Oihane Sanz Iturralde, de 48 años, tampoco tuvo claro desde un principio dedicarse a la investigación. Después de estudiar Química en Donostia, tras un breve periplo en Argentina y Sevilla para doctorarse y hacer el máster habilitante a profesora, consiguió una beca para volver a la capital gipuzcoana. “Conseguí una beca de inserción de doctores en la universidad, y volví a estar con mi grupo en mi facultad. Desde el 2010 estoy aquí”, señala.
“En aquellos años era muy difícil conseguir una beca, y las que ofrecían, eran muy precarias. Mi trayectoria siempre estuvo ligada a proyectos y más proyectos. Mi sueldo dependía de aquellos que sacaba mi director de tesis o los que podía yo sacar, porque la universidad en aquella época no te dejaba liderar ningún grupo si no tenías un contrato permanente. A los 41 saqué plaza, pero hasta entonces ha sido muy duro: los sueldos son muy bajos, no te puedes hipotecar, no puedes tener un coche... No consigues una estabilidad”, lamenta.
Oihane se emociona al recordar uno de los momentos que más le han hecho sufrir. “A mí me tocó sacrificar mi faceta de madre por el trabajo. Tenías que seguir compitiendo, y compitiendo, y compitiendo, y la maternidad la vas aplazando, y nosotras tenemos fecha de caducidad. Para cuando intenté ser madre, ya fue tarde. Fue muy duro.”
Ser invisible
Se oscurecen los sueños personales porque una se va sintiendo cada vez más invisible. “Estoy muy agradecida a mi director de tesis, que luego fue mi jefe. Casi toda mi carrera científica lo he hecho con él, pero terminé siendo invisible. Invisible no solo en la facultad, sino a nivel de las investigaciones que hacía yo. Muchas veces escribes tu proyecto y aparece su nombre, él también tiene mejor currículum que tú, y bueno, aguantas situaciones sin ser demasiado consciente. Seguramente, si hubiera salido de ese entorno, igual hubiera tenido más visibilidad, pero bueno, las situaciones se dieron así. Me costó verme como ingeniera química en catálisis porque siempre estaba a la sombra”, asegura.
Como coordinadora general de Emakumeak Zientzian, sabe que queda mucho trabajo por hacer. “En los niños y niñas también se ven las diferencias. Las chicas no responden y los chicos no callan. Y creo que eso se hereda de los roles establecidos, los cuales solo pueden cambiarse o regularse mediante la educación, y en esas estamos”, ríe.