Hace unos días volví a ver la película Cleopatra, filmada en 1963, una de esas espectaculares producciones del cine de Hollywood de la década de los sesenta. De cuándo y dónde la vi por primera vez, pertenece al reino del olvido. Es uno de esos filmes donde se había roto todos los récords siempre en términos económicos, que es como miden el éxito o el fracaso la industria del cine norteamericano.
La película narra la vida de Cleopatra VII, la última reina del antiguo Egipto, y su relación con dos de los hombres más poderosos de Roma: Julio César y Marco Antonio. La historia, aunque está basada en hechos históricos, está dramatizada el estilo hollywoodiense de la época. Una versión edulcorada romántica y espectacular de una historia real.
Después de una guerra civil en Egipto, Cleopatra seduce a Julio César para asegurar su trono. Juntos tienen un hijo, Cesarión. Cleopatra va a Roma con César, pero tras su asesinato en los idus de marzo regresa a Egipto después de formar una alianza política y amorosa con Marco Antonio, desafiando el poder romano que culmina con la famosa batalla de Accio, donde son derrotados. Frente a la inminente conquista de las tropas romanas, Marco Antonio se suicida. Cleopatra, al ver su derrota inevitable y rechazar ser llevada como trofeo a Roma, también se quita la vida, según la leyenda, dejándose morder por una serpiente venenosa y con sus más bellos vestidos de reina.
Es en ese filme donde los dos protagonistas, Elizabeth Taylor y Richard Burton, comenzaron su vida amorosa, que dio lugar a grandes titulares de la prenda durante muchos años. Los orígenes de ambos no podían ser más diversos. Burton era de origen galés, huérfano y de familia humilde, mientras que Taylor, aunque había nacido en Londres, era de padres norteamericanos de clase media alta. Burton se educó en la escuela dramática de Londres, iniciándose en el teatro clásico inglés. Del otro lado del Atlántico, Taylor ya comenzó a triunfar en el cine con diez años y para su adolescencia era ya reconocida como una gran actriz acompañada de la fama y del gusto por la riqueza.
Las relaciones en el filme de Marco Antonio y Cleopatra son apasionadas, llenas de grandes frases de amor, de celos, envidias, de peleas, y Marco Antonio cuando no tiene una espada en la mano, tiene una copa de buen vino. Estas relaciones de amor, odio, peleas y altibajos en el filme parecerían ser el precursor o el guion de sus relaciones en la vida personal. Pues numerosos fueron los escándalos, para la sociedad de la época, que llenaron las primeras páginas de los tabloides y prensa más seria.
Se casaron después de sus divorcios mutuos y se divorciaron diez años más tarde para volverse a casar y divorciarse dos años más tarde. Talyor adquirió experiencia y llegó hasta casarse siete veces, mientras que Burton, después de su segundo divorcio, solo lo hizo cinco veces. Según las crónicas rosas de la época, vivieron una tormentosa relación y la obsesión de Taylor con las joyas hizo que Burton le regalase en su época el mayor diamante del mundo, valorado en un millón de dólares. A saber dónde estará ahora el famoso diamante y su valor en el mercado. El alcohol siempre les acompañó profusamente a ambos.
El azar en la vida tiene muchos vericuetos y es rocambolesco, incluso irónico, en algunos encuentros. Corría finales de los años 80, vivíamos en Lusaka trabajando con los refugiados que escapaban de las guerras de Mozambique y Angola, que no eran sino enfrentamientos en terceros países de la guerra fría entre la URSS y los EEUU. Los muertos los ponían los países del sur. En una escapada de un largo fin de semana, nos fuimos a visitar el parque de Chobe, situado en el Noreste de Botswana y muy cercano a Zambia. El parque está atravesado por el río Chobe y forma parte del ecosistema del Okavango. Era muy conocido por su gran población de elefantes.
Lo que no sabíamos, y lo descubrimos al llegar al hotel del parque, solo había uno, es que fue allí donde Taylor y Burton se habían habían casado en segundas nupcias y pasado su luna de miel. Claro que no usamos la misma habitación, y nuestro presupuesto no daba para dar paseos aéreos en helicóptero por el parque. No obstante, fue como una luna de miel, a pesar de que podía haber terminado en tragedia con los hipopótamos del río Chobe. Pero mi vida no podía estar más alejada de los avatares de los dos actores de cine y, de hecho, no creo recordar que Richard Burton ya había fallecido en 1984 en un lugar distante y lejano. Pero la estela de su paso por la reserva en los años 70 todavía perduraba.
