Los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina llegan rodeados de debate. La crisis climática avanza y amenaza la viabilidad de un evento que asiste a su vigésima quinta edición. El aumento de las temperaturas, la falta de nieve y la fragilidad de los ecosistemas de montaña reducen cada vez más las opciones de escoger sedes. Se calcula que para 2050, el cambio climático habrá reducido de manera drástica las posibles sedes aptas para los Juegos Olímpicos de Invierno a solo 52, mientras que en la actualidad se cuentan más de 90. El número podría descender a alrededor de 30 en 2080. Esta inercia invita a pensar que habría que recurrir a sedes más altas, más remotas o más dependientes de tecnología. Y cuanto mayor es la dependencia de la nieve artificial, mayor es el coste económico y ambiental. El propio Comité Olímpico Internacional (COI) ya admite que, de mantenerse la tendencia actual, la falta de nieve y las temperaturas cálidas podrían forzar a replantearse la organización.
En Pekín 2022 se marcó un punto de inflexión, cuando el 100% de la nieve empleada fue artificial. En Italia la cifra rondará el 90%. En la capital china, la producción de este elemento básico para los Juegos implicó el uso de cerca de 2,8 millones de metros cúbicos, mientras que ahora serán cerca de 2,4. El coste de los sistemas para trasladar agua a los cañones que fabrican nieve elevó considerablemente los costes de organización. Hubo que fabricar redes eléctricas, embalses y realizar otras obras complementarias para llevar nieve a las montañas.
Y esto, a su vez, alteró los ecosistemas. La naturaleza se vio condenada a la invasión industrial. La tala se multiplicó. Y lo que debían ser escenarios vírgenes quedaron alterados por la mano del hombre. Es la paradoja de los Juegos Olímpicos de Invierno: un espectáculo que se sostiene con la tecnología, con el dinero público y basado en un modelo que ya muchos consideran insostenible. Distintos informes advierten que el evento tendrá una huella climática significativa.
5.500 millones de euros de presupuesto
Uno de los objetivos del COI a la hora de escoger sede es precisamente atender a la capacidad de reutilización de infraestructuras existentes para reducir el impacto ambiental y minimizar costes. Pese a ello, se estima que Italia invertirá alrededor de 5.500 millones de euros en estos Juegos, quizás los últimos que pueda acoger el país transalpino, que asiste a su tercera edición tras las celebradas en Cortina 1956 y Turín 2006. La cifra está muy alejada de los 24.600 millones invertidos en Sochi 2014, pero ello no ha apagado la polémica.
La publicación Forbes informa de que 1.700 millones forman parte del presupuesto operativo en Italia, abarcando cuestiones como la logística, las ceremonias o los servicios para atletas y personal organizativo. Además, cerca de 3.500 millones están destinados a obras públicas y transporte, optimizando carreteras, trenes, accesos y urbanismo local, así como a infraestructuras deportivas nuevas o a remodelar las ya existentes. El caso más polémico ha sido la construcción de la pista de bobsleigh, luge y skeleton de Cortina d'Ampezzo. El contrato inicial presentaba un coste que rondaba los 80 millones y que finalmente se disparó hasta los cerca de 130. La inversión es una apuesta estratégica del país por el deporte, pese a que los Juegos de Turín dejaron en su día fuertes deudas en el país.
Una gestión que genera debate
Además, ha quedado demostrado en muchos casos que esas infraestructuras especializadas quedan en desuso o abandonadas, llegando incluso a incrementar el gasto público en mantenimiento. En Italia hay muchas voces críticas con el coste del evento, pero también con la gestión económica. Por ejemplo, según publica Eldiario.es, el gobierno presidido por Giorgia Meloni ha desviado 43 millones destinados a víctimas de violencia mafiosa o huérfanos de feminicidios para cubrir costes de los Juegos. Una medida impopular que diversas voces han tildado de inmoral. Asimismo, la dirección general de la organización del evento fue confiada al empresario Vincenzo Novari, que terminó siendo investigado por corrupción y asociación ilícita en el caso de la adjudicación del contrato de los servicios informáticos para los Juegos.
Por otra parte, tal y como advierte el New Weather Institute, estos Juegos generarán cerca de 930.000 toneladas de dióxido de carbono, a las que habría que añadir otras 1,3 millones de toneladas vinculadas a los acuerdos de patrocinio, lo que equivaldría a la pérdida de unos 5,5 kilómetros cuadrados de nieve, una superficie similar a la que ocupan 3.000 pistas de hockey.
Compromiso medioambiental
El COI incorporó la sostenibilidad como eje central de su Agenda 2020 y 2020+5, y desde 2030 exigirá que todas las ediciones olímpicas tengan un impacto positivo en el clima. Aunque eso quedará pendiente de comprobarse. Una de las soluciones que se barajan es contar con un grupo de sedes rotatorias, lo que reduciría drásticamente los costos. Sin embargo, lo complicado es la elección de las mismas. Otra opción sería repartir la organización de cada edición de los Juegos entre varios países para repartir la carga de los costes. Aunque de momento son solo ideas.
Mientras tanto, la opinión pública se muestra cada vez más crítica. La combinación del gasto público, el impacto ambiental y la escasa utilidad posterior de las infraestructuras plantean el debate de si tiene sentido mantener un evento diseñado para un clima que ya no existe.