Cien años de historia dan para mucho. El 22 de febrero de 1926, el Tren del Urola circuló por primera vez por sus raíles, tras ser inaugurado por el rey Alfonso XIII. El ferrocarril de vía estrecha unió durante 60 años las localidades de Zumarraga y Zumaia, enlazando el interior con la costa guipuzcoana por el valle del río Urola hasta su último viaje en 1986 y clausura definitiva en 1988. Los vagones de este histórico tren albergan la esencia de un pasado fructífero, pero también de varias etapas negras como lo fueron la Guerra Civil y el franquismo. Las crisis económicas y políticas de los años 80 finalmente condenaron al cierre a este ferrocarril que durante décadas marcó el pulso de la comarca. A día de hoy, el Museo Vasco del Ferrocarril, situado en Azpeitia, guarda en su interior un vagón remodelado. El propio tren y la pasión que transmiten las palabras del director del museo, Juanjo Olaizola, permiten viajar al pasado y entender las características únicas de esta maquina de hierro.

El leve crujir de la madera te transporta inmediatamente a aquella Gipuzkoa de los años 20. Verde botella por fuera, conserva intactos los detalles del original. Por dentro, luce antiguo y señorial, fiel reflejo de la categoría que ostentaba el ferrocarril en sus comienzos. El Tren del Urola fue uno de los más populares y avanzados de la época. Un tren elegante y con motor eléctrico, algo muy poco común en aquellos años. La Diputación de Gipuzkoa compró el tren y encargó a Siemens y a una empresa de Zaragoza el diseño del motor y la carrocería de metal, respectivamente. Con siete vagones de motor y tres para transportar mercancía, recorría un trazado de unos 35 kilómetros, en un trayecto con trece paradas en las diferentes localidades de la comarca. En aproximadamente una hora de viaje, serpenteaba la orilla del río cruzando 20 puentes y 29 túneles. Con una clase única–actual tercera clase– y otra clase salón–primera clase–, el tren ofrecía confort y glamour a raudales. En aquellos años, la carretera que unía las localidades de la comarca con Zumarraga dejaba mucho que desear, y el Tren del Urola sirvió para unir las poblaciones en un trayecto relativamente corto y, sobre todo, cómodo.

Juanjo Olaizola abre la puerta del vagón remodelado. Javier Colmenero

La guerra y el franquismo

La llegada de la guerra oscureció el brillo del tren. La rápida caída de Gipuzkoa en manos del bando nacional hizo que los militares tomaran el control de la comarca, asentando como una de sus sedes principales el Balneario de Zestoa, convertido en hospital militar en 1936. El frente de Deba fue el último reducto republicano en Gipuzkoa hasta octubre del mismo año, cuando la tropas nacionales avanzaron hasta Bilbao. Juanjo Olaizola recuerda cómo fueron aquellos años: “Los militares necesitaban fortalecer el transporte en Bizkaia, y casi la mitad de la infraestructura ferroviaria, así como la mitad de la plantilla del tren –unos 80 trabajadores– fueron destinados a Bilbao. El Gobierno militar disolvió la plantilla de toda la Diputación –no solo del ferrocarril– y dio un plazo de 48 horas para solicitar el reingreso. Las personas que vivían en la comarca o en Donostia podían cumplir ese plazo, pero la mitad de la plantilla que había sido destinada a Bilbao no podía venir a Gipuzkoa porque el frente de batalla lo impedía. 79 personas no pudieron solicitar el reingreso, y los militares argumentaron que esas personas se habían ausentado voluntariamente. La mitad de la plantilla se quedó en el paro”.

Llegó el franquismo y el automóvil comenzó a generar altas expectativas. En los años 60, el coche comenzó a liderar el transporte y el franquismo trató de lavar su feroz represión social con una potente inversión en lo industrial. El Tren del Urola fue olvidado y desde la llegada de la Guerra, no se destinó “ni una peseta” a su mantenimiento. Llegada la democracia y los años 80, Euskadi se vio sumida en una profunda crisis económica e institucional. Muchas empresas cerraron y los conflictos políticos se acrecentaron. Se realizaron las transferencias de competencias entre la Diputación y el Gobierno Vasco. Gipuzkoa se quedó con las carreteras y Lakua con el ferrocarril. Cuando analizaron el tren del Urola se encontraron una reliquia abandonada: una catenaria anticuada, unas vías que de milagro no habían causado importantes accidentes, y unos vagones echados a perder. Entre renovar toda la instalación, algo que suponía una inversión muy potente, o colocar tres autobuses que hicieran el trayecto, no se tuvo duda en elegir la segunda. Así, el asentamiento del coche como transporte líder en el país y la nula manutención del ferrocarril sentenciaron al Tren del Urola a completar su último viaje el 12 de julio de 1986. El tren puntero de los años 20, que durante décadas había sido el enlace con las demás zonas del territorio para las poblaciones de la comarca, se durmió para siempre.

El recorrido del tren, reconvertido en bidegorri desde hace años, atraviesa la comarca entre paisajes verdes y montañosos. “Si la decisión de cerrar el tren se tuviera que tomar hoy, no se hubiera cerrado, pero tenemos que entender que, en aquella época, tenían otra mentalidad y no había dinero”, afirma Juanjo. “Se echa en falta un tren en la comarca. Aunque tenemos un gran servicio de autobuses, Zumarraga tiene su propio tren y en la costa tienen Euskotren, pero nosotros no tenemos nada. Por esa parte, creo que se han olvidado de nosotros un poco, pero nosotros mismos también. Los partidos, en las elecciones municipales, ya no reclaman un tren como antes. El tiempo pasa y las cosas se van dejando atrás”, manifiesta. El Tren del Urola cumplirá 100 años este domingo, y en el Museo se ofrecerá una exposición fotográfica de su historia. Se dejó atrás y cerró para siempre, pero su legado e importancia quedan intactos en las páginas de la historia de Gipuzkoa.