Luis Uranga
Presidente de la Real entre 1992 y 2001

"A la Real hay que cuidarla muchísimo por ser la única cosa que nos pone de acuerdo a gente que piensa tan distinto"

05.04.2020 | 00:28
El expresidente de la Real Sociedad Luis Uranga.

No le gustan las entrevistas. De hecho, casi no ha dado ninguna desde que salió de la Real. Uranga analiza pasado y presente, y reconoce que disfruta con el equipo de Imanol

donostia La situación es escalofriante, ¿cómo lo lleva?

–Ahora llevamos prácticamente dos semanas desde que nos dimos cuenta de la que se nos venía encima, pero si tiras atrás, en prácticamente cinco o siete días nos ha cambiado la vida a todos. Es una auténtica tragedia a todos los niveles. Como consecuencia de lo que está pasando, la situación de recesión que se va a producir a nivel mundial. Es un golpe muy fuerte del que espero que salgamos, pero no sé cuánto puede durar. Me preocupa que es una crisis que produce mentalmente en todos dudas de cara al futuro en cuanto a la vida, la relación social, la comunicación física y mental entre las personas. Deberíamos recuperar la normalidad porque una vez que la superemos la epidemia habrá pasado. Es un momento fundamental en el que los científicos deben descubrir la vacuna, como en su momento encontraron la de la gripe, y eso va a fortalecer mucho la mente de la gente desde el punto de vista de la seguridad.

Al margen de esto, ¿qué tal le va la vida fuera de la escena pública?

–Creo que todavía hay gente que me recuerda porque cuando dejé en marzo de 2001 la presidencia de la Real, después continué de directivo en la Federación Española. El presidente me propuso ser delegado de la selección con Juan Luis Larrea y Pedro Cortés y ahí estuve diez años, los mejores de la selección. Me tocó vivir desde primerísima línea la Copa del Mundo y las dos Eurocopas y en ese sentido, de vez en cuando, se veía mi cara en la televisión o en algún periódico y la gente todavía me recuerda. Aquí no hubiese necesitado de este periplo en la federación porque diez años o nueve y medio de presidencia de la Real implica que a nivel público tienes una penetración en muchísima gente, sobre todo en los que en este momento tienen de 30 o 40 años para arriba, que creo que no se va nunca. A mí en Gipuzkoa, para bien o para mal, me conoce todo el mundo. Yo percibo que he dejado un buen recuerdo y eso me supone una gran satisfacción del deber cumplido.

¿Ha cambiado mucho el fútbol?

–Me imagino que ha cambiado mucho a nivel de gestión por lo que veo desde fuera, pero para palparlo hubiese tenido que verlo desde dentro. Pero si te circunscribes a las cifras que se mueven en estos momentos, en los presupuestos que tienen los clubes, el incremento es brutal. Todo eso ha traído consigo el que haya habido muchísimo más dinero, se han creado muchísimos más puestos de trabajo, que no es malo porque colabora con la economía; pero que ha sido hasta cierto punto exagerado. Hablo sin tener un conocimiento exhaustivo del tema. Ha cambiado mucho todo el desarrollo de las nuevas tecnologías, de las redes sociales, de la informática, de Internet, que hace que las cosas desde el punto de vista de la gestión global del club y todos los métodos de trabajo hayan tenido que cambiar muchísimo.

Me han dicho que está 'contento' con el VAR...

–El VAR en sí mismo, como idea, a mí no me parece mala, lo que me parece absolutamente demencial es lo que está pasando. La aplicación del VAR a nivel de competiciones en España. No puede haber semejante nivel de intervencionismo. Los árbitros se están equivocando en la aplicación del concepto que ellos mismos han definido, que son tres o cuatro circunstancias absolutamente claras. La intervención del VAR está dentro del terreno gris y eso es en contra de lo que yo estoy. Si vamos a las circunstancias del juego, tampoco se colabora con los árbitros y las normas, por ejemplo, con el tema de las manos. Ahí hay un cacao mental absoluto en el que nadie se aclara de nada, nadie sabe qué es mano y qué no es mano. La intervención del VAR en ese tema no tiene ningún sentido. Lo que no puede ser es que un árbitro decida una cosa que hay que respetar y otro árbitro le corrija sin saber si lo tiene que hacer o no. O las líneas de fuera de juego, con unos sistemas se tratan de una determinada forma y con otros de otra. Ha habido un cambio de sistema de un año a otro. Tenemos que suponer que las rayas están bien tiradas.

Demasiadas dudas...

