Con la venia

El síndrome de la vía muerta

17.12.2019 | 17:06

La izquierda abertzale está acostumbrada, demasiado acostumbrada, a ser excluida, a la aspereza del apartheid y al confinamiento institucional. Ha sido su situación habitual durante muchos años, y en ella se ha bandeado con habilidad y hasta con éxito logrando una notable incidencia en la política vasca. Pero una cosa es padecer, injustamente, el rigor de la discriminación política, y otra encontrarse en soledad y sin poder contar con cómplices en momentos políticos trascendentales. No es lo mismo saberse rechazado por motivos ideológicos o estratégicos, que comprobar cómo quedan en vía muerta y sin perspectivas de solución planteamientos políticos fruto del esfuerzo colectivo de una militancia activa y entregada.

Cuando vienen mal dadas, los partidos políticos tienden siempre a no reconocer errores ni fracasos, a recurrir a culpas ajenas y a acusar a los demás de situaciones no deseadas. EH Bildu, a pesar de mantener un sólido apoyo electoral que le confirma como segunda fuerza en la CAV, se va encontrando cada vez más aislada en un momento político de muy alto voltaje en el que se van a tomar decisiones trascendentales. Haciendo un somero repaso de los acontecimientos que ocupan la actualidad política, se puede comprobar que EH Bildu no participa en ninguno de los acuerdos relevantes a los que están llegando y en los que están formando mayorías el resto de partidos vascos progresistas. No se ha sumado al acuerdo para el nuevo Estatuto suscrito por PNV, PSE y Elkarrekin Podemos. No ha participado en la previsible aprobación de los Presupuestos para 2020 pactada por los partidos del Gobierno Vasco y Podemos. En los acuerdos para la investidura de Pedro Sánchez, la coalición abertzale ha quedado absolutamente subordinada a la decisión que vaya a tomar Esquerra Republicana.

En estas situaciones, la soledad de EH Bildu ha sido consecuencia de posiciones discrepantes o, lo que es peor, porque el resto ha decidido deliberadamente no contar con ellos. Añádase a este aislamiento con consecuencias institucionales, la distancia que el resto de partidos mantiene con EH Bildu en eventos como la conferencia de López de Abetxuko en la UPV el Día de los Derechos Humanos, en los recibimientos a presos o en cualquier expresión de agravio a adversarios políticos.

La constatación de esta soledad se ha agudizado aún más desde el momento en que Elkarrekin Podemos, con el que EH Bildu ha venido formando bloque opositor, ha decidido colaborar con su apoyo para que en las Cuentas vascas se atiendan cuestiones básicas en su programa político. Evidentemente, ese apoyo a los Presupuestos no llega, ni de lejos, a los niveles en que según esa formación debieran ser atendidas las reivindicaciones mejoradas, pero es una decisión de realismo político que sitúa a Podemos en el escenario normal de pactos necesario en una sociedad plural. Ha asumido el ejercicio de la política, que no es otro que ceder para acordar. La decisión de apoyar los Presupuestos del Gobierno PNV-PSE ha supuesto un nuevo desencanto que deja en el aire el frente antagonista que venía denunciando la deriva antisocial y ultraliberal del Ejecutivo vasco, dejando en vía muerta la posibilidad -siquiera remota- del cambio de rumbo propuesto desde siempre por EH Bildu.

Algo está ocurriendo, algo está cambiando, para que una fuerza política tan arraigada se esté quedando sola y sin perspectivas de sumar socios. Peor aún, tal como van las cosas, EH Bildu se va a ver relegada a compartir oposición con el PP, aislados o autoexcluidos. Mal consuelo es la afirmación de Iker Casanova, considerando que ahora la situación de la coalición es más cómoda porque la oposición queda "en exclusiva" en manos de EH Bildu, y también el papel "de la defensa de la soberanía y el derecho a decidir". Mal consuelo, reconocido con lucidez por el mismo portavoz cuando admite que "este país no va a alcanzar la soberanía solo con EH Bildu, ni va a conseguir los cambios sociales que necesita solo con EH Bildu".

Melancólica enunciación, cuando constata que todo el vigor ideológico y movilizador acaba inexorablemente en vía muerta.