Una única salud

Talibanes, covid y botellón

04.09.2021 | 23:47
Talibanes, covid y botellón

no han sabido imponer nuestros valores occidentales a una población que, ni los había solicitado ni les preocupaban. Ni han aportado estabilidad a las instituciones locales ni seguridad a los lugareños. Otro país más roto en los últimos 50 años. Toca insistir en la maldad de los talibanes para tapar los 200.000 muertos, según la ONU, durante la ocupación militar.

La situación de las afganas es tan lamentable como las del resto de musulmanas. Unas van cubiertas con telas de saldo y las otras, de marca. En Afganistán son pobres y no pueden blanquear su imagen ante la opinión pública occidental, mientras que sus hermanos en la sharia de los Emiratos Árabes Unidos y alrededores pueden patrocinar campeonatos deportivos, equipos ciclistas, de fútbol o traineras, llegado el caso, acoger a presuntos defraudadores campechanos de la Hacienda pública o descuartizar periodistas. Pero que no nos engañen, son caimanes del mismo pozo.

Los colaboracionistas suelen acabar mal. Desde los autores del asesinato de Viriato, pastor lusitano, (139 a. C.) nunca llegué a enterarme si eran sus apellidos o su profesión y naturaleza. Las imágenes del aeropuerto de Kabul, de infinita tristeza, traen a la memoria las depuraciones de los colaboradores de los nazis que describe Keith Lowe en Continente salvaje, Europa después de la Segunda Guerra Mundial (Galaxia Gutenberg), que convierte en una fruslería las 20.000 francesas rapadas. Fue horrible e in crescendo según ascendemos en el mapa hacia el norte y este. Más de 100.000 asesinatos hasta 1947.

El pasado 21 de agosto cenamos en el Zazpi. Bien. Cocina imaginativa y rica. Raciones cortas. Buen servicio. Precio normal donostiarra. Espectáculo incluido. Me refiero al que nos proporcionaron guardias municipales y cientos de chavales menores de edad, la mayoría, en grupos, con sus bolsas blancas con los avíos del botellón, que copaban Donostia desde la Avenida hasta el Paseo Nuevo y la playa, en marea baja.

En la esquina de San Vicente, cinco crías disfrazadas de lumis, fumando y provistas de su bolsa, lucían su blusa a lo legionario. Me recordaban la época en la que, al rebufo de las protestas de septiembre de 1968 de Atlantic City, que luego resultaron ser un bluf, como signo de rebeldía y moda se lo quitaban en un portal al salir de casa y se lo volvían a poner al regresar, a la noche. Lo del empoderamiento y la sororidad vendría años más tarde.

Acosadas por los guardias, unas hacia el Muelle y otras hacia la plaza Zuloaga, las recuas recalaban por oleadas junto al Museo de San Telmo, donde otras patrullas les empujaban hacia el Boulevard, impidiendo el acceso a Urgull. Una exigua minoría, como se aprecia en los vídeos, protagonizó los altercados con la Ertzaintza, complemento imprescindible para que la fiesta acabe como es debido, o sea, contenedores quemados o volcados, lanzamiento de objetos, insultos varios y descargas de adrenalina juvenil. Quizás fuera de programa, sólo quizás, unos energúmenos rompieron escaparates e hicieron pillaje.

Se sucedieron las condenas de los políticos enfadados, mientras alababan la coordinación policial. Patética la negativa al rechazo a la condena. Parece que la culpa es del sistema neoliberal que criminaliza a la juventud y del modelo policial. Nos siguen considerando tontitos del haba.

De la prohibición de vender alcohol a menores y de la responsabilidad de los padres de la chiquillería nadie habla. Ahora exigirán que en el centro escolar se adopten los protocolos de higiene, toma de temperaturas, distancias entre alumnos y lavado de manos para garantizar la seguridad de sus niñatos egoístas que pululan en los botellones. Incluso los más enteraos cuestionarán la vacunación.

Se trata de una guerra perdida, consecuencia de la incapacidad de Sánchez para aprobar una ley general contra pandemias contemplando el toque de queda, que debería originar un cambio del enfoque político hacia los botellones y la estrategia para combatirlos en los tres frentes: el del orden público, el sanitario y el más buenista y bienintencionado, el de la prevención del consumo de alcohol entre los menores.

Hablar de proporcionalidad en el uso de la fuerza esconde tibieza jesuítica, temor a las fotos y a un nuevo caso Cabacas. Los policías no son niñeras ni complementos festivos. Todos conocemos las reglas de juego. La tolerancia no resulta efectiva con algunos descerebrados. Sin entrar en la dinámica de ningún sindicato maderero, el restablecimiento del orden suele originar escenas que hieren ciertas sensibilidades. Instrucciones claras, recursos suficientes, apoyo político manifiesto y resultados.

La agresión, resistencia grave con violencia o intimidación grave o acometimiento, con propósito de ofensa contra los agentes de la autoridad, es un delito, según el Código Penal, castigable con pena de uno a cuatro años de prisión y multa. Se presentó a los detenidos en el juzgado de guardia. No tenemos noticia del ingreso en prisión de los presuntos delincuentes, ni de las sanciones impuestas. Igual la administración de justicia también tiene algo que decir.

La OMS está organizando, junto con la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) y la FAO, en el enfoque de Una Sola Salud/One Health, un Grupo Asesor Científico para los Orígenes de los Nuevos Patógenos (SAGO, por sus siglas en inglés). Se trataría de un marco técnico y científico multidisciplinar que asesore sobre las zoonosis que originarán la próxima pandemia. Han inventado el LABI. Euskadi, como siempre, a la vanguardia. Si nos descuidamos, lo fichan al completo, coordinador incluido. Los facultativos sanitarios veterinarios los encontrarán en otra parte.

Ensalada de tomate de proximidad ilustrada. Rabo de toro deshuesado con su salsa, foie de Goiburu y crema de trufa. Helado de Iztueta. Tinto Torre de Oña del Club de Cosecheros, reserva 2016, obsequio de un amigo enólogo, azote de quimiofobos. Un escocés The Glenrothes de diez años.

Los policías no son niñeras ni complementos festivos. Todos conocemos las reglas de juego

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