–Lo que no puede ser es que llevemos años diciendo que, ante la duda, los árbitros tenían que dejar seguir el juego, y ahora, por una línea que se fija, nos tiremos cinco minutos mirando a ver si un jugador tiene la punta de la nariz un poquito más adelantada que su contrario. En cosas clarísimas, el VAR es perfecto, pero en el 95% de las acciones en las que se mete a decidir son circunstancias referidas a manos, fueras de juego, o penaltis, acciones en las que no tiene que entrar porque se tiene que respetar lo que dice el árbitro. ¿Nos compensa que para corregir una situación absolutamente clara que se produce de vez en cuando haya que cargar con una situación nueva para todos? ¿Es de recibo que se produzcan parones de cinco minutos para saber si una cosa es gol o no, o penalti o no? A mí la tecnología de la línea de gol me parece perfecta. Lo que me produce un rechazo total del VAR no es el VAR en sí mismo sino cómo se está utilizando.

El juego pierde su esencia.

–El juego necesita una dinámica, una rapidez, cuanto menos se pare el juego mejor, y con el VAR se para tanto que parece otro partido entre jugada de VAR y jugada de VAR. También crea un mareo en los aficionados que siempre han sido el sustento de todo esto, pero lo que no puede ser es que vayamos a Anoeta y nos tiremos cinco minutos esperando a una decisión de un árbitro sin saber muchas veces si lo que están mirando es un penalti o un fuera de juego. Es demencial.

Árbitros... Hasta un presidente tranquilo como usted tuvo su día de furia.

–No me acuerdo bien. Sí recuerdo un tema en Zaragoza, no quién era el árbitro, que en el túnel tuve un problema dialéctico mientras iba protegido por las fuerzas armadas. Y me acuerdo que el Comité de Competición me sancionó con un mes de inhabilitación en mi circunstancia de presidente. Yo les pregunté: ¿Qué significa esto? Porque yo lunes, martes, miércoles€ tengo que seguir gestionando el club. Entonces llegamos a la conclusión de que no me podía sentar en mi sitio, por lo que intercambiábamos los asientos con el vicepresidente Sebastián Irusta.

Es una pena, pero solo el coronavirus ha podido parar a esta Real. Creo que disfrutó de lo lindo en el partido de Copa ante el Madrid.

–Me llevaron un poquito a rastras al Bernabéu. Estaba en Salamanca, me llamaron unos amigos y fuimos. Y cuando acudes al Bernabéu no sueles ir pensando que va a suceder lo que pasó. Aquello fue una gozada que respondió a lo que se está haciendo esta temporada. El equipo está comandado por Imanol, que es algo que tenemos que cuidar muchísimo porque se ha dado en el clavo con el tipo de entrenador que sabe preservar las esencias de lo que es la Real y lo ha sabido transmitir a su grupo con todos los técnicos que están trabajando alrededor del equipo. Ha confeccionado una plantilla muy interesante, muy atractiva, muy joven, muy de futuro, con un porcentaje muy bueno de jugadores de la propia cantera y que vienen del exterior y nos están haciendo gozar muchísimo. Es una pena lo del coronavirus, porque nos ha parado en un momento en el que habíamos alcanzado una gran velocidad de crucero y lo lógico era pensar que nos iban a salir muchas más cosas bien que mal.

Y toda una final de Copa.

–Sí, sobre todo en lo que respecta a la final de la Copa del Rey y la situación privilegiada en la clasificación, había que pensar en la posibilidad de que se rematara una temporada inolvidable consiguiendo cosas importantísimas a nivel deportivo. La plantilla sigue siendo la misma, sigue siendo buena, las cosas continúan como se han hecho hasta este momento y hay que estar esperanzados. Pero sin el coronavirus el 18 de abril íbamos a ir todos a Sevilla con una inmensa felicidad pensando que lo íbamos a conseguir, y ahora tenemos que pensar que eso será cuando tenga que ser.

La final de las finales.

–Nosotros en este momento estamos mentalmente, tanto el equipo como la afición y todo lo que rodea al club, en modo positivo y realista, en el doble sentido de la palabra, y creyendo que lo vamos a conseguir. Una final vasca no se ha dado nunca, la rivalidad sana que existe está a tope y para el que gane será un absoluto chute de inmensa felicidad, y para el que pierda va a ser más duro de lo que puede ser habitualmente. Hay que pensar que nosotros tenemos un gran equipo y en que tenemos más posibilidades de conseguirlo que de no hacerlo. Con toda la humildad del mundo, pero también con todo el optimismo, vamos a tratar de conseguir una cosa que quedará para siempre en la historia del fútbol vasco, español y en la historia de nuestro club.

¿Qué le parece el trabajo de la actual directiva?

