Colaboración

Democracia racista

16.09.2020 | 00:01

Si un sistema político no cuida activamente de toda la ciudadanía, se aleja y abandona el fin democrático, llegando incluso a pervertirlo

Democracia racista es una contradicción en sus términos. Realmente, una sociedad en la que ser de raza negra es sinónimo de ser culpable, ¿puede ser democrática?, ¿qué es la democracia? Nótese que no se trata solamente del amplio rechazo a los negros y negras por parte de racistas blancos sino que, además, son fuerzas policiales que se supone deben defender los derechos de todas las etnias y razas que forman la ciudadanía norteamericana, las que persiguen, acosan y a veces matan a jóvenes negros. En las calles de muchos lugares de Estados Unidos el culpable es el negro y el racismo es también institucional.

Si la democracia fuera únicamente depositar el voto en una urna podría pensarse que democracia y racismo son compatibles. Pero la democracia es mucho más. Es instrumental porque permite abordar las disputas y diferencias de manera pacífica, pero es también de contenido: es libertad e igualdad ante la ley. En el mundo hay bastantes dictaduras en países donde se permite votar, y no es eso lo que queremos.

La democracia legitima gobiernos y exige eficacia, pero también interpela la necesidad de regular la convivencia, salvando la dignidad de todos y todas. Si un sistema político no cuida activamente de toda la ciudadanía, se aleja y abandona el fin democrático, llegando incluso a pervertirlo.

Lo que está pasando en Estados Unidos es brutal, salvaje. Instituciones del Estado violan sistemáticamente los derechos humanos y el gobierno de la Casa Blanca y algunos estatales lo encubren. A la cabeza de todos ellos, Donald Trump, que sigue predicando ley y orden mientras exime de responsabilidades a los cuerpos policiales que en EEUU están infiltrados por el Ku Klux Klan y otros grupos de extrema derecha. Afortunadamente, una gran cantidad de mujeres y hombres buenos, han dicho basta y se han plantado. Jugadores de la NBA y jugadoras de la WNBA encabezan una larga lista de deportistas de todas las disciplinas que denuncian los crímenes policiales y exigen el fin del racismo. Al menos, podemos decir que en EEUU hay conciencia en una parte de la ciudadanía de que el problema es sistémico y requiere de cambios radicales en comportamientos, leyes y educación. Ojalá la jornada del 3 de noviembre saque de la presidencia a un psicópata que guarda el maletín nuclear. El astro de la NBA, LeBron James, es el primero de una larga lista que pide públicamente la derrota de Trump.

El penúltimo asesinado ha sido Jacob Blake, un afroamericano al que unos policías dispararon siete tiros por la espalda, cuando entraba en su coche en cuyo interior estaban sus tres hijos. ¿Cómo calificar este crimen? Me hago una reflexión: instituciones y fuerzas policiales de otros países deberían condenar estos hechos criminales que desacreditan a los cuerpos policiales en general. El asesino ha sido identificado como Rusten Sheskey, un agente con siete años en la policía de Kenosha, ¿Será juzgado y condenado? ¿O la versión oficial dirá que la víctima llevaba armas en el coche y se inventará un curriculum filoterrorista?

Lo cierto es que la democracia no debe banalizarse. Al contrario, debe de reunir un conjunto de atributos entre los cuales están el cuidado de la vida de todas y todos, y la igualdad en derechos. Hoy no se cumplen estas cualidades en un país donde la mayor minoría racial (13%) está aterrorizada.

Tal vez la concepción de la democracia sea una vitrina en la que se muestra la diferencia entre conservadores y progresistas. Para estos últimos se trata solamente de un método para elegir gobernantes. Para los progresistas debe ser funcional a la libertad y la igualdad, y fomentar la participación de la sociedad en la toma de decisiones. En cuanto a la igualdad, es imprescindible para toda democracia, aun cuando la igualdad jurídica no sea suficiente para garantizarla. A partir de estas premisas no veo cómo una sociedad empapada de racismo puede ser de verdad democrática.

Lo que sí creo es que en Estados Unidos hay mucha población, valiosa, solidaria, defensora de la libertad y de la igualdad. El problema es que el sistema político norteamericano, bipartidista por encima de todo, se encuentra atrapado por mafias que participan e influyen decisivamente en la economía y naturalmente en la política. Los grupos de poder son tan impunes que aún no han sido públicamente descubiertos a los que ordenaron el asesinato de J.F. Kennedy ni la trama de connivencia que facilitó la tragedia del 11-S. El sistema norteamericano es una farsa en términos democráticos y su racismo una enfermedad difícilmente curable.

Sabemos que no hay democracia perfecta. Pero es que en Estados Unidos la democracia está al servicio de los negocios privados. Las donaciones privadas a las campañas políticas son la fuente de una dependencia de senadores y congresistas mientras duren sus cargos. La conspiración y la mentira son herramientas cotidianas de una democracia que no es tal, totalmente amenazada. Lo que impera es la democracia de los casinos, de la especulación. Otra cosa son los espectáculos electorales de republicanos y demócratas que repiten rituales de banderas y confetis y nos hacen creer que la política manda, cuando en realidad es la camarera de las elites que deciden la orientación de un país de 330 millones de habitantes.

Las películas en las que vemos la corrupción y la compra-venta de cargos públicos no son ficción.