Cuatro vehículos eléctricos de gama alta y sin rotulación que los identifique del resto han compuesto la flota con la que la plataforma Uber ha irrumpido esta semana en la aldea gala en la que se había convertido Gipuzkoa frente a las plataformas de gestión del servicio de vehículos de transporte con conductor, más conocido con el acrónimo VTC. Lo ha hecho con licencia de Bizkaia en busca del pastel donostiarra, desde donde el año pasado se habrían registrado 300.000 entradas en el sistema buscando un servicio que no existía hasta ahora. Si damos por buena esta cifra de parte, se trata de un pastel demasiado goloso para que siga congelado en la nevera de la administración foral, la que autoriza las licencias interurbanas, y de la municipal, a la que corresponden las urbanas, servicio en manos del taxi de toda la vida. Así que lo han hecho por la brava, confiando en un resquicio legal que la administración trata de interpretar sorprendida por esta entrada de la que no tenía noticia. Como ocurre con todas las plataformas digitales, sean Google, AirBnb o ahora Uber, aterrizan con esa halo de modernidad, frescura e innovación en la que podemos envolvernos con un simple click. Es el nuevo mundo en el que ganan todos; ese es el mensaje. Hasta los taxistas pueden navegar en sus aguas porque hay pesca para todos. Pero las aguas ya no son públicas y las reglas que rigen esa pesca, tampoco.