–Teniendo en cuenta que empezó en una situación delicada desde todos los puntos de vista, en Segunda División, y en este momento estamos como estamos, en los once años que llevan han desarrollado una labor muy importante tanto desde el punto de vista deportivo, social y de reestructuración muy sólida de los cimientos de lo que es el club. En ese sentido, tenemos que estar todos contentos y agradecidos por la labor que han hecho. No se me olvida la remodelación del estadio. No cabe la menor duda de que lo han convertido en un campo de fútbol, dentro de las posibilidades, que no son siempre las mismas en una rehabilitación de un campo que haciendo un campo nuevo. La rehabilitación se ha hecho optimizando todas las posibilidades y haciendo un campo que nos va a durar mucho tiempo. No solo la visión, el ambiente del estadio ha cambiado a muchísimo mejor.

Usted tuvo que gestionar la mudanza de Atotxa a Anoeta...

–Yo estuve en la Real seis años de directivo con Iñaki Alkiza de presidente y luego dejé el club tres años. Cuando estábamos allí, el club estaba peleando ante la necesidad acuciante de que diéramos una solución a algo que no se sostenía en sí mismo, aunque lo queramos como le queremos, como era Atotxa. En todos los partidos había que rezar para dos cosas, para que el equipo ganara y no pasara nada, porque aquella precariedad era un sinvivir. Se luchó y se consiguió algo que no nos hacía felices, pero para la ayuda de la Diputación de Gipuzkoa, del Gobierno Vasco y el Consejo Superior de Deportes se exigía que el estadio fuera una instalación pública que no solo sirviera para el fútbol sino también para el atletismo y otro tipo de actividades. En esa época es cierto que había un movimiento en Europa en el que determinados campos se hicieron con pista de atletismo.

¿No tuvieron opción?

–Lo nuestro había que tragarlo, o lo hacías con pista o no lo hacías, y lo que no podíamos hacer era seguir en Atotxa en las condiciones en las que se encontraba. En los tres años en los que yo no estuve se terminó de rematar el tema; luego volví de vicepresidente con Iñaki de cara a que si me elegían tomara las riendas del club. Estuve el último año de Atotxa, que ahí sí que tengo el recuerdo, desde el punto de vista emocional, de la maravilla de despedida que nos salió a todos, y me tocó la inauguración de Anoeta. Lo que es cierto es que a partir de ese momento empezó un crecimiento sostenido de la masa social que nadie pensábamos que se iba a desarrollar de esa manera. Anoeta ha tenido muchísimas más ventajas que inconvenientes, todos teníamos la fijación de la pista de atletismo, pero el hecho de hacer Anoeta con pistas incluidas fue una decisión absolutamente porque le dio al club otra dimensión.

Coincidió con el aita de Aperribay.

–Joaquín Aperribay era vicepresidente de Alkiza cuando yo estuve de tesorero. Y después, por diferentes circunstancias, dejé el club, continuó Joaquín hasta un determinado momento, y él y una serie de directivos se fueron, Iñaki se encontraba solo, ya estaba incómodo con el hecho de ser padre de un futbolista y nos propuso volver a Sebastián Irusta y a mí. Fue el último año de Atotxa y mira lo que es la vida que el hijo de Joaquín es presidente de la Real desde hace once años.

¿Tiene buena relación con Jokin?

–Normal. Ni nos llamamos para comer ni estamos en permanente contacto, pero tenemos una relación correcta, buena, absolutamente normal, y cuando en algún momento hemos tenido una necesidad de pedirnos algo lo hemos hecho y punto. Pero mentiría si dijera que mantenemos una relación constante.

¿Es difícil ser presidente de la Real?

–Era muy complicado cuando yo conocía lo que significaba ser presidente de la Real, y lo seguirá siendo ahora. No sé si el Barcelona es más que un club, pero sí sé lo que representa la Real en Gipuzkoa, en la que prácticamente el hecho de ser accionista o abonado de la Real es una especie de carné de identidad. Había políticos de un lado y del otro, muy seguidores de la Real, que en conversaciones decían que había que preservar a la Real, despolitizarla y apoyarla porque era lo único que nos ponía de acuerdo a todos. A la Real hay que cuidarla muchísimo por ser la única cosa que nos pone de acuerdo a gente que piensa tan distinto. Como se está cuidando en este momento.

Usted fichó a Roberto Olabe.

