puede ser que personas que delinquen una y otra vez entren por una puerta y salgan por la otra”, añade.

Habla Arrieta desde la vivencia de una situación que, asegura, se está prolongando demasiado en el tiempo. “Nos ha llegado a entrar en el portal, forzando con un destornillador la puerta. Vivo en un bloque sin ascensor y tengo que subir por la escalera con mi hijo de diez años y con el temor de encontrarme a alguien en la escalera”, afirma.

El día en el que forzaron la puerta, añade, una vecina se topó con una persona “que pretendía abrir otra puerta que comunica el portal con un negocio”.

Otro día “a las 13.30 del mediodía y a pocos metros del parque donde jugaba mi hijo, un hombre trató de quitarme el móvil. Yo lo agarré y no lo logró. No pasa nada. A la tarde y los días siguientes me lo volví a cruzar”, apunta.

Peleas frecuentes

Una de las situaciones que más se repiten y que más sufren las y los vecinos son las peleas. En algunos casos, como ocurrió recientemente, adquirió tales dimensiones que se personó la policía. “Cuando se van y ven desaparecer las sirenas, se reanuda la bronca, sobre todo entre argelinos y marroquíes. Se escuchan gritos, golpes, y no descansas. Yo tengo un niño que se despierta por las noches, que va mirando para atrás en la calle y al que no dejo ir solo ni a comprar el pan. Incluso yo llevo un spray de pimienta en la mano”, explica.

“Es verdad que se mete a todo el mundo en el mismo saco y es una pena. Si se actuara frente a las personas que delinquen no pasaría así”, añade Arrieta, que se manifiesta esperanzada con las palabras del actual alcalde, Jon Insausti, al afirmar que “no valen buenísimos” y que hay que actuar “con exigencia”. “Creo que fue claro. No se puede pasar por alto lo que sucede en Herrera. Sí quieres estudiar y trabajar, bien. De lo contrario, si vienen a delinquir, ¿también hay que atenderles?”, cuestiona.

“Ya estoy harta de buenismos y de las declaraciones y argumentos de quienes no viven aquí y de distintos colectivos que solo dicen no al desalojo sin dar otras alternativas. Hay que vivirlo todos los días”, destaca Arrieta, consciente de que no todo Herrera comparte su opinión. “Quienes viven en otros puntos del barrio no sufren lo que sufrimos nosotros. Es que hay personas mayores que no quieren salir a la calle”, apostilla. 

“Llevamos tres años así. Empezaron por ocupar el pabellón que se desalojo el otro día y todo ha ido a más. Todas las fábricas de alrededor están ocupadas y me han comentado que están entrando en un Instituto abandonado que está más arriba”, informa Arrieta, aunque otra vecina de la zona puntualiza que dicha instalación no se están dando problemas.

“Yo he trabajado siempre con gente de muchas nacionalidades. No hablamos de razas, hablamos de delincuencia, de personas que delinquen. Si vienen a buscar una oportunidad y la encuentran, me alegro. Pero esto es otra cosa. Esto no se puede permitir”, añade.

“Sé que viven mal pero nosotros también vivimos mal y con miedo”, abunda. “Saltas a la mínima, es mucha tensión. No tengo porqué andar mirando para atrás. He guardado el número de la Ertzaintza en favoritos, porque se viven situaciones muy duras, y la Policía está allí cada dos por tres”.

“Hay un problema. Muchos objetos robados se geolocalizan allí. No puede ser que no pase nada. Yo un día tuve que decir a un señor que iba a entrar a buscar el móvil robado de su hija a uno de los pabellones en el que estaba localizado que no lo hiciera”, añade Arrieta, que pide también cierta empatía para las vecinas y vecinos de la zona.

“Hay que hacer algo, y la justicia tiene que ponerse las pilas y ser más rápida, tanto para actuar contra los multirreincidentes como para posibilitar el derribo de los pabellones”, insiste Arrieta, que señala que la falta de resolución en este terreno no hace más que favorecer la polarización de los posicionamientos.

“Además, en Herrera solo se desplaza el problema. Días antes del desalojo vi a muchos de los que estaban en el pabellón con guantes de goma limpiando el de al lado”, asegura.

