En tránsito; de lo complicado a lo complejo
Las soluciones de los asuntos complicados y lo que ha servido desde hace años, dejan de ser válidos cuando lo complicado da paso a lo complejo
Cuando queremos definir nuestro tiempo y entender las cosas que nos pasan a nivel global en la sociedad, la política y la economía nos encontramos aturdidos. Nos faltan las palabras, más allá de reconocer la abundancia de graves problemas y cada vez más conflictos sin resolver. Esto ocurre tanto si miramos hacia el exterior de nuestro entorno –allá donde apenas podemos influir– como si nos situamos en el nivel personal, familiar y laboral. En ambos tenemos una sensación de incertidumbre, hastío con falta de ilusión y ausencia de energía para buscar un propósito concreto que conduzca a un mejor futuro. “Es lo que hay” es la conclusión generalizada tras un relato de desacuerdos con lo que vemos que ocurre en los asuntos cotidianos y colectivos.
Las transformaciones más visibles las apreciamos en el tiempo, son dos aspectos complementarios. La primera es el avance exponencial de las tecnologías, que nadie la discute. No vamos a hablar de esto. El segundo es el cambio de los valores sociales dominantes o propósitos que mueven a las personas. Hoy estos últimos son muy diferentes respecto al pasado cercano que permitió un reconocido desarrollo social que ocupó varias décadas. Los valores han evolucionado desde el propósito de conquistar las expectativas concretas del grupo familiar, con sus muy ajustados recursos, a reivindicar los derechos individuales que se escenifican en las reivindicaciones de individuos y colectivos. Las antiguas relaciones productivas de los oficios con sus grupos familiares –como soporte formativo, emocional y vital– se trasladan a los derechos que garantiza el estado. Lo colectivo, lo cercano y sus proyectos se sustituyen por una dependencia individual e institucional para todo. Esto obliga a potenciar una administración todopoderosa en recursos, complicada en su burocracia, creciente en ámbitos de intervención, y con altos costes económicos. La intensidad de estas dos dinámicas, la autonomía y competencia personal y colectiva, frente al intervencionismo estatal, posicionan a las distintas políticas liberales y sociales, tal como hoy se definen.
Venimos de un modelo y realidad social donde lo cercano y accesible –lo próximo y común– eran los temas a seleccionar para elegir el futuro sobre unas reglas estables y conocidas del colectivo social y de las obligaciones hacia el mismo. El interrogante para cada individuo estaba en aprender y entender lo complicado de las reglas sociales, y de repetir con mayor habilidad la vida de los anteriores, –eso sí– con un mayor confort doméstico, laboral y de ocio, ayudados por la siempre emergente tecnología. Lo complicado era el orden superior a resolver por expertos, aplicando normas básicas para avanzar. Identificar el problema, diseñar una solución, planificar los tiempos y medios, y aplicar lo planificado para luego corregir las falsas hipótesis, era el monótono camino por el que tratábamos de resolver lo que nos preocupaba. Y así están diseñados los procesos de los gobiernos piramidales, sus constituciones inamovibles, los órganos de la administración, el poder judicial y hasta la configuración estratégica de las empresas. Pero vemos, por experiencia, que esto sólo funciona en un régimen muy limitado de dimensión del número de agentes y de la diversidad de los modos de pensar y actuar de los mismos.
Pero esto ha cambiado. Las soluciones de los asuntos complicados y lo que ha servido desde hace años, dejan de ser válidos cuando lo complicado da paso a lo complejo, en la configuración de las situaciones y en el comportamiento de los agentes. La frontera entre lo complicado y lo complejo se observa viendo si el sistema responde igual ante estímulos iguales o queremos que así sea. Si la respuesta es la siempre la misma estamos frente a un sistema complicado. Esta es también la frontera de la IA, que ese mueve con eficacia por su poder integrador y de proyección sobre la información de lo existente, es “la locomotora de lo complicado”. Resolver lo complicado es abordar la avería de un coche en el mundo físico o en la resolución de conflicto regulado por el derecho en el mundo inmaterial. El primer sistema, el coche, tiene muchas piezas pero todas son sustituibles por otras, hay una estructura fija, es un sistema complicado. En el segundo buscamos el conocimiento de un juez sobre las reglas escritas que califican lo correcto y lo punible, y su interpretación está razonada y justificada. Ambos son sistemas complicados y para darles consistencia los disfrazamos de legalidad, de técnica, de método, de coherencia, de experiencia y de tradición junto a otros calificativos inexistentes en los sistemas complejos.
