A falta de un año para que Metrópolis, la obra maestra de Fritz Lang y máximo exponente del expresionismo alemán, cumpla un siglo, la cinta adquiere este 2026 más relevancia si cabe. No en vano, la novela original escrita en 1925 por Thea von Harbou, esposa y guionista de Lang –se encargó también de la adaptación del libro al libreto–, se ambienta precisamente en nuestros días, en un ambiente distópico, quizá menos de lo que pudiera parecer.
Edificios imposibles e interminables, ángulos rectos y puntos de fuga, naves que viajan entre construcciones de cemento en una jungla art déco inspirada por los viajes de Lang a Nueva York en la década de 1920, autopistas en altura, trenes... Todo ello tiene cabida en esta ciudad infinita. “La idea de describir una ciudad de dentro de unos cien años, con todos sus logros modernos, era, por supuesto, una idea muy tentadora e interesante, pues a todo el mundo le gusta echar un vistazo al futuro, y casi todo el mundo tiene alguna idea de los desarrollos técnicos de algún tipo, según su imaginación. Por lo tanto, el hábil guionista tenía que atender a dos cosas importantes, tan necesarias para la película como para la novela: la sensación y el amor”, se explicaba en el folleto que acompañó al estreno de la película en 1927.
En esta Metrópolis infinita, la sociedad se divide en dos clases: los ricos y los obreros. Los primeros viven a la luz del sol en los edificios que han construido los segundos, que residen bajo tierra en la ciudad de las máquinas que deben alimentar. Lang establece una división social metafórica por residencia que ha sido reinterpretada hasta la saciedad. El drama surcoreano Parásitos (2019) de Bong Joon-ho, por ejemplo, utiliza el mismo recurso para separar a la familia pobre de la familia rica: la posición de sus viviendas. Siguiendo con la metáfora inmobiliaria y con esta misma lógica, en High Rise (2015), Ben Wheatley presenta un rascacielos, en el que el elevador representa explícitamente aquello que metafóricamente se conoce como ascensor social.
La clase social también se ha segregado en el cine en un eje horizontal, en función de su lejanía o cercanía con el núcleo irradiador, es decir, haciendo que los más ricos vivan en el centro y, como ocurre en la capital guipuzcoana, que los que menos capacidad tienen acaban siendo expulsados a la periferia o incluso fuera de la ciudad. No es casualidad, por tanto, la influencia de Metrópolis en la saga de Los juegos del hambre (2012-2020).
Tal y como recuerda Eduardo Subirats en su artículo La ciudad del fin del mundo, la obra magna de Fritz Lang fue la primera fantasía tecnopesimista de la historia, motivo por el que fue duramente criticada.
Posteriormente, la crítica vino cuando el nacionalsocialismo adoptó varios de sus postulados, y eso que Lang fue un realizador judío que tuvo que huir de Alemania en 1933, si bien su esposa acabó afiliándose al Partido Nazi. Hay analistas que, como recuerda Subirats, ven en su final, tanto en el aspecto formal como en el narrativo e ideológico, un ensalzamiento del totalitarismo, algo que también resuena hoy en día.
Todo parte del contexto de la lucha de clases que presenta el filme. El joven Freder (Gustav Fröhlich), hijo del líder de Metrópolis (Alfred Abel) y, por lo tanto, parte de la élite, se enamora de María, una revolucionaria proletaria (Brigitte Helm). La suma de ambos mundos y el amor de Freder y María responden al ideal de la película, la única manera de evitar el trágico final de la torre de Babel que también evoca esta urbe y que se plasma desde un inicio con esa cartela: “El corazón debe ser el mediador entre la cabeza y las manos”.
No obstante, para evitar dicha relación y que la revolución llegue a derrocar los privilegios de las clases dominantes, el presidente de la ciudad-estado ordena la construcción de un robot que es capaz de cambiar de apariencia, adoptando la imagen de María para sustituirla y boicotear desde dentro los intentos de subvertir el sistema. En un símil traído al presente, hablaríamos de una suerte de élite tecnológica que desarrolla la inteligencia artificial para alterar con fake news la realidad observable, lo que demuestra que un siglo después sigue sin resolverse la problemática del desarrollismo tecnológico para el control de las masas.
Una producción monumental
Metrópolis fue una película monumental. Costó más de cinco millones de marcos de la época. Según el folleto oficial, se rodó durante 360 días y 60 noches y participaron más de 35.000 figurantes. Se filmó en los estudios de cine más antiguos del mundo, en los de Babelsberg, y el rodaje llevó a la UFA, la productora, prácticamente a la ruina.
Fritz Lang presentó un montaje de 240 minutos de duración, que fue recortado por la UFA a 153 minutos por miedo a que fuese rechazada por el público debido a su duración. Para el público estadounidense se hizo una versión aún más corta. Todos estos tijeretazos provocaron que el material original se perdiera durante casi un siglo. No fue hasta 2008 cuando en Argentina apareció, por casualidad, una copia prácticamente completa de la película en excelentes condiciones. Es la que está disponible en 2026