La quimera de estudiar en Gipuzkoa viviendo en la calle

--- Jóvenes sin techo relatan las penalidades que sufren a diario para poder continuar con su formación

--- Las propias circunstancias en las que discurren las vidas de estos chicos acaban invitando a dejar tarde o temprano las aulas para centrarse en sobrevivir

29.09.2021 | 17:20
Jóvenes sin hogar pasean junto a Tabakalera

"Mis compañeros de clase tienen su casa, su habitación. Yo cuando salgo, no sé muy bien a dónde ir. Duermo en la calle, bajo unas escaleras del barrio de Herrera. Hoy apenas he podido descansar por las ratas". A Hitcham se le adivina a distancia el cansancio. Estudia un Grado Medio de Panadería en el centro de Formación Profesional Cebanc, en el barrio donostiarra de El Antiguo.

Su profesora sabe de su situación y le guarda la ropa que utilizan en el taller. El joven, bien peinado y con gafas que le dan cierto aspecto intelectual, acude a la entrevista con un poso de timidez. Ha invertido los pocos recursos que le quedan en el curso de formación, que acabará en enero. "Veo a mis compañeros descansados, pero en la calle siempre está la guerra con las ratas", se fuerza a expresar con la voz apagada este joven marroquí de 25 años.

El desalojo este martes de una quincena de jóvenes de una vieja fábrica en Donostia, entre ellos estudiantes, revela la enorme complejidad que entraña continuar apostando por la formación cuando todo parece estar en contra y no se sabe ni dónde pasar la noche. "Es muy difícil porque no hay descanso posible. La comida no me importa tanto porque he podido acceder a un recurso, pero sin dormir no se puede rendir", señala cansado.


SORPRESA DE LA PROFESORA

Cuando le dijo a su profesora que dormía en la calle, ella mostró su sorpresa. "Me guarda la ropa que uso para las prácticas porque no tengo donde dejarla. Y lo peor empieza ahora, con el frío. No sé ni cómo voy a aguantar". El estudiante, pese a todo, es riguroso y acude al centro de formación por las tardes, de 15.30 a 21.30 horas. "Cuando salgo solo pienso en dormir".

Llegó a Donostia hace cinco meses y está empadronado desde hace solo uno. Es una piedra más en el camino. Explica que deberá transcurrir un plazo de seis meses para poder solicitar la valoración social de su situación. Añade que luego llegará la entrevista con un técnico de la Diputación, y que este redactará un informe que también llevará su tiempo.

En función del resultado, será derivado a asuntos sociales o, si se entiende que vive en una situación de exclusión, optaría a un recurso de alojamiento, para el cual también hay lista de espera. "Largo camino me queda", resume el chico, mientras se suma a la charla Adam Eloirdi y sus amigos, que fueron desalojados el martes por orden judicial del pabellón industrial en desuso del barrio donostiarra de Añorga Txiki, donde se prevé construir viviendas.

"Hemos dormido en la calle, en el barrio de Egia, poniendo un cartón en el suelo y con unas tiendas de campaña que nos han dejado pero que ni siquiera hemos montado". Han pasado frío. "Casi nadie ha dormido, ni los que hoy tenían clase ni los que tenían otras cosas que hacer", explica Adam.


"LA CABEZA SE VA A OTRO LADO"

Este joven de 21 años cursó un grado medio de Mecanizado. Aprobó sus prácticas con sobresaliente, pero es de los que ven alejarse poco a poco la posibilidad de continuar con su formación. "Estudiar y vivir en la calle es muy complicado. Casi no duermes, y llega un momento en el que casi no entiendes lo que te están explicando en clase porque no has descansado bien. Están dando la clase y tu cabeza se va a otro lado: dónde comeré, dónde voy a dormir...".

Las propias circunstancias en las que discurren las vidas de estos chicos acaban invitando a dejar tarde o temprano las aulas para centrarse en sobrevivir. "Pasan los días, no te duchas, llegas a clase oliendo mal y tarde o temprano percibes el rechazo", se sincera Eloirdi. "Con una oportunidad, algo podemos hacer. Viviendo en la calle estudiar es imposible", añade su amigo Tarek, de 26 años, que ha dejado atrás su paso por un Centro Público de Educación de Personas Adultas (EPA),

"Nos tenemos que buscar la vida, mala vida", lamenta Mohamed, de 22 años. Duerme en los bajos del Estadio de Anoeta y critica que cada dos por tres "los servicios de limpieza tiran mis pertencias a la basura". Desayuna en Cruz Roja. Sigue con su formación y las clases de soldadura.

Conscientes de esta compleja tesitura, hay centros formativos que les ayudan pagando el transporte. "Es otro de los problemas que se encuentran: la gran distancia que tienen que cubrir. El centro formativo siempre está más lejos de lo que quisieran", observa Itxaso Agirre Barandiaran, trabajadora de SOS Racismo en Gipuzkoa.

Los jóvenes hablan de las "caminatas tremendas" que se pegan. "No es fácil por todo ello que vengan con regularidad al centro", añade Garazi Montuschy, voluntaria de Harrera Sarea. "No es solo por el hecho de dormir en la calle. Tienen muchas dificultades para desplazarse".

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