Con motivo de mi recién 72 cumpleaños el día 21 de diciembre, Santo Tomás, tuve la ocurrencia de publicar en los periódicos del Grupo Noticias y en la sección de Zirrikituetatik Begira una columna en euskera haciendo referencia respecto a cumplir los 72 años mencionados. Se titulaba “72 urte”. Esta es su traducción al castellano, más o menos literal y hecha a botepronto:

“De nuevo. Parece mentira, ha pasado un año, pronto 21 de diciembre, Santo Tomás. Cumplo 72 años. Miro al cielo y cierro los ojos. 72 años, ello significa que ya ha pasado la mayor parte de mi vida. Afortunadamente, gozo de buena salud, pero cada vez me siento más reflexivo con la idea de la muerte. No por mi desaparición física individual, sino porque creo que si no hay nada más, si no somos más que el resultado del azar y la necesidad la vida no tendría sentido. Mucha gente se enorgullece de aceptar la finitud e inconsistencia de la especie humana, pero creo que lo hacen inconscientemente. Si solo fuéramos una especie más, un día todos nuestros logros desaparecerían. No quedaría nada. Shakespeare, Cervantes, Dante, Beethoven y Rafael Sanzio desaparecerían sin dejar rastro. Del mismo modo, Etxepare, Axular, Moguel Andrea, Lehendakaria Agirre, Txirrita, Xenpelar, Xabier Lete, Mikel Laboa, Benito Lertxundi, Karmele Jaio y una larga lista de otros desaparecerían para siempre. Y las víctimas inocentes de la historia no conocerían justicia, ni reparación. La creación, o la abstracción acerca de algún tipo de trascendencia parecería absurda, pero un universo sin la perspectiva de una eternidad situada más allá del tiempo y el espacio sería mucho más absurdo. Creo, pero no sé en qué, ni por qué. Quizás en eso es que llamamos Dios. En un Dios que no es una entidad concreta u objetiva, sino la matriz de la que partimos y a la regresamos. La razón científica no acepta este punto de vista, pero el corazón sí y, como Pascal, prefiero escuchar al corazón, que es más intuitivo y certero que la ciencia, una ciencia que es incapaz de responder a preguntas fundamentales o crear esperanza. Y la esperanza no es una fantasía, sino alimento para el espíritu. Sin ella, solo hay lugar para el sufrimiento, la arbitrariedad y la injusticia. Quiero creer que el infierno existe, el cielo también, pero sobre todo el infierno. El año avanza. Amo a mi esposa, a mis dos hijas y a mis cuatro nietos. Estoy tranquilo. Estamos y vamos. Convencido que lo sembrado germinará. 72".

Conozco a Arantza desde hace tiempo, nos intercambiamos reflexiones, sinceras reflexiones todas ellas. Es inteligente, escribe muy bien, está comprometida con la solidaridad y DDHH. Ayudar al vulnerable y a los marginados por la historia es la practicidad y concreción de sus valores más íntimos. Yo la tengo en muy gran consideración, me importa, y mucho, lo que piensa y la opinión que tiene de lo que escribo. Yo creo que ella no se valora en sus justos términos. A Arantza le faltó tiempo para darme, una vez más, su opinión sobre mis reflexiones vistas a los 72 años. Tengo su muy generoso permiso para trasladar su opinión a este artículo, se lo agradezco, y sé, me consta que incluso se desazonará un poco, o bastante, al leer sus reflexiones. Gracias Arantza, tus reflexiones sí que merecen ser trasladadas al gran público, a los y las lectores y lectoras de este periódico. Así me decía Arantza. (que conste que no consigo que me tutee, me habla de usted y de Sr Bujanda, claro… a los 72 años…!!). Así me escribía esta vez, vale la pena leerla, yo lo haría y siempre lo hago con máxima atención:

“Mi buen y querido amigo Sr. Bujanda, siempre me sorprende: Entiendo que el próximo día de San Tomás es su Zorionak, así que esperaré a ese “gran día” para felicitarle y expresarle mis parabienes”. Por otro lado, está su reflexión acerca de la muerte. Por edad parece que nos toca aunque, si le soy sincera, yo soy bastante más joven: 65 añitos.

