Se están publicando noticias médicas que comparan los resultados de la cirugía bariátrica con los tratamientos farmacológicos más recientes (como Ozempic), y es inevitable la sensación de que muchos están perdiendo el foco de lo esencial: la obesidad no es una cuestión de voluntad, sino una enfermedad crónica compleja con raíces biológicas, sociales y psicológicas profundas. Personas con obesidad expresan su frustración porque siempre se nos dan lecciones desde fuera, como si solo faltara voluntad para "comer menos y moverse más". Esta visión simplista ignora que la saciedad, el metabolismo y la regulación del apetito están alterados en muchos pacientes obesos de ahí que medicamentos eficaces que actúan sobre esas vías biológicas estén hoy en auge.
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No es una cuestión de "querer que alguien lo solucione por mí", sino de reconocer que no todos los cuerpos responden igual y que exigir soluciones individuales sin apoyo médico, terapéutico o social es injusto y contraproducente. El deporte es saludable, por supuesto, pero hacer ejercicio cuando uno pesa 180 kilos puede ser peligroso o directamente imposible sin antes perder peso suficiente para disminuir riesgos articulares y cardiovasculares.
La discusión pública debería centrarse en combatir el estigma, financiar tratamientos eficaces y evitar que se reduzca la obesidad a una cuestión de fuerza de voluntad. La medicina moderna reconoce esto para muchas enfermedades crónicas, pero la obesidad aún arrastra prejuicios que perjudican a las personas que la padecen.