La vida profesional de Taylor y Burton fue por mundos paralelos y, aunque se cruzaban en ocasiones, nunca volvieron a actuar juntos hasta que en 1983 representaron en Broadway una comedia romántica titulada Private Lives. Una obra clásica que se centra en una pareja divorciada que se reencuentra accidentalmente durante su luna de miel con sus nuevas parejas. Los escollos del viejo amor se vuelven a encender y, a pesar de que ambos están recién casados, resurge la pasión y las peleas. Pero, a pesar de todo, deciden escapar juntos, abandonando a sus nuevas parejas, y redescubren que, aunque se aman intensamente, su relación sigue siendo tan caótica, pasional y volátil como lo había sido. Según la crítica, no fue una muy buena actuación, pero fue un éxito de público.
Unos años antes, en 1966, protagonizaron también una película basada en una obra de teatro de Edward Albee, Who is afraid of Virginia Woolf, filme que fue nominado a trece Óscar y por el que Taylor obtuvo uno como mejor actriz. Una obra basada en una relación tormentosa entre los dos personajes encarnados por Taylor y Burton, llena de violencia emocional e incluso física, en la que la ilusión y la realidad son dos espejos de los cuatro actores que llenan las escenas mientras se atiborran de alcohol en una noche de verano en una universidad de los EEUU con una hermosa fotografía en blanco y negro.
Poco antes de morir, Burton participó en la película británica 1984, basada en la novela de George Orwell. Todo un símbolo de los tiempos que se predecían y vemos cada vez más cercanos. La última película en la que participó Taylor fue Los Picapiedra, en 1994, una fantasía de dibujos animados de nuestra infancia llevada a la gran pantalla. Comedia ligera y anodina, según la prensa, aunque confieso no haberla visto. No podía haber dos despedidas de la gran pantalla tan dispares, una trágica y otra comedia.
La viceversa del azar me hizo cruzar los mismos caminos por donde pasó la vida de Burton. Esos últimos años el actor los vivió en un pueblo llamado Celigny, en las faldas del Jura, no muy lejos del lago Leman. Una casa discreta y llena de libros era su morada. Había pasado muchas veces por ese pueblo en bici y sabía que allí había vivido Burton. En una de esas ocasiones decidí visitar el cementerio. De hecho, el pueblo tiene dos, uno antiguo cercano a un arroyo, donde las tumbas más antiguas ya han perdido la fecha, es oscuro y pequeño, y otro más nuevo y un poco más distante pero más amplio y luminoso. Fallecido en 1984 por causas relacionadas con el abuso del alcohol, Burton está enterrado en el pequeño y viejo cementerio de Celigny. Una simple piedra, no muy grande y envejecida por el liquen y el paso del tiempo, tiene escrito su nombre y fecha de nacimiento y muerte. Pero la tumba no está abandonada, a veces hay flores frescas, un balón de rugby del equipo de Gales, algunas fotos plastificadas, y otras pequeñas decoraciones adornan la tumba. Nunca hay signos religiosos. La decoración cambia con las estaciones, alguien la cuida. A pesar de que he pasado en varias ocasiones, nunca he coincidido con la persona que la mantiene, solo en alguna ocasión con algunos turistas ingleses que vienen a visitarla. No pierdo la esperanza de cruzarme con la cuidadora, pues, sin duda, es una mujer. A veces, cuando vuelvo a pasar, lo visito.
Donde reposan los restos de Taylor no podían ser más diametralmente opuesto a la tumba de Burton. Fallecida en 2011, la que encarnó a Cleopatra yace en el gran mausoleo del cementerio de Glendale, en California, cercano a Los Ángeles, junto con otras personas famosas como fueron Michael Jackson, o actores como Humphrey Bogart o James Stewart. El mausoleo está presidido por un ángel en mármol con los brazos abiertos. Un lugar donde se representa la grandeza de la muerte.
Poco antes de morir, Burton le escribió una carta a Taylor. Esto es un de los párrafos de su última carta que se hizo publico:
“No me importa si el sol nunca brilla para mí otra vez. Lo único que me importa es que tú y yo estuvimos juntos, aunque fuera por un momento, y esa es la razón por la que el resto de mi vida no importa. Si pudiera volver a tener todo, solo pediría tu amor. Quiero morir sabiendo que al menos te amé en esta vida, y lo hice con todo lo que fui.”
Párrafo digno de estar en el libro de los Enamoramientos de Javier Marías, aunque éste lo hubiera dicho de otra manera, y tal vez mejor, en este 14 de febrero.