–Le ficho del Salamanca, y permíteme que me ponga esa medallita, y en el momento en el que los técnicos del club me dijeron que no le renovara, Miguel Etxarri y yo le veíamos condiciones innatas para ser entrenador. Él estaba en una buena edad, contaba con ofertas de diferentes equipos para fichar como portero y tuvo sus dudas. Yo le propuse el puesto de técnico del primer equipo juvenil. Dudó, aceptó, cogió las riendas del juvenil, lo hizo campeón y se le notaba su mano como entrenador. Luego, cuando yo ya no estaba, José Luis Astiazaran le puso como responsable del primer equipo y también se notaba su mano. Si me apuras, en este momento no se puede decir más que ha tenido un acierto cuasi absoluto en la confección del equipo esta temporada, y desde su puesto plenipotenciario de director deportivo yo le sigo viendo como un hombre de campo. Pero él se fue por esos caminos. Quién sabe qué le depara en el futuro.

¿Quién era su Olabe?

–Mi persona de absoluta confianza era Miguel Etxarri. Pero la última palabra en materia deportiva la tenía un grupo, una cupulita en la que estábamos Sebastián Irusta y yo, el entrenador de turno y Etxarri. Luego, desde el punto de vista económico-financiero, también se incorporaba Iñaki Otegi. Era el grupo que tomaba las decisiones deportivas, de inversión y de desinversión. Por eso me hace mucha gracia lo de la famosa frase de ¿quién fichó a Demetradze? Para muchos sería Uranga, pero se le fichó al igual que a Karpin, Kovacevic, Gómez, Jauregi€ Era ese comité que no tenía ni nombre.

Vivió buenos momentos.

–Ser presidente de la Real es una alegría impresionante y un orgullo inmenso. A partir de ahí tienes alegrías y disgustos. Cada semana era una película, pero sí he tenido siempre la sensación de haber llevado el club bien cogido de la mano, sin alharacas y sin picos, con un equilibrio muy estable entre la economía y lo deportivo, y respondiendo a lo que la inmensa mayoría de seguidores queríamos que fuera la Real. En ese sentido, muy satisfecho. Me acuerdo de un tercer puesto en una temporada maravillosa; en esos nueve años hubo un puesto medio de entre el séptimo y el octavo€ Mucha estabilidad, sosiego, equilibrio. Estoy contento. El día que me fui lo hice dolido porque se produjeron una serie de circunstancias a nivel mediático y de determinadas peñas que me hicieron la vida absolutamente imposible, pero me fui convencido de que dejábamos un club como todos queríamos tener: sano, grande, bien organizado y, en ese sentido, la satisfacción es infinita.

Una gestión a la guipuzcoana.

Eso que lo digan los demás. Yo soy guipuzcoano y estoy muy orgulloso de eso que se dice de la manera de ser guipuzcoana.

¿Quién fue su entrenador fetiche?

–Toshack. Le fichó Iñaki Alkiza, lo que pasa es que teníamos la misma edad, y Sebastián Irusta y yo éramos de los que hablábamos inglés. Se estableció una relación muy estrecha desde que decidimos ficharle. Al poco tiempo, Iñaki lo dejó y estuvimos muchos años él de entrenador y yo de presidente. En mi caso, en dos épocas diferentes, en una se lo tuve que pedir por favor porque lo veía necesario para redirigir una situación que se nos había escapado de las manos en materia deportiva, y me tuve que ir a Saint-Étienne a traerle. El hecho de que él no ande por aquí, que haya pasado mucho tiempo aleja a las personas, pero es una relación de amigos para siempre. Y yo creo que John ha aportado muchísimo al club, tanto estando conmigo como a mi salida. Es una persona absolutamente decisiva en la evolución del club.

Su fichaje más controvertido y menos entendido fue Clemente.

–No sé si fuimos ingenuos, pero jamás hubiese pensado que tomar esa decisión hubiese implicado lo que significó, un impacto social negativo desde el primer día. Si lo hicimos fue porque estábamos convencidos de que lo teníamos que hacer y en función de una serie de parámetros que valoramos ante la preocupación de la posibilidad de un descenso a Segunda División. Pensamos que era la persona idónea. Si llegamos a saber el impacto negativo de la decisión, no lo hubiésemos hecho e igual hubiésemos metido la pata, porque en una situación muy delicada Clemente consiguió enderezar la nave y que nos quedáramos en Primera. Dio todo lo que se puede dar desde el punto de vista profesional y de cariño al club, y luego el segundo año no nos acompañaron los resultados. El bombardeo siguió desde las baterías habituales y hubo que tomar una decisión que a mí me dolió muchísimo, pero se tomó.

Los cambios de entrenador y fichajes caros que no triunfaron mancharon su final...

