A por ellos

Sevilla - Real Sociedad | A por ellos: Un oasis de autenticidad

09.01.2021 | 00:53
Mikel Merino ensaya el remate de cabeza durante el partido de la pasada temporada en Anoeta.

Muchas veces no nos damos cuenta de lo que ha hecho el Sevilla. Un club que cerró el siglo pasado con un doloroso descenso acompañado, por increíble que parezca a día de hoy, del Atlético y del Betis. No crean, esa campaña, la 1999-00, otro histórico como la Real empezó a coquetear con las catacumbas de la clasificación tras contratar a Javier Clemente como sustituto de Bernd Krauss, quien el curso anterior había logrado un magnífico tercer puesto (no tardamos demasiado en caer, aunque el destino nos tuviese reservado ese imborrable subcampeonato de 2003). Por aquel entonces el Sevilla pertenecía a la clase media española, con una importante masa social, sobre todo situada en la capital andaluza, pero con un discreto palmarés de un título de Liga (1945-46) y tres de Copa (1935, 1939 y 1945). En mi anterior trabajo tenía un compañero que era un talibán del Betis y siempre se mofaba del cántico "Vamos mi Sevilla, vamos campeón". "Campéon de qué, si no han ganado nada desde el NO-DO". Solo un año después regresó a la elite, su hábitat natural, y solo cinco más tarde levantó su primera Europa League. Desde ese grandioso momento, que está marcado por el zurdazo con el exterior del malogrado Antonio Puerta que les dio el pasaporte para la final ante el Schalke 04, han festejado otras cinco. Una cosa de locos, porque también han vencido en dos Copas y dos Supercopas, una europea y otra española. Algo han hecho rematadamente bien para convertirse de forma indiscutible en una leyenda en el Viejo Continente. No se lo he preguntado, pero me imagino que mi amigo ya no bromea más con el tema...

Para hacernos una idea en formato local, hasta su atracón de copas, desde el prisma txuri-urdin le considerábamos como un rival directo algo inferior a nosotros que nos arrebató el sueño del primer título de Liga de forma bastante vil por el reconocido hecho (por ellos mismos, muchas veces con guasa) de estar megaprimados. Lo más doloroso es que se habían quedado con dos jugadores menos que habían sido expulsados por protestar un fuera de juego en el gol del empate marcado por Zamora a pesar de que, en teoría, no se jugaban nada. Bilis ya caducada al margen, a día de hoy toda la clase burguesa de la Liga debe rendirse a su extraordinaria trayectoria. Como mucho podemos decir que quizá la Real no se encuentre a la "distancia sideral" que dijo Del Nido que estaba el Betis del Sevilla, pero es justo reconocer que han alcanzado otra dimensión.

Al margen de vicios de nuevo rico como efecto secundario del resplandor del éxito, lo que más destaco del Sevilla es que me parece un equipo auténtico. No pienso entrar en comparaciones porque, a pesar de contar con una de las mejores canteras del país, y si no pregunten en Eibar a ver qué tal les va a los dos descartes que les cedieron el último día (Bryan Gil y Pozo), su estilo de gestión no tiene nada que ver con el de la Real. Ni mejor, aunque los títulos estén ahí, ni peor. Cada club tiene su propio librillo. Si me preguntan en la actualidad qué entrenador de Primera me gustaría que sustituyera dentro de por lo menos 15 años a Imanol, elegiría a Lopetegui. Sé que algunos, los más rencorosos, no le perdonan que abandonase el juvenil para marcharse al Madrid, pero el de Asteasu siempre ha tenido bonitos detalles con el equipo de su tierra y nunca ha ocultado que, ya que no pudo defender su portería después de dar muchas vueltas en su carrera, le gustaría sentarse algún día en su banquillo. Siempre me ha parecido un entrenador muy preparado, de cuyo éxito el año pasado me alegré enormemente (de verdad, no como mucha estrella de la prensa madrileña farisea) porque no había derecho a la jugada que le hicieron Rubiales y Florentino Pérez. Este último por partida doble, a pesar de que, supuestamente, le consideraban un hombre de la casa.

