Estaremos de acuerdo con que la calidad de la ropa que llevamos en el día a día deja mucho que desear. Ni doble pespunte ni falta que hace. Si tiras un poco fuerte de la etiqueta, igual te quedas sin hebilla ni bolsillo. El caso es que la ropa de las grandes marcas que copan el mercado se hace en una condiciones muy concretas que todos conocemos, pero obviamos, y por eso pagamos lo que pagamos. Así que no podemos pedir peras al olmo.

Lo que sí me sorprende es que una medalla de oro olímpica, esas que solo reciben los elegidos tras llegar a lo más alto entrenando durante años, sean tan frágiles como para no aguantar un salto de emoción. Da risa escuchar con qué ironía lo cuenta la campeona de descenso, la norteamericana Breezy Johnson. “Se rompió un poquito”. Pero no ha sido la única. Varios deportistas han hablado de desperfectos, no solo en las cintas, que al parecer desde la organización advierten que tienen un mecanismo de liberación para evitar la asfixia, sino también en las propias medallas.

No sé si estamos ante algo coyuntural, o esto terminará como ocurrió con los Juegos de París 2024, cuando al menos más de 200 deportistas reclamaron la sustitución de sus medallas debido al desgaste. Una pena que no se cuiden esos detalles para deportistas que, sin duda, se lo han ganado. ¿Se imaginan la Copa llena de roña en un solo año?