Este domingo, en Aragón, la derecha se corona y el PSOE se estrella. Ayer, hoy y los próximos meses, el caos ferroviario destroza cada hora los nervios de decenas de miles de personas y pulveriza centenares de negocios. Pero las tertulias y el cuñadismo tienen reservado su minuto de oro a la voluntariosa afrenta de Pedro Sánchez a los magnates fascistas de las redes sociales por sus negocios espurios. Es así como el presidente juega al despiste. Porque sabe mejor que nadie cómo acaparar la atención. Voltear una realidad hiriente para sus intereses mediante el despiste de un oportunismo bien articulado en fondo y forma. Jamás Feijóo podrá igualarle. Mucho menos si es incapaz hasta de memorizar apenas el nombre en castellano de la empresa que está visitando.
No se desmorona Sánchez porque Pilar Alegría roce el ridículo en las urnas y arrastre al partido. Lo suyo va sencillamente de salvar el pellejo propio. Y es ahí donde frente a toda la adversidad que le erosiona sigue pensando que hay partido por disputar. Tampoco es el único que lo cree, más allá de los entregados palmeros de La Moncloa y Ferraz. Ocurre que el errático deambular del PP durante la dura agonía de la oposición y los gigantescos mordiscos electorales de Vox alientan las esperanzas de los gurús socialistas en el devenir de esta carrera de fondo, de la que nadie sabe dónde tiene la meta.
Mientras Sánchez se adornaba de un cuidado inglés en el intencionado escenario de Dubai para lanzar un alegato contra la despiada intromisión de las redes sociales en la juventud precoz y provocaba la airada reacción de quienes se enriquecen lavando el cerebro con soflamas ultraderechistas, Feijóo se empequeñecía con despistes inconcebibles en un aspirante a presidir un país europeo. Son muescas que dejan huella. Ahora bien, aunque el PP va a arrollar al PSOE en las urnas aragonesas como ya hizo en Extremadura y Puente sigue aturullado con los paros en Rodalies y la tenebrosa inseguridad de la alta velocidad, los medios internacionales solo tienen ojos para sorprenderse de que ningún mandatario mundial ha puesto tan nervioso como Sánchez a los magnates de Telegram, X o Facebook.
Siempre hay un conejo disponible en la chistera del camaleónico líder socialista. Las miles de viviendas prometidas con reiteración siguen siendo un señuelo y nadie las espera siquiera como un parche. Pero en su momento sirvieron para detener una sangría en el seno de la coalición. También estaba olvidada en un cajón la exigida regularización de inmigrantes y Sánchez no dudó en acudir en su rescate cuando vio cómo se desbordaba la indignación por la desgracia ferroviaria de Adamuz y de las vías catalanas. Ahora mismo rumia que su discurso contra la ultraderecha ha ido tan lejos que hasta su partido empieza a sentir escalofríos debajo de sus pies. Y es ahí donde se acuerda de los chavales que sucumben a la maldad de las redes para enarbolar una bandera absolutamente necesaria, sí, pero que seguía siendo tan nociva desde el primer día que llegó al gobierno y jamás procuró un gesto. Más aún, hasta planta cara a Elon Musk. Sabe que ese tipo de afrentas siempre dan resultado. Un minuto menos para hablar del desastre autonómico y del guirigay ferroviario.
Vuelve el espectáculo
Como aperitivo del regreso a los espectáculos grotescos de las sesiones plenarias del Congreso a la vuelta de las largas vacaciones, la comisión de control de la dana ha cumplido amargamente. Las desgarradoras requisitorias exhibidas por algunos diputados escenifican un golpe bajo al espíritu parlamentario y a la propia búsqueda de la verdad, que se escapa difusa. Convocadas siempre en paralelo a un proceso judicial, resultan instrumentos inválidos para determinar mínimas certezas porque vienen precedidas de apriorismo. Son minutos de telediario y de memes para contentar conciencias y avivar indignaciones. Se trata de un desaprensivo juego del despiste de los grandes partidos para exprimir sus respectivas mayorías en las dos Cámaras en detrimento de su adversario.
Caldeados los ánimos por estos crueles interrogatorios que solo aportan hilaridad, tampoco la tensión perderá su intensidad en los próximos días. La complicada comparecencia del próximo miércoles del presidente Sánchez para sortear las responsabilidades en los siniestros de las vías llegará precedida de los resultados aragoneses. Tristemente, no será el escenario más apaciguado, desde luego, para entresacar conclusiones aleccionadoras desde la serenidad en un tema de tan honda trascendencia territorial, social y económica que no admite jugar al despiste.