Los sistemas complejos son todos los vinculados con los procesos vitales, llamados ecosistemas. Por extensión abarcan los sistemas de convivencia humanos que se caracterizan por crecer en el número de personas implicadas, no conocidas entre si, en su identidad e intereses, por la presencia de acciones imprevistas, por la falta de consensos e incumplimiento de compromisos acordados, por la consecuente pérdida de la mutua confianza, por las respuestas imprevistas y contradictorias, que constituyen en conjunción un nuevo contexto en el que vivimos hoy en día. En este contexto complejo la planificación deja de ser el mecanismo o columna vertebral de la acción y de la evolución. La homeostasis es ahora la pauta reguladora en los sistemas complejos que buscan el equilibrio entre las respuestas de los agentes ante la percepción de una cadena de cambios. En lo complejo la planificación fracasa porque la realidad es mucho más sofisticada que los modelos en los que cimentamos los hipotéticas estructuras y relaciones entre las misma. El número de personas convivientes en un estado, las interrelaciones entre ellos, la velocidad y ritmo de las acciones, y la diversidad en sus culturas y modos de operar son los cuatro parámetros de la ingobernabilidad creciente de los actuales sistemas humanos, donde el multilateralismo basado e reglas permanentes no funciona.
Seguramente pensaremos que esto no tiene solución, pero no es así. En un sistema complejo los buenos o malos resultados dependen de la autoorganización de los colectivos, y estas dinámicas de acción, reacción y evolución, con un arranque, respuestas y posterior equilibrio homeostático dependen sólo del comportamiento individual y dominante de cada agente frente a sus problemas. Si domina el individualismo y la depredación entre los agentes los problemas se reproducen creciendo y reproduciéndose, mientras si las respuestas simbióticas dominan, el colectivo en cooperación aprovecha los recursos del sistema; los cambios y las ventajas de la implacable diversidad sirven para progresar. Podemos concluir que el devenir de los sistemas complejos humanos depende de cuatro variables: la dimensión de colectivo, la velocidad de las acciones, la diversidad complementaria y los valores sociales dominantes. Estos últimos, los valores, determinan la evolución favorable o apocalíptica de progreso o destrucción. Si destaca la visión cooperativista o simbiótica para lo cercano y pequeño, y el federalismo para lo más grande, el resultado es muy diferente que si en lo pequeño sobreabunda el individualismo y en lo grande la dimensión del poder a través de grupos dominantes. Además la respuesta a los cambios en este camino de la autorganización en lo pequeño supone la reducción significativa de la burocracia de los grupos de gestión o mando, es decir menos agentes reguladores. Estos que operan a mucha distancia de la realidad local y marginan la eficacia en los intangibles sociales, bajo la hipótesis de que la economía de escala sirve para todo. Esta se aplica bien a los recursos materiales y es un principio económico, que no es aplicable a variables humanistas como la salud o la educación, por ejemplo. Cuestiones ambas, dimensión y valores en las que caminamos en sentido contrario, agrupando y ampliando los grandes imperios políticos y económicos al límite global, y reforzando la cultura individualista en las decisiones de lo cercano. Por eso es tan importante la educación extrema en conocimiento y cooperación en un camino hacia la posglobalización microsocial que supere nuestros tiempos. Ahora lo norma es el desorden, en un mundo repleto de normas y algunos insisten en potenciar esta solución antigua. Lo complejo se resuelve en lo local, con altas capacidades personales de cooperación y en el equilibrio homeostático entre la autonomía, la convivencia y la economía, fractal viable desde el nivel de la persona hasta las instituciones más globales. Es evidente que vamos hacia sistemas mas y mas complejos, y que el trabajo de ordenar de arriba hacia abajo, debe dar paso a ordenar de abajo arriba, única solución de las mejoras globales pendientes –que tenemos muchas– en los sistemas complejos.
Pongamos un ejemplo; “castigar a uno para educar a cien“, es una estrategia basada en el miedo, propia de los sistemas jerárquicos autocráticos complicados –de arriba abajo- que buscan reducir los comportamientos no deseados. “Educar a cien para castigar a uno” es un cambio radical de mentalidad propio de centrar la acción positiva de abajo arriba. Siguiendo con el ejemplo sabemos que toda ley tiene un régimen sancionador inserto en su texto pero apenas las hay que incluyen un régimen incentivador sobre los objetivos que promueve la ley. Si la mayoría disfruta del régimen incentivador los beneficios de la ley aplicada son evidentes, y sus objetivos y motivos ampliamente superados. Los cambios positivos son siempre logros que surgen de la capacidad de iniciativa individual orientada a la situación real y a la creatividad humana, aplicada por personas bien educadas en la cooperación y el conocimiento, en el contexto de los nuevos sistemas y tecnologías –mucho más complejos– en los que viviremos.