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Zumarraga no es tan feo como parece

De visita. Las apariencias engañan o no se puede juzgar un libro por la tapa son frases aplicables a este municipio

17.08.2020 | 23:59
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A Zumarraga se puede entrar desde Eitza, desde la carretera que viene de Azkoitia, desde Urretxu y desde la carretera que viene de Antzuola (GI-2632). A los que llegan a Zumarraga por vez primera, si lo hacen por esta última carretera, les tienen que entrar ganas de darse la vuelta o pisar el acelerador a fondo para cruzar cuanto antes el pueblo. Un viejo cartel (lleno de roña y medio caído) y unos viejos pabellones a ambos lados de la carretera no son el mejor comité de bienvenida. Pero el visitante hará muy mal si se deja llevar por esa primera impresión, pues Zumarraga tiene muchos encantos. Esa entrada digna de una película de terror esconde un pueblo con múltiples atractivos: la ermita de La Antigua, la casa consistorial, la secuoya del parque Clara Larrañaga, la plaza de Euskadi, la casa-torre Legazpi, la casa de Busca Isusi, las esculturas diversas de artistas vanguardistas vascos como Oteiza y Larrea, los caseríos, las ermitas de San Gregorio y San Cristóbal, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, el cementerio, el itinerario paisajístico, los montes Beloki y Samiño...

La joya de la corona es la ermita de La Antigua. Los primeros documentos que mencionan esta ermita son del año 1366. Su interior es de una belleza inigualable, siendo la mezcla de piedra y madera lo más destacable. De su exterior de carácter defensivo destacan la portada del románico del siglo XIV y el calvario realizado en las obras de ampliación del siglo XV. La ermita alberga una talla gótica de la Virgen. Su rústica construcción, todo un bosque de roble, atrae la mirada del visitante hacia la cubierta, adornada con motivos geométricos, cabezas y bustos de mujer, un dragón...

Considerada la catedral de las ermitas, forma parte junto con los santuarios de Arantzazu y Loiola de la Ruta de los Tres Templos y del Camino Ignaciano. En agosto se abre todos los días de 11.30 a 19.30 horas.

Los visitantes pueden aprovechar la visita a La Antigua para dar una vuelta por el monte. Una buena opción, apta para toda la familia, es completar el itinerario paisajístico del monte Beloki. Este recorrido, que parte desde la propia ermita y rodea el mencionado monte, permite disfrutar de unas vistas fantásticas a los montes Txindoki, Aizkorri e Irimo y al casco urbano formado por Zumarraga y Urretxu.

A la vuelta pueden visitar el centro de interpretación de La Antigua, donde se da a conocer la historia de Zumarraga. El centro de interpretación cuenta con bar y restaurante. En el casco urbano también hay una gran oferta hostelera. Destacan los restaurantes Etxeberri y Kabia, que cuentan con dos soles Repsol cada uno.

Cementerio De camino al centro, merece la pena hacer una parada en el cementerio para visitar la cripta subterránea diseñada por el arquitecto donostiarra José Antonio Pizarro. Este hombre trabajó durante 25 años para el Ayuntamiento de Zumarraga y también fue el artífice de la renovación de la casa consistorial.

Pizarro consiguió que una inquietante sensación se adueñe del visitante nada más poner los pies en la cripta: una pared que cierra el paso al final de la escalinata que lleva a la cripta, unas escaleras de forma circular que no especifican a qué lado hay que dirigirse, la lúgubre luz de los fluorescentes, los altos pasillos con cientos de nichos a ambos lados... y al fondo de uno de los pasillos, una presencia perturbadora: la escultura Ángel del artista bilbaino Vicente Larrea.

Ya en el casco urbano, son de obligada visita la plaza de Euskadi y la casa-torre Legazpi. La plaza destaca por su gran tamaño. "¿Dónde está el pueblo de esta plaza?", dijeron los soldados carlistas navarros cuando tomaron Zumarraga en la guerra de 1936. En cuanto a la casa-torre Legazpi, se trata de la casa natal de Miguel López de Legazpi, colonizador de las Islas Filipinas.

El primero que dijo eso de que las apariencias engañan podría ser alguien que llegó a Zumarraga por la GI-2632 y, en vez de darse la vuelta despavorido, decidió entrar al casco urbano. De todos modos, la mencionada entrada a Zumarraga tiene su encanto. Por lo menos, no deja indiferente.