–Somos muy proclives a poner etiquetas sin dejarles aterrizar. Sobre futbolistas que se han ido con la etiqueta de fracaso –no con todos pero sí con algunos– hubiésemos cambiado de opinión si se les hubiera dejado respirar un poco más. No se mide con la misma vara de medir a los de la cantera que a los extranjeros. A veces la vara es más alta para unos y otras veces para otros, pero nunca es siempre la misma. Si la gente cree que el fichaje de fulanito de tal fue un fracaso pues perfecto, lo asumo, qué se le va a hacer, nunca se acierta siempre. Pero sí que es cierto que ha habido futbolistas que han venido de fuera que aportaron muchísimo y que seguro que permanecen en la memoria de los seguidores.

¿Cuál fue su fichaje preferido?

–Kodro vino en la época de Iñaki Alkiza. Karpin fue un futbolista sensacional que con toda su mala gaita y su competitividad y su manera de ser aportó muchísimo en el vestuario y en el terreno dominaba uno detrás de otro los 90 minutos. Pero si de un fichaje me siento satisfecho es el de Juan Gómez. Me parece que fue un pedazo de fichaje en la relación calidad-precio. Los técnicos lo vieron claro desde el principio. En aquella época se decía que al que queríamos era Almeyda, pero había una pequeña diferencia y es que Gómez costaba 400 millones de pesetas y Almeyda 800 y posiblemente sin posibilidad de ficharlo, aunque preguntásemos por él. Hice un viaje a Buenos Aires y el objetivo que teníamos era Juan Gómez. Fue un jugador que se integró en la esencia de lo que es este club desde todos los puntos de vista desde el minuto uno. Luego la operación que hicimos con el Atlético fue muy rentable. Costó 400 y lo traspasamos por 1.800.

Dijo que le daba igual ganar con once 'Velas' que con once 'Oyarzabales'.

–Claro, y lo mantengo. Lo que pasa es que no sería muy normal que en un club de cantera, trabajándolo bien y haciendo bien las cosas, necesitases once Velas, te bastaría con cinco o tres. Pero si es necesario, lo que hay que hacer es tener once Velas y con los presupuestos con los que se está moviendo el fútbol en este momento, con 110 millones de euros, hay que hacer equipos absolutamente competitivos. Unas veces se tienen más jugadores de la cantera y otras menos. A mí me encantaría hacer un equipo con once jugadores de la puerta de mi casa, pero no puede ser.

–Al final lo pasó mal. Habló de "club ingobernable".

–Muy mal. Era difícil de gobernar porque, desde mi punto de vista, en aquel momento había un discurso pernicioso. Si jugaban los de fuera, no jugaban los de la cantera y determinadas decisiones tomadas por determinados medios de comunicación que hicieron la gobernabilidad del club muy difícil y de una pequeña pero ruidosa parte de la afición.

Imagino que le dolió en el alma el, al final, inevitable descenso...

–Jamás hubiese pensado en que el club se iba a ver en esa tesitura, pero, gracias a Dios, se recondujo relativamente rápido porque si no hubiese sido de difícil recuperación.

¿Mira atrás y se siente orgulloso?

–Me siento orgulloso de haber sido presidente de la Real, de lo que hice esos nueve años y con la conciencia de haber hecho en cada año, cada mes, cada semana y cada día de mi gestión lo mejor para la Real, y creo que tengo un sentido de afecto por parte de la gente que me induce a pensar que dejé una buena impresión. Estoy satisfecho, orgulloso. A mí las circunstancias me llevaron a ser presidente de la Real y serlo en Gipuzkoa es una cosa muy grande.

¿Suele ir a Anoeta?

–Depende de los horarios el sillón te atrae mucho, pero, cuando los horarios son normales y la meteorología es favorable, de 20-22 partidos que puede haber con la Copa estoy yendo aproximadamente a quince.

¿Y cómo vive el fútbol y la Real el Luis Uranga aficionado?

–En el momento justo después de dejar de ser presidente se produce como un momento de descompresión y ves las cosas desde un punto de vista más frío, más distante, menos involucrado. Pero luego te vas integrando, la pasión te puede, y no sé si es la edad, pero conforme pasan los años lo ves con más pasión, sufres más.

"A Demetradze le fichó el mismo grupo que a Karpin, Kovacevic o Gómez; lo formábamos Etxarri, Irusta, el técnico que estuviera y yo"

"Me siento orgulloso de haber sido presidente, de lo que hice, y con la conciencia de haber decidido siempre

lo mejor para la Real"

"El 3-4 del Bernabeu fue una gozada que respondió a lo que la Real está haciendo comandada por un Imanol con el que se ha dado en el clavo"

"O tragábamos con las pistas o no se hacía Anoeta; aun con ellas fue una decisión acertada porque dio otra dimensión al club"