Alfreð Gíslason (Akureyri, 1959) llegó a Irun en 1989, cuando en Islandia una ley de 1615 aún permitía “asesinar a cualquier vasco”. En Artaleku jugó dos temporadas que se tradujeron en la primera Copa del Rey del CD Bidasoa. Una época que marcó a Gíslason, que hoy la recuerda de manera nítida en una entrevista en Alemania: “Tengo gran simpatía por los vascos”.
Fichó por Elgorriaga Bidasoa aquel verano después de que su entrenador, Juantxo Villarreal, lo descubriera en aquella histórica eliminatoria de Copa de Europa contra el Tusem Essen ("pasaron por encima como el caballo de Atila", escribió Iñaki de Mujika). El presidente chocolatero, Beñardo García, mandó al gerente, José Antonio Errazquin, de las vacaciones familiares de Benidorm a Islandia: "Vete a Islandia y ficha a Gíslason".
No sabía inglés, pero el tío de Gíslason daba clases de español. El que descubrió el escollo: el emisario tenía mandato de ficharlo por un año. El islandés quería firmar dos. Sin la facilidad de comunicaciones actual, Errazquin decidió y aceptó in situ.
Historiador de formación, Gíslason dejó una gran huella en Gipuzkoa. Y Euskal Herria dejó una profunda huella en él. Tanto que barajó la idea de comprar un caserío en Aia, un enclave que le enamoró. La vida le llevó por otros derroteros y aquel hogar lo levantó a las afueras de Magdeburgo.
En 1991 regresó a su Akureyri natal y tras jugar otros cuatro años, arrancó su carrera de entrenador (una Liga y dos Copas de Islandia), que en 1997 le llevó de vuelta a Alemania. Allí donde entrenó al Hameln de un excompañero suyo en Artaleku: Fernando Bolea.
Un alemán de Islandia
Gíslason asentó campamento en Alemania: le llamó el Magdeburgo (1999/2006) y catapultó su carrera con una Champions, una Copa EHF en la que sufrió en Artaleku como rival (actual European League) y una Bundesliga.
Nada en comparación de lo que vendría tras su paso como seleccionador de Islandia y técnico de un histórico como el Gummersbach (ambos entre 2006 y 2008): fichó por el Kiel (2008/2019) y metió a este gigante teutón en otra dimensión.
Ganó dos Champions y seis ligas en el banquillo zebra, donde también levantó otras seis Copas de Alemania, una Copa EHF y tres supercopas de Alemania. En lo individual, en 2009, 2011, 2012 y 2013 recibió el nombramiento de Entrenador del Año que ya había ganado en 2012.
En febrero de 2020, la selección alemana decidió reclutarle. Los comienzos, pandemia mediante, no fueron fáciles: 12º en el Mundial de Egipto, la selección africana sería su verdugo en los cuartos de final de los Juegos de Tokio.
Ese año 2021 enviudó de Kara Guðrún Melstað, la madre de sus tres hijos (Elfar, Andri y Adelheid, nacida en Gipuzkoa). Semanas antes, recibió una carta amenazante en su buzón. Racismo de ultraderecha: “Llevo casi 30 años en Alemania y es la primera vez que me amenazan”, publicó Gíslason la carta en sus redes sociales. Nada alteró su camino.
En el Europeo de 2022 y en el Mundial del año siguiente el rendimiento mejoró (7º y 5º). En el Europeo de Alemania de 2024, el rumbo ya era firme, pero Dinamarca le dejó fuera de la final. Pendiente de Irun, al término de uno de los partidos saludó a un grupo de guipuzcoanos que había viajado al Europeo, les espetó antes de nada: “Qué pena lo de Beñardo”.
Un entrenador cuestionado
Alemania escaló de su mano paso a paso hasta que llegó la medalla olímpica. Días antes de dar a conocer la convocatoria, con vacas sagradas fuera y apuesta por el talento joven, sabía que generaría revuelo. Así lo reconoció en sus círculos en la Final Four de la Champions en Colonia. Que sería criticado, pero que el camino era ese para renovar el equipo con la vista puesta en el Mundial de 2027. Su equipo respondió con una medalla de plata en París.
Apenas año y medio después, sus críticos le movieron la silla ya antes de empezar. El presidente de la Federación Alemana se sumó al discurso y anticipó la posibilidad de rescindir el contrato de Gíslason si no alcanza las semifinales del Europeo. Suena Florian Kehrmann como relevo.
En la cita afronta tres partidos contra tres seleccionadores de la escuela española: primero, la Austria del gasteiztarra Iker Romero; y después, contra la Serbia de Raúl González, a quien Gíslason, en la citada entrevista con Bild, recordó hace escasos días “cuando yo todavía jugaba en el Bidasoa, Raúl era un joven jugador del Valladolid por aquel entonces”.
Los críticos vuelven a la carga
La sorprendente derrota contra los balcánicos ha añadido más gasolina al fuego. Stefan Kretzschmar, Pascal Hens y Michael Kraus han atacado sin piedad a Gíslason, que cometió un error fatal al pedir tiempo muerto cuando Juri Knörr —que se sumó a los ataques a su entrenador al entender que merecía jugar más minutos— acababa de empatar a 26 con menos de tres minutos por delante. El videoarbitraje dictaminó que el tiempo se solicitó milésimas antes de que el balón entrara. Gol anulado y a la vuelta del tiempo muerto, Milosavljev detuvo el flojo lanzamiento de Schluroff. Otros como Johannes Bitter, Johannes Golla o Andy Wolff han defendido a Gíslason: “Si el balón no llega a entrar, hubiera sido una decisión heroica”.
A la espera de lo que hagan Serbia y Austria a las 18:00 horas, Gíslason se centra en el equipo de Jordi Ribera, “con el que he coincidido muchas veces, tanto como compañero como rival. Ha hecho un trabajo excepcional y ha gestionado muy bien la transición con la nueva generación”.
Alemania solo piensa en ganar a la selección española por más de tres goles ante un posible triple empate a cuatro puntos. Cualquier otra posibilidad acelerará el final de Gíslason como seleccionador.