Sin ir a la farmacia

NOTICIAS DE GIPUZKOA ha podido hablar con otra vecina “de Herrera de toda la vida” que ya no reside en el barrio y que quiere mantener el anonimato. Esta mujer, junto a otros familiares, se turnan para acudir al domicilio de su padre que, asegura, “casi ni ventila la casa por miedo a que le entren”.

“Para ir a la farmacia, que está cerca, coge el coche. Para ir a la compra, se va a Altza. El cajero está al lado de la estación del Topo y no se atreve a sacar dinero allí porque se los encuentra. Ya no pisa el barrio”. explica.

“Yo vivo en un pueblo, con mucha gente del magreb que se lo están peleando a tope, con los que convivimos. He ayudado a aprender castellano a quienes llegaban e incluso estuve echando una mano en el salto a la valla de Melilla. Pero no estamos hablando de lo mismo, porque a mi padre, con casi 80 años, le han robado cuando paseaba en su barrio. Hablamos de delincuencia”, explica.

“Todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna, pero trabajando y conviviendo”, apostilla.

“Que mi padre no quiera salir de casa a estas alturas de la vida y que no consiga dormir es una pena”, abunda esta vecina de Herrera, que recuerda que hace aproximadamente una década se empezaron a ocupar algunos pabellones. “No había ningún problema, no pasaba nada. Lo de ahora es diferente. Quien delinque, sea de Zestoa o de Marruecos, es delincuente y la situación es ya insoportable”, concluye esta mujer que agradece que se haga oír la voz de las y los vecinos, alejándolos de la etiqueta del racismo y encuadrando su preocupación en un relación de convivencia imposible.

Imagen de la zona de pabellones abandonados y ocupados Iker Azurmendi

Sin poder ir solo a la ikastola

En el testeo de opiniones llevado a cabo, NOTICIAS DE GIPUZKOA ha podido charlar con una joven madre de dos hijas que tampoco quiere dar su nombre. “Te señalan como racista. ¿Racista? Tratamos de educar a nuestras hijas en la convivencia y ahora tengo que salir al balcón para ver si bajan la cuesta sin encontrarse a nadie”, lamenta ya cansada.

“Llevando a mis niñas a la ikastola nos hemos encontrado de todo. Dos hombres peleando entre sí a palazos, un chico esnifando cola y vomitando... Esta siendo muy duro”. explica.

“Siento que ya no podemos disfrutar de nuestro barrio, que nos han expulsado. Hemos dejado de ir a un bar junto al parque en el que jugaban nuestros hijos porque la situación era desagradable”, apunta. 

A esta madre le ocurre algo similar a lo que también ha relatado Arrieta. Su hija mayor quiere ir a la ikastola sola o con amigas y amigos pero, a su vez, siente “miedo”. “No pueden hacer lo que hacen otras niñas y niños de su edad”, coinciden en denunciar.

“No quiero educar en el miedo, ni en la idea de que estos son malos y aquellos buenos. Pero un día, con sus quince años y todo su orgullo, volvió casa tras salir sola para decirme que le acompañara porque se había encontrado con un grupo que le había dado miedo. ¿No sería más fácil acabar con esta situación?”, insiste.

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“Estamos hartas, de verdad. Y hartas de que nos señalen y seamos las malas”, añade esta vecina que da cuenta de un episodio ocurrido a una persona muy cercana. “Salió a pasear a los perros a las 23.00 horas y le robaron un objeto que llevaba en el bolsillo con la excusa de acariciar a los animales. Al principio se reía intuyendo la sorpresa que se habrían llevado al ver que lo robado no tenía ningún valor. Pero el episodio ha tenido consecuencias. Ya no quiere sacar a los perros de noche”.

Ante esta realidad, Arrieta tiene claro que impera la necesidad de actuar para, recuerda las palabras de Insausti, no llegar al “conflicto”. “Hay que acelerar los derribos y la justicia debería de proceder de otro modo, tomando en cuenta la reincidencia. Es importante, con todo este debate, que no se olvide que nosotras y nosotros, quienes vivimos junto a los pabellones de Herrera, somos también víctimas. Se nos tiene que escuchar