Sé que el tema de las gradas vacías lo agrava todo, pero a mí me ha llegado el momento de que no me identifico nada con el fútbol actual. El del VAR y los penaltis por manos o por unos leves contactos imposibles de entender. El de los horarios inconcebibles y el que se plantea suspensiones por una posible nevada en Pamplona en el mes de enero. Como me dijo una periodista soriana muy graciosa la semana que me mandaron a hacer reportajes porque había la posibilidad de que se suspendiera una visita del Madrid por otra ola de frío –esta sin nombre ni patochadas de esas–, que llegó a marcar en el termómetro de debajo de mi hotel -15 grados: "¿En invierno qué quieren que haga? Pues frío, lo normal". Me sentí intrigado con la discusión que mantuvieron ayer por la mañana en una tertulia en Radio Marca: "Estamos todos de acuerdo con que es mucho mejor jugar en Anoeta que en Atocha", declaró uno de los contertulios que no pude reconocer. Sí, claro, yo me pregunto que para quién. Porque yo tengo claro que me sigo identificando mucho más con el fútbol del campo de Duque de Mandas, aunque se corriera un serio peligro de derrumbamiento en sus últimos años. Y eso que, por poner un ejemplo, uno de los futbolistas más odiados por la afición txuri-urdin, Michel Gónzalez, siempre comentaba que le encantaba jugar al lado de la estación del Norte donostiarra porque "el césped estaba casi siempre muy bien". Que no se lo pregunte a los que venían en la década anterior€

Hace poco leí unas declaraciones en El País de Miroslav Klose, máximo goleador de la historia de los mundiales, en las que explicaba los motivos que le habían llevado a la retirada: "Dije basta porque no me reconocía más. Hoy los jóvenes piensan en otra cosa. Cuando era niño, pensaba solo en entrenar para poder hacerme alguien en el deporte que siempre amé. En el Lazio y en la selección, después de cada entrenamiento me metía en una bañera llena de hielo para evitar lesiones. Los jóvenes del equipo, por el contrario, se negaban de manera sistemática. Cuando te veían recoger la bolsa con los balones, te decían: "Pero, ¿quién te hace hacer eso?". En ese momento, me preguntaba: "¿Tienes 20 años y no puedes ayudar a un trabajador de 60?". Se preocupaban por si las botas coincidían con los calcetines. Vi estas cosas y decidí seguir solo. El fútbol donde crecí terminó. Hoy hay otras cosas. Ahora piensan en primer lugar en los coches, el dinero que les paga el patrocinador y en las botas con sus nombres. Solo después de estas cosas viene el juego. La imagen ahora es más importante. Es por eso por lo que dije basta, porque para mí lo único que importaba era el fútbol en su forma más pura".

No estoy señalando a nadie (menos aún a las pocas horas de haber entrevistado a un chaval tan cabal como Guevara), porque en Zubieta parecemos estar relativamente a salvo de estos pecados. Pero aunque no acapare tantos titulares ni se lleve portadas ni tiempo en los telediarios, el duelo entre el Sevilla de Lopetegui y la Real de Imanol me parece un oasis de autenticidad en un campeonato plagado de agravios comparativos e injusticias. Dos rivales directos en la carrera por la Champions que han acreditado ser capaces de superar cualquier reto que se les presenta batiéndose a pecho descubierto. Sin reservas ni lloriqueos de antemano. Fútbol de verdad. El de antes que tanto echamos de menos. De taco largo y dientes apretados. Y esta vez, que sea nuestra Real la que firme la hazaña de asaltar el trono de todo un campeón europeo. Entre otras cosas, para calibrar sus opciones futuras en su competición favorita cuyo reinado no renovará este año el conjunto hispalense y poder sentirse así un posible y digno sucesor. ¡A por ellos!