Tribuna abierta

Un pesebre, 'Fratelli Tutti' y DDHH

24.12.2020 | 01:05
Un pesebre, 'Fratelli Tutti' y DDHH

Para el Papa Francisco, como para aquél Jesús, el ser humano no tiene fronteras y por ello, frente a supuestos límites, podemos y debemos acoger, proteger, promover e integrar a personas diferentes que llegan de otros lares, porque abrir lo local a lo universal nos enriquece

Hace unos 2.000 años, en un pesebre de una cuadra vieja y pobre de Belén de Judea, nació un niño natural de Nazaret, hijo de una mujer llamada María y de un carpintero llamado José. Dicen que para paliar el frío reinante e intentar calentar a la criatura, sus padres echaron mano del aliento cercano de un burro y de un buey allí presentes. Este niño, al que le pusieron de nombre Jesús, dio mucho que hablar. Empezó de adolescente "perdiéndose" en el templo, pero no, no se perdió, fue a lo suyo. Cuando creció, escandalizó al status quo de los judíos colaboracionistas en el poder con permiso de los romanos imperialistas y ocupantes. Escandalizó y provocó pues manifestó la necesidad de la fraternidad, de la igualdad entre personas y géneros, de la solidaridad, criticó con extrema dureza a los ricos avaros ("es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos"), se acercó a los más pobres y vulnerables, curó enfermos, dio de comer a hambrientos, no tuvo ningún pudor en acercarse a mujeres consideradas prostitutas, nunca soportó la hipocresía rampante –"sepulcros blanqueados"– y golpeó enfurecido, látigo en mano, a mercaderes que hacían negocio en el templo, predicó un mundo mejor y más justo, las personas, hombres y mujeres, eran el centro vital de su discurso de emancipación social radical. Entendía los derechos humanos como clave de bóveda de la futura convivencia. Demasiado riesgo, amenaza clara para el establisment reinante. Fue detenido, humillado y vilipendiado, torturado, crucificado y asesinado en la cruz delante de su madre. El "Padre, ¿por qué me has abandonado?" es reflejo de la extrema desesperación y agobio de un hombre bueno que pretendía cambiar la propia Historia, el grito desgarrador de un revolucionario pacífico que predicó con la palabra y su ejemplo.

1.900 años más tarde, el 10 de diciembre de 1948 y tras una Segunda Guerra Mundial pavorosa que dejó millones de muertes, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un documento titulado Declaración Universal de los Derechos Humanos, un compendio y conjunto de normas y principios, garantía de la persona frente a los poderes. Es el documento más traducido del mundo y quizá también el más vulnerado, falseado y violado, como lo fue también la concreción del discurso de aquel Jesús. La Historia es una triste y larga relación de injusticias y violencias. Entre otros escándalos, hoy, todavía, casi 7.000 niños mueren de hambre al día, cientos de miles de emigrantes se encuentran en situaciones lamentables en manos de mafias, miles de muertos yacen en el fondo del Mediterráneo, al tiempo que las guerras ocultas, los campos de refugiados inhumanos, interpelan nuestras adormecidas conciencias, las inadmisibles y rechazables actitudes egoístas ante las sonrojantes vergüenzas colectivas que nos asolan con el gigantesco drama humanitario de los refugiados que deambulan en calles y montes del viejo continente.

Pero la Historia es también una larga relación de lucha y amor, solidaridad, superación y dignidad entre las personas, de esperanza ilusionada para con los derechos humanos, de una actitud proactiva enfrentada a la desesperanza pasiva y a la dejación, porque en la vida se puede perder la fe, todo, incluso la esperanza de encontrar un futuro mejor y más justo, pero nunca perder la necesidad y la ilusión de la propia esperanza, porque para los DDHH siempre será época de siembra ilusionada de trabajo, proyectos compartidos y de utopía realista.

Derechos humanos, libertad, justicia, fraternidad, humanidad, igualdad, salud y trabajo, siempre y para todos, de estas cuestiones precisamente nos interpela desde el reciente 3 de octubre pasado la tercera Encíclica del Papa Francisco, Fratelli Tutti, en la que reflexiona sobre lo que significa la fraternidad y la solidaridad entre las personas en la crisis inédita que vivimos. Bergoglio nos invita a soñar juntos y hacer frente a lo oscuro de los conflictos, de los sufrimientos y del letal conformismo; cuestiona las sombras de un mundo cerrado cada vez más dividido y en soledad, de una sociedad en la que se descarta y arrincona a los que ya no (nos) son útiles, a los que ya no (nos) sirven; aborrece un paisaje en el que muchos pierden derechos y sufren nuevas formas de esclavitud en la medida en que se les destruye como seres humanos, un mundo de bienestar hipócrita, "sepulcros blanqueados", donde el herido social es abandonado en el camino colectivo y donde urge gestar un nuevo horizonte, llegar a las periferias y perseverar en la dignidad de la persona. Como predicaba el Judío.

Para el Papa Francisco, como para aquél Jesús, el ser humano no tiene fronteras y por ello, frente a supuestos límites, podemos y debemos acoger, proteger, promover e integrar a personas diferentes que llegan de otros lares, porque abrir lo local a lo universal nos enriquece. Bergoglio aboga por una mejor política, una política como suma de voluntades individuales que supongan avances hacia la justicia colectiva, una política que lleve la dignidad de la persona al centro, que tenga la solidaridad como eje, afronte los problemas de hoy, renueve las estructuras y organizaciones sociales y que se proyecte a todos globalizando los derechos sociales y los derechos humanos. Una política en la que el diálogo social sea la base y la amistad social prime junto al diálogo respetuoso siempre para con el punto de vista del otro. Bergoglio, en su concepción actual de los derechos humanos, insta a buscar la amistad social y el encuentro con los más desfavorecidos y así curar las heridas del desencuentro, aboga por un diálogo constructivo donde el conflicto busca un punto de mínimos acuerdos. Fratelli Tutti habla de espíritu entre hermanos, reencuentro, diálogo, justicia, solidaridad, fraternidad y de paz, como lo hizo aquel niño pobre y vulnerable nacido en una cuadra.

"La actuación de la Unión Europea con los refugiados es vergonzosa, atenta contra los más elementales derechos Humanos", se lamentó en su día Francesca Friz-Prguda, responsable de Acnur en España; "Estupor y dolor" le llegó a manifestar el lehendakari Urkullu en una carta al presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Junker. Comparto ambas opiniones. Mi concepción de Europa es la de Adenauer, Monnet, Shuman, Gasperi, José Antonio Aguirre, Landaburu y Manuel de Irujo, entre otros. Mi Europa tiene alma, es humana, integradora y solidaria con personas y culturas, es la Europa de la Libertad y de los Derechos Humanos. Hago mías, pues, lo he hecho también más de una vez, las reflexiones de Iker Merodio, quien manifestó en su día: "Idomeni, (o Moria, isla de Lesbos añado), es el nombre de la vergüenza en Europa cuando tengamos que recordar uno de los pasajes más sonrojantes. La complejidad del asunto de los refugiados no puede ser la excusa para maltratar a miles de personas que esperan la apertura de fronteras para seguir huyendo del horror".

Ojalá el Fratelli Tutti del Papa Francisco, continuador de aquel que hace 2.000 años, escandalizó en su día al poder instalado, consiga alguno de sus objetivos. Trabajemos por ello. Que estas complicadas fiestas nos recuerden aquel pesebre, precursor adelantado y luz de los derechos humanos como objetivo y esperanza de la Humanidad. Sea pues.

Profesor