Kanpolibrean

Abismo

16.05.2020 | 23:35
Abismo

en este momento es más necesario que nunca que los productores asuman el carácter esencial de su actividad para labrar una estrategia

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Este pasado viernes, 15 de mayo, celebramos la festividad de San Isidro Labrador, patrón de los baserritarras. Este año no ha habido ni comidas populares ni misas al respecto y, personalmente, le tengo que reconocer, ahora que no nos oye nadie, que con las estrictas normas de seguridad a consecuencia del COVID-19, se ha impedido trasladar unas imágenes, ciertamente caducas, de la realidad actual del agro. Creo que, en adelante, convendría darle unas vueltas al tema para actualizar y modernizarla en su concepción.

En este momento, no obstante, es más necesario que nunca que los productores asuman como propio el carácter esencial de su actividad y/o función en la sociedad actual, porque de nada vale reclamar al conjunto de la sociedad un reconocimiento social, si ellos mismos, los baserritarras, no se lo creen y si en su fuero interno asumen que su oficio es el último en importancia.

Ya lo dice mi jefe, baserritarra profesional por los cuatro costados: ¿de qué vale hablar tanto de relevo generacional en el campo si luego cada uno de nosotros, en nuestras casas, empujamos a nuestr@s hij@s a trabajar en cualquier cosa que no sea el campo?

Los baserritarras, agricultores, ganaderos y forestalistas podrán abordar la difícil tarea de convencer a la sociedad moderna de la importancia de la alimentación y muy especialmente, del noble oficio de producir alimentos, una vez lo hayan interiorizado en sus propias carnes y así, posteriormente, podrán labrar una estrategia, bien orientada pero duradera en el tiempo y con medios, para ganar la complicidad del consumidor final que debiera acabar asumiendo con total naturalidad el lema #soisesenciales que proclama una campaña de sensibilización impulsada por la organización agraria ENBA, que ha logrado la implicación de no pocos personajes de referencia de la sociedad vasca.

El autoconvencimiento, primero, y la complicidad de la sociedad en general conllevará una mejora de la imagen del sector primario, bien como sector económico atractivo para los jóvenes y para todo aquel que quiera o necesite trabajar, bien como sector social equiparable en derechos y también en obligaciones al resto de la sociedad.

Por cierto, cuando hablo de derechos, me refiero tanto a los derechos sociales y económicos que asisten a todas las personas como profesionales de un sector económico esencial, pero también a los derechos que asisten a los pueblos y territorios en los que viven y que componen el puzle de los territorios olvidados.

Los derechos que asisten a los profesionales de la tierra son los que reclamaron sacando los tractores a las carreteras hace pocos meses y que parecen ya olvidados, o al menos, desplazados a un segundo plano mientras, bajo el manto de las trágicas estadísticas sanitarias con las que nos inundan los medios de comunicación, avanzan sigilosamente las artimañas comerciales y las trágicas rebajas en los precios de los productos bajo injustificables excusas con las que, una vez más, se ahonda en la falta de rentabilidad.

También asisten derechos a los pueblos y territorios que conforman el mundo rural y así, además de una nueva política de ordenación territorial que equilibre los asentamientos tanto poblacionales como económicos a lo largo y ancho del territorio, en estos momentos de confinamiento y televida, donde vivimos enganchados a la pantalla tanto por trabajo como por vida social, ocio y otro tipo de cuestiones mundanas, es patente la necesidad de dotar a todo el territorio rural de una infraestructura digital que, en parte, subsane las enormes diferencias en prestaciones para con el mundo urbano.

Eso sí, no mejoraremos nada mientras una parte de la sociedad va en la realidad 5G y la otra, la rural, todavía anda en la 1G, por lo que urge una ambiciosa política de discriminación positiva hacia lo rural para que consigamos reducir, al menos en parte, el insalvable abismo existente entre ambas caras de la misma sociedad.

Ahora bien, hablando de derechos y consciente de que los derechos mínimos exigibles como persona humana y como trabajadores asisten a todas las personas, no sé a qué vienen las declaraciones y los mandatos de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que, con un ensañamiento desmedido, ordena a Inspección de Trabajo hacer, valga la redundancia, inspecciones masivas en las explotaciones agrarias bajo la idea de que la explotación laboral, el maltrato e incluso, la esclavitud es algo frecuente y ordinario en nuestro sector primario.

Creo que, salvo excepciones que existen en todos los sectores económicos y sociales, el sector primario cumple con la legislación vigente en materia laboral. Otra cosa es que las mullidas alfombras palaciegas le hayan hecho perder pulso y contacto con la realidad y se crea que la realidad del campo es tan placentera como la que se avista en y desde los pasillos ministeriales.

Señora ministra, tiene usted razón en exigir el cumplimiento de la legislación laboral para todos los trabajadores del campo –por cierto, no se olvide de los derechos de los propios titulares–, pero, como decía, de exigir cumplir la legalidad a tratar a todos los agricultores como delincuentes, va un abismo, tan grande e injusto como el que existe entre el mundo rural y el urbano.

De exigir cumplir la legalidad a tratar a todos los agricultores como delincuentes va un abismo grande e injusto