Donostia vive de cara, o quizá de espaldas, al mar. En esa aparente contradicción se sostiene ‘De espaldas al mar. Hiria eta Itsasoa’, la última exposición de Cruz Larrañeta que ya se puede visitar en la Sala T del Aquarium de Donostia hasta el 22 de febrero. La donostiarra ofrece una propuesta fotográfica que reúne siete años de observación cotidiana de los paseos costeros de la ciudad y de las personas que los habitan, los contemplan y se proyectan en ellos.
La idea no surgió de un momento puntual, sino de un proceso prolongado que se convirtió en ritual para la artista. “Se puede decir que la exposición la empecé a crear hace siete años, por circunstancias personales”, explica Larrañeta. Desde entonces, todos los días, sin excepción, Larrañeta ha recorrido con su cámara las tres playas de su ciudad. En todas las estaciones, bajo cualquier luz y condiciones meteorológicas. “Todos los días, durante siete años, voy con la cámara de fotos, sea otoño, verano o invierno, llueva o haga sol”.
La exposición se construye desde los muros, barandillas y paseos que separan Donostia del mar. Desde ahí, la autora observa cómo las personas se comunican con el horizonte marino de maneras muy distintas. “La exposición está planteada desde los muros que nos separan del mar, y a partir de ahí, entramos las personas, comunicándonos con el mar, cada una de diferente manera”. Los retratos, la mayoría tomados de espaldas, las situaciones y los gestos conforman una narrativa silenciosa donde cada imagen sugiere más de lo que muestra.
Doble sentido
La autora no escogió el título por casualidad, y juega con el doble sentido. ‘De espaldas al mar’ da nombre a una exposición en la que, paradójicamente, todos los personajes miran hacia él. “Es un juego de palabras”, reconoce Larrañeta. En esa ambigüedad se refleja la relación profunda y cotidiana que la ciudad mantiene con su paisaje marítimo. Mirar el mar como acto reflejo, como pausa, como necesidad. “El mar en Donostia es algo muy simbólico”, subraya.
La muestra es solo una pequeña parte de un archivo inmenso. Miles de fotografías han quedado fuera, admite la autora, que habla de la dificultad de escoger las mejores tras tantos años de trabajo. Entre los temas que atraviesan la exposición están las nubes, el cielo cambiante, los contraluces y, sobre todo, la luz. “Vengo de la pintura y la luz es lo que me ha movido para hacer la selección”, señala. Esa preocupación se percibe tanto en las imágenes fijas como en el vídeo incluido en la muestra, un videoclip realizado para una canción del músico portugués Jorge Larrocha, donde la fotografía se traslada al movimiento sin perder su carácter contemplativo.
A pesar de ello, la autora cree que “en las fotografías también hay poesía y humor”. Aunque las personas aparecen de espaldas, “cada una dice una cosa”. Larrañeta ha evitado, en muchos casos, titular las imágenes para dejar espacio a la interpretación. “Hay algunas fotos que lo dicen todo sin tener que escribir nada”. El humor, a veces sutil y otras evidente, atraviesa escenas marcadas por el turismo, los nuevos usos del espacio y la diversidad cultural que hoy define las playas donostiarras. “El turismo da mucho humor a las fotos. Ahora se ven cosas nunca vistas (ríe)”.
“La exposición está planteada desde los muros que nos separan del mar, y a partir de ahí, entramos las personas, comunicándonos con el mar, cada una de diferente manera”
La relación con el mar
Durante sus innumerables paseos, la autora ha observado diferencias en la forma de relacionarse con el mar según el lugar y el momento. La barandilla de La Concha se asocia al gesto fotográfico, al selfie, mientras que la Zurriola y el Paseo Nuevo abren más espacio al paisaje y a la observación. Los domingos, en particular, revelan un ambiente humano que deja escenas como la de “una mujer dormida en la arena, rodeada de niños que esperan a que despierte, o los improvisados campamentos de sombrillas que transforman la playa”.
Con la exposición, Larrañeta afirma que quiere “transmitir la contemplación y la observación”. “A veces vamos por la vida como burros y no nos damos cuenta de la cantidad de cosas que están pasando a nuestro alrededor”. El mar aparece así como elemento terapéutico, un lugar donde detenerse y mirar. En una ciudad que nunca deja de mirar al mar, la exposición invita a hacerlo con más calma, con más atención y, quizás, desde un ángulo distinto. De espaldas.