Hay lugares a los que se llega por azar y otros a los que se acude con plena intención. A Larraul, un pequeño municipio de 250 habitantes donde la carretera se detiene y el paisaje se ensancha en silencio, se va a propósito. Allí, entre montes y aroma de brasa, se encuentra Zirta Jatetxea, el proyecto que Iker Uranga y Lorena Arteaga han convertido en algo más que un negocio. “Esta es mi casa y damos comidas”, resume él, sin afectación.
El matrimonio vive en el propio Ostatu, un local municipal cuya gestión asumieron hace siete años mediante concesión del Ayuntamiento, tras una decisión que marcó un antes y un después. “Fue la más acertada de nuestra vida”, afirma el experimentado chef.
Con más de tres décadas en la hostelería, Iker ha forjado su trayectoria en cocinas de alta exigencia y restaurantes de gran afluencia. Hasta que sintió la necesidad de bajar el ritmo. “Queríamos dejar atrás la vorágine de Donostia; buscábamos algo más pequeño, manejable, donde disfrutar de un día a día con compás propio. Y lo hemos encontrado”, explica.
Trato cercano
En Larraul, la vida social late alrededor de su Ostatu. “El trato es muy cercano y ese calorcito se nota”, comenta mientras en los fogones se suceden auténticas delicias. El vínculo con quienes cruzan la puerta va más allá del servicio: “Muchos acaban siendo como de la familia; con algunos incluso hemos compartido vacaciones”, destaca el cocinero donostiarra, para quien, el reconocimiento no se mide solo en estrellas ni medallas, sino en un gesto sencillo: “Lo más gratificante es ver a la gente salir feliz”.
Los honores, no obstante, han llegado, entre ellos un Solete Repsol y varios premios en concursos gastronómicos.
Brasa, fuego y humo
La propuesta de Zirta se articula en torno a un eje claro -brasa, fuego y humo- con la cocina típica vasca como punto de inspiración. “Partimos de la tradición del país y la adaptamos a los paladares de hoy”, señala Iker, que revisita los clásicos desde el respeto a la materia prima y a las raíces, aportando una mirada contemporánea. Es una cocina que encaja con quienes buscan autenticidad y carácter: ingredientes de cercanía, siempre atractivos, tratados con mimo y llevados a su mejor expresión. En Zirta se juega con lo moderno sin perder el hilo conductor del sabor de antaño. Hay técnica, hay platos de autor, pero siempre manejando la memoria gustativa, ese fondo reconocible que conecta con lo que hemos disfrutado toda la vida.
La oferta incluye un menú degustación y la carta durante la semana, que se completan con el menú del día de martes a viernes. En el bar, raciones y pintxos comparten protagonismo con las tortillas, donde cada vuelta evidencia experiencia y cuidado en el detalle.
Comedor para las y los escolares
Iker trabaja en la cocina; Lorena y un ayudante sostienen en sala la calidez que define la casa. Además, hay un gesto que habla por sí solo del vínculo de Zirta con el pueblo: en días lectivos preparan la comida para la docena de niños y niñas de la escuela de Larraul.
Su clientela habitual es guipuzcoana, pero en verano se suman visitantes de Madrid, Catalunya o Francia. “Hemos tenido suerte: en redes han hablado bien de nosotros”, reconoce. Sin embargo, no se confía: “Hay que moverse, más aún estando donde estamos”.
En Larraulgo Ostatua las brasas no se apagan. En ese calor -el del fuego y el del trato- se escribe la historia de Iker y Lorena: la de quienes cambiaron la velocidad por la pausa, la multitud por la atención personal y el ruido por la constancia de una llama siempre prendida.