La Real dejó con vida al Athletic. Un equipo realista imperial, maduro, en plena forma y que mereció sentenciar la eliminatoria. Bueno, lo hubiera hecho si el árbitro no le llega a escatimar un penalti clarísimo. Otra más. Cuando menos te lo esperas, te vuelven a robar en San Mamés. Son insaciables. No hay otra lectura posible. Como el árbitro hizo un ridículo espantoso al no ir ni a ver la jugada y al inventarse una falta que simplemente no existió, lo mejor es centrarnos en el baño txuri-urdin, sobre todo en la segunda parte, en la que los de Matarazzo demostraron que a día de hoy, que quede esto bien claro, se encuentran a otro nivel que su eterno rival. Noveno encuentro sin perder del americano, que va camino de convertirse en leyenda nada más aterrizar en Donostia. Llegar y besar el santo. Un mago, un druida, un líder que está guiando a un equipo hasta límites insospechados. O que no hubiésemos imaginado jamás en el primer tercio del campeonato.
La Real ya fue mejor que el Athletic en una primera parte en la que creó más peligro y generó juego, pero, tras pasar por el descanso, y espoleados y enrabietados por otro nuevo atropello arbitral, en la reanudación simplemente arrolló a los locales hasta el punto de silenciar San Mamés. Finalmente, Turrientes, que tras el descanso fue otro futbolista, marcó el tanto que pone en franquicia la eliminatoria para unos blanquiazules que no tuvieron que sufrir demasiado para aguantar su renta y que incluso pudieron haber logrado una mayor ventaja ante un contrincante al que dejó vivo. Y cuidado, que en cuestión de supervivencia, son de los mejores del fútbol español. Con esas ayudas, como para no…
La tensión era máxima en los alrededores, a pesar de las trombas de agua que cayeron en las horas previas, que deslucieron por completo el recibimiento de la parroquia local a su equipo. Matarazzo sorprendió al resolver las dos dudas que tenía en el once apostando por Caleta-Car y su intocable Carlos Soler en la mediapunta con el doble pivote con label de Zubieta por detrás y, por ende, prescindiendo de Zubeldia y de Brais Méndez, dos de las vacas sagradas antes de su llegada. El resto, los esperados.
Enfrente un Athletic con varios jugadores inesperados para toda una semifinal de Copa ante el eterno rival y sin Nico Williams, a quien le amargó el anterior derbi Aramburu. La extraña sensación de antes del partido fue que el Athletic quiso restar importancia a todo un envite por un pase a la final, lo que acabó por ponerles en evidencia, ya que en realidad su intención, una vez más, era hacer de menos a la Real. Si llega a tener otro rival enfrente, seguro que habrían afrontado de otra manera las últimas horas. Pero, como era su eterno rival y venía mucho mejor al duelo, optaron por intentar que pareciera un partido más. Sin éxito, por supuesto. Que aquí nos conocemos todos de sobra y sabíamos lo que estaba en juego.
Los rojiblancos se escudaban para protegerse de cualquier accidente posible en las bajas que tenían, que sin duda eran muy importantes, pero las de la Real también lo eran con las ausencias de Kubo y Barrenetxea, dos puntas titularísimos de su tridente mágico en su reciente esplendor en la hierba, además de Sucic y Zakharyan. Y si nos ponemos a comparar uno a uno en el once, constatamos que su central inexperto en la zaga es mayor que Jon Martín, por el que ha apostado un club de cantera como es esta Real. Pero, bueno, ellos siempre más…
Mejoría tras el descanso
La primera parte fue una continuación del derbi de hace diez días. Con una Real replegada, esperando al Athletic para tratar de sorprender a la contra. Los rojiblancos salieron con mucha fuerza y energía, espoleados por un ambiente sensacional, extraordinario, que les llevó en volandas. Pero sin que Remiro se llevara ningún susto reseñable ni, por supuesto, un disparo a puerta como sucedió en el derbi anterior hasta los últimos minutos.
La Real volvió a perder muchos balones en la salida, algunos de ellos peligrosos, y falló de nuevo demasiadas ocasiones. A los diez minutos, en una jugada parecida a la del gol de días atrás, Guedes chutó fuera. Pasados los 20 minutos, Guruzeta cabeceó a las manos de Remiro. A Oyarzabal se le escapó una rosca y poco después Pablo Marín, solo, disparó forzado al muñeco. A los 36 minutos, Jon Martín cabeceó una falta de Soler y sacó como pudo Padilla; y Robert Navarro chutó a las manos del de Cascante. En el minuto 45 llegó la jugada clave, en un penalti no pitado por una mano escandalosa de Laporte que desvió un cabezazo de Caleta-Car. La jugada no admite discusión. Cuando crees que no va a volver a pasar en un estadio en el que pitan penaltis increíbles a favor de los locales, te vuelven a atracar. No fue a mirarlo y sus explicaciones rozaron el ridículo. En Bilbao siempre hay alguna excusa para justificar lo injustificable. Un robo escandaloso. Punto final. Y un árbitro valiente que deja de serlo aún no sabemos por qué al llegar a San Mamés y que no utiliza ni el videoarbitraje para no quedar aún más en evidencia.
En la reanudación, la Real emprendió un vuelo de altura y pasó por encima de unos locales que no encontraban respuestas a sus ataques. Bien guiados por un doble pivote imperial, los realistas siempre encontraban al compañero libre para hacer estragos rompiendo líneas. Con un Guedes estelar, que por momentos penetró en la zaga local como un cuchillo en la mantequilla. Siempre con el gatillo preparado. Pero no solo ellos... Soler por fin fue el jugador que todos esperábamos y apareció por todo el frente de ataque, dando pases magníficos a balón parado y en juego. A los pocos segundos, en una jugada brillante, Oyarzabal se topó con un paradón de Padilla, de largo el mejor local, y Marín remató al palo el rechace aunque estaba en fuera de juego. Otro córner de Soler lo paró el zarauztarra; a Guedes se le fue un disparo con rosca al palo largo; y, a los 62 minutos, llegó por fin el merecido gol en una acción en la que Soler sirvió un balón perfecto para Guedes, que se anticipó a Padilla, y Turrientes anotó a puerta vacía. Lo más complicado ya estaba hecho. Una pena que a los blanquiazules les faltó fuelle para buscar un segundo gol que estuvo a punto de lograr Oyarzabal. La única ocasión del Athletic fue un cabezazo de Nico Williams que se marchó desviado. Esto es solo lo que pudo hacer un internacional anulado.
0-1. La Real toma ventaja, pero, primero, pudo y debió ganar por mayor renta porque fue muy superior a su rival y, segundo, simplemente no le dejaron. Esperamos y confiamos en que en la vuelta en Anoeta los árbitros dejen de hacer el ridículo de esta manera y se dediquen a hacer su trabajo, que no es otro que impartir justicia. Insistimos. Victoria, corta, se celebra y nos centramos en la Liga hasta dentro de tres semanas cuando el vecino se presentará en Donostia con el colmillo afilado y con la sensación de querer vengar la afrenta que sufrió ayer en el partido de ida de la semifinal. No hay nada hecho. Nos conocemos todos muy bien. Los rojiblancos estaban lamiéndose las heridas y pensando que una Real maravillosa les había dejado con la esperanza de vida. No hay nada cerrado, pero qué maravilla ver a la Real volar tan alto en San Mamés. Qué equipazo, qué jugadores, qué afición y qué orgullosos acabamos ayer todos los que amamos los colores txuri-urdin. Nos vemos a la vuelta en nuestra casa. Allí será otra historia, ya lo verán…