Las recientes alusiones al papel de Europa en el tablero global, insisten en desarrollar una identidad propia basada en el multilateralismo y en el reconocimiento de los derechos humanos universales además de los principios de dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, y estado de derecho. El multilateralismo es un enfoque de las relaciones internacionales que implica la cooperación y la coordinación entre varios países o actores asociados para abordar problemas y desafíos mutuos. Sin embargo, vemos que las entidades creadas para sostener estas dinámicas de cooperación conjunta –ante los retos comunes–, se desmoronan cuando los agentes principales –los más grandes–, abordan otra estrategia, la de actuar por la fuerza o por las amenazas de asedios y sanciones económicas. Insistir en el multilateralismo como bandera europea es una opción, pero quizás sea previo entender qué multilateralismo es propio de estos nuevos tiempos, y si la “soledad multilateral” en la que países, instituciones y partidos viven actualmente, es un nuevo oximorón como los que ya hemos digerido acerca de los “fijos discontinuos”, “la liquidación diferida” o la “sustitución incompleta”.
La soledad es un tributo aplicable a las personas, y especialmente a las personas mayores ante circunstancias de pérdida de relaciones sociales e incremento de la soledad no deseada. Por otra parte los sistemas educativos y la economía de consumo ayudan a fomentar el individualismo, con claras restricciones a las soluciones de carácter común, incluyendo el uso compartido de recursos o las tareas comunitarias no comerciales. Algo parecido a lo que ocurre con las personas, lo podemos trasladar a la dimensión geopolítica e institucional, en los países y en sus gobiernos. Las disputas competenciales entre países e instituciones afectan a territorios, recursos estratégicos, competencias y financiación. Esta competitividad institucional conduce a especificar y defender con gran determinación los límites de las fronteras de cada entidad. Por eso las organizaciones públicas responden con un mayor aislamiento proteccionista, dotándose de una estructura jerárquica, fragmentada en funciones, reglamentos y protocolos para garantizar y proteger las fronteras de sus ámbitos internos y externos de actuación,.
Tal vez sea pertinente hacerse algunas preguntas respecto al aislamiento institucional y su compatibilidad con ese ansiado multilateralismo que Europa define como su modelo de relación global. ¿Es posible hacer convivir –a nivel global– una cultura de multilateralismo de unos países socios, con la de otros que aspiran a ser “imperios sin fronteras”? ¿Está ocurriendo una pandemia de competencia, soledad e incomunicación, también dentro de las instituciones y entre éstas? ¿Los desastres vividos en las últimas tragedias bélicas, climáticas, apagones, colapsos de transporte, etc., pueden tener su origen el resultado de una buscada y creciente soledad institucional? ¿La soledad institucional y la descoordinación inherente están recrecidas por la crispación política nacional e internacional, que sostienen sus dirigentes? ¿Es la relación contractual entre las instituciones públicas y las empresas privadas, un espacio técnico y comercial tensionado, con ausencia de cooperación, abundante en descoordinaciones graves y, en consecuencia, fuente de pérdida de seguridad y de la calidad en los servicios semipúblicos?
Responder con afirmaciones concretas a estas preguntas, es generalizar demasiado, por la diversidad de circunstancias que pueden darse, pero sí se puede aportar algún rasgo común que caracteriza estas situaciones. Las relaciones interinstitucionales se enconan cuando hay que delimitar responsabilidades sobre incidentes, abundando las guerras de información con los diferentes relatos ante los acontecimientos, en cualquiera de sus formas: desinteresados, interesados, incompletos, hipotéticos, acusatorios, inciertos, o falsos. La información turbia siempre prospera –fomentando la exorresponsabilidad– cuando hay acontecimientos de grandes fallos sistémicos, con muchas vidas de por medio, con desastres naturales, con fallos de infraestructuras globales de gran calado, que afectan a la seguridad, economía, salud, convivencia y acceso a los recursos básicos de los ciudadanos.
La generación de soluciones específicas ante situaciones de emergencia o de gestión compleja debe ir más allá de los protocolos, siempre limitados a lo habitual y previsto. Cuando no es así, se requiere la más alta cooperación e inmediatez de reacción en todos los niveles de las diversas organizaciones intervinientes. Cuando el tipo de relación entre los potenciales decisores y los gestores de los recursos críticos –en una emergencia– es de contraposición de criterios, de incomunicación sostenida, ocurren agravaciones adicionales de los fallos o un aumento de la dejación e inoperancia global del conjunto. Ante la falta de una relación positiva previa de actuaciones previsoras –reales o simuladas– y al no existir un suficiente nivel de confianza mutua, las decisiones críticas y urgentes se atascan o posponen -intencionadamente o no- y las crisis avanzan frente a la inacción, destruyendo todo lo que está a su alcance. Esta vez provocadas por la nula, ligera o deteriorada convivencia, incomunicación y soledad institucional. Todo esto puede estar ocurriendo hoy en muchos puntos de intersección en las actividades conjuntas de instituciones globales, públicas y privadas. Fisuras relacionales existentes que no se quieren apreciar, y que crecerán ante un evento -por pequeño que sea- fuera de lo normal, en el uso de recursos y servicios públicos afectando a la ciudadanía. Fisuras que debieran ser urgentemente detectadas y reparadas.
Es necesario fragmentar las competencias por su dimensión y diversidad, pero aislar las instituciones alejando su convivencia y alimentar un enfrentamiento competencial permanente, es una enfermedad institucional, global y local. Enfermedad, en lo global que deriva a fracasos en la multilateralidad para el avance civilizatorio, y en lo local, en la prevención y resolución de situaciones de emergencia en los servicios. En este escenario están las comunidades de vecinos, los municipios, las empresas públicas y privadas, los sindicatos, las asociaciones, las comunidades autónomas, la política de los partidos, los gobiernos y las alianzas supranacionales. Todos ellos son ejemplos de aumentos de complejidad, fragmentación e incomunicación, y todos ellos sufren grandes crisis de eficacia a la luz de sus costes económicos y sociales, las expectativas y sus resultados en conflictos y emergencias.
Para paliar esta enorme dificultad derivada de la soledad multilateral, contamos con algunos requisitos inseparables: no prometer en exceso entonando un “yo más”, la proximidad, comunicación y el conocimiento mutuo de las personas operativas de las distintas instituciones, la confianza mutua multinivel entre sus directivos, y la simulación o entrenamiento operativo sistemático de los posibles acontecimientos no previstos. Este último sirve de mucho para aprender qué falla, y poder actuar conjuntamente en la resolución previa y estructural de los problemas. Son fallos que solo se detectan en la realidad y con la humildad profesional de contar con expertos de otras instituciones. Si no resolvemos la soledad institucional a escala local, y no mejoramos los sistemas de negociación constructivos en los siguientes niveles nacionales, será mucho más difícil acercarnos a nivel global e internacional a un sistema multilateral exitoso. Sistema que goce de las ventajas de una colaboración sincera, huyendo de las supremacías y de la fuerza como armas de relación y decisión. Necesitamos recrear las condiciones previas para actuar conjuntamente ante futuros retos, desarrollos, emergencias y conflictos, para poder mitigar la “soledad institucional y multilateral” y con ello entrar en el camino de mejorar nuestro deseado progreso social, local y global.