La comunidad franciscana de Gipuzkoa se encuentra en este 2026 con una doble efeméride. Por un lado, se cumplen ocho siglos de la muerte de San Francisco de Asís. Y, por otro, la iglesia de San Francisco y Santa Magdalena de Atotxa-Egia, situada en duque de Mandas enfrente del Archivo Municipal, cumple 100 años. Con el objetivo de divulgar ambos hechos, la comunidad franciscana, en colaboración con Santos Bregaña, Aitor Ortiz, Emilio Varela y Javier Zunda, ha impreso una publicación con la particular forma de un abanico que pueden conseguirse en el mismo templo y también.
Dicho folleto, fruto de una investigación sobre el propio edificio de Atotxa, trae la memoria la figura del pintor bilbaino Juan Aranoa. Bregaña, en una conversación con este periódico, comenta que les interesaba rescatar esta figura “desconocida”, de la que se guarda obra, por ejemplo, en el Museo Bellas Artes. Aranoa perteneció a la Escuela Vasca de Pintura y tuvo que exiliarse cuando estalló la Guerra Civil, aunque antes se encargó de los frescos de la parroquia, que reproducen diversos momentos de la vida de San Francisco de Asís.
Trayectoria
Aranoa nació en la capital vizcaina en 1901 en el seno de una familia acomodada. Era el cuarto de diez hermanos y a los 18 años ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao y tuvo sus primeros escarceos con la pintura hacia 1920. Fue entonces cuando con su hermano, Esteban Isusi, viajó a París para continuar en la capital gala su formación artística. Durante el primer lustro de esa década vivió a caballo entre Bizkaia, París e Italia, aunque en 1924 tuvo que interrumpir su formación y practica a causa del servicio militar.
A partir de 1927 su carrera se disparó y comenzó a recibir encargos para pintar iglesias, tras haber aprendido la técnica de la pintura al fresco de mano de Aurelio Arteta, y, sobre todo, después de haberse encargado con gran éxito de las bóvedas y las paredes del presbiterio de la iglesia de los Trinitarios de Algorta. El historiador oiartzuarra Mikel Rodríguez, que dedicó un artículo al pintor bilbaino en la revista Historia 16, definió el estilo de Aranoa de esta época de la siguiente manera: “Tiene este período un estilo dramático, cercano al naturalismo, caracterizado por figuras sencillas y enérgicas, ropajes geometrizantes, manchas de abundante pasta, grandes planos de color y una simplificación volumétrica y colorista que recuerda las primeras fases del cubismo. Su paleta se distingue tanto por sus luminosos azules claros, rosas, amarillos y verdes como por los ocres y negros. Su dibujo es de trazo seguro, destacando como maestro en la composición”.
Frescos
Antes de marcharse a Argentina por culpa del golpe de Estado contra la II República, el artista culminó los frescos del presbiterio de la parroquia de Egia en 1931, aunque la parroquia se abrió unos años antes, en 1926 –la comunidad franciscana llevaba en la zona desde 1923–. Domingo Agirrebengoa fue el arquitecto encargado de construir la residencia y la iglesia de tres naves, que se levantó en los terrenos de la Villa Tairones, donde también se encontraba la ermita de Santa Magdalena. Es por ello, recuerda Bregaña en una conversación con este periódico, que decidieron bautizarla con los nombres de ambos santos.
Escenas de la vida Las pinturas de Aranoa representan varias de las escenas de la vida de San Francisco de Asís, presentando un relato lleno de simbolismo y cargado de “los valores franciscanos: la pobreza, la fraternidad, la misión y la paz”.
En lo alto de la semicúpula del ábside se presenta el santo, rodeado de ángeles y con los brazos abiertos acogiendo a los feligreses. Bajo esta comienzan los pasajes de su vida, como el momento en el que es desheredado por su padre ante el obispo de Asís y decide acogerse al voto de pobreza, la escena en la que se cruza con un humilde campesino al que acaba besando los pies, fragmentos de sus predicamentos, sus misiones en Egipto y alguna que otra escena alegórica. Por último, también se exhiben otros dos frescos. Uno en el que el santo envía a sus frailes a predicar en pareja y otro sobre su fallecimiento y tránsito al cielo. Para ello, Aranoa dividió la escena en dos partes. En el nivel terrenal el cuerpo se encuentra amortajado y es acompañado por los frailes, mientras que en el Cielo aparece su alma, también, con los brazos abiertos recibiendo la gracia de Dios.