Has tocado un tema que yo también he meditado mucho. Hace quince años estuve muy enferma y la muerte se convirtió entonces en una presencia muy recurrente. Cuando una cree que puede estar acercándose al final, surgen inevitablemente preguntas cargadas de dudas, miedos y arrepentimientos. Quiero compartir, con humildad, lo que siento, pienso y creo. Hablar de la muerte, o de si hay vida después, es un asunto que da para mucho y del que, honestamente, nadie puede dar una respuesta absolutamente cierta. Nadie ha vuelto para contarnos qué ocurre después. Existe la posibilidad, muy alta, de que todo sea falso. Y, si así fuera, me consuela pensar que ya estaré muerta y no seré consciente de nada. Pero existe también otra posibilidad, por pequeña que sea: que todo sea cierto. Y ahí, para mí, lo verdaderamente importante no es tanto lo que venga después, sino cómo he vivido mi vida hasta ese momento y cómo afronto yo ese instante final”.

LA TEOLOGÍA DE LA FE

Y continúa Arantza. “Como bien sabemos, todo depende de la teología desde la que se viva la fe. Si es la de Pablo, judío y fariseo, profundo conocedor de la ley de su pueblo, Jesús no muere por haber sido un hombre solidario y comprometido con la sociedad. En el judaísmo, el núcleo central es el sacrificio expiatorio. Desde esa mirada, Jesús habría sacrificado su vida por la humanidad. Y entonces me pregunto: ¿cambió realmente la humanidad con su muerte? Sin embargo, si se vive la fe desde la mirada de los evangelios, el centro no está en la muerte, sino en la vida: en el empeño de Jesús de construir un mundo más justo, más digno, más humano. Pablo habla de practicar una religión para asegurarse un lugar en la otra vida. Pero Jesús no fundó ninguna religión. Para Jesús, lo importante es que seas una buena persona: solidaria, justa, honesta, empática, y que lo seas aquí y ahora, en tu presente. Que lo intentes una y otra vez, y mil veces más, aunque te equivoques. Que perdones, que ames, que sonrías. Que tiendas la mano a quien lo necesita. Que mires al prójimo y lo escuches con respeto, sin juzgar. Que seas crítico con el fuerte y defensor del débil. Que prestes tu voz a quienes se la han quitado. Que seas ojos para quienes no ven y conciencia para quienes no quieren mirar. Que compartas el pan, que denuncies la injusticia, que luches por la justicia social y por una sanidad para todas. Que despiertes la humanidad que habita en cada una de nosotras. Que cuides de la madre naturaleza, de los invisibles, de los más pequeños… y sigue, y suma”.

Y termina de esta manera. “No somos perfectos. Somos un hombre y una mujer que intentan hacer lo mejor que pueden. Tal vez podríamos hacer más, sin duda, pero no nos rendimos. No permanecemos indiferentes ante el mundo que nos rodea e intentamos aportar nuestro pequeño granito de arena. No creo en el infierno y no sé si existe el cielo, ni cómo será si es que existe. Esas son cosas de Dios. Él sabrá qué hacer con esos humanos miserables (si es que antes no decide perdonarlos). Cómo te digo, eso se lo dejo a Él. Es infinitamente más sabio que yo y su amor me supera. Solo espero que, cuando llegue el momento de mirarle de frente, pueda ver en mí a una mujer que lo intentó; que, al menos, lo intentó, y poder pedirle humildemente perdón por todas mis equivocaciones. Gracias una vez más por pensar que mi reflexión merece la pena compartirla. Te doy, por supuesto, mi permiso.. No te oculto que siempre me produce vergüenza cuando me lo propones, pero me pesa mucho más el agradecimiento por la confianza que depositas en mí y por el respeto con el que siempre tratas mis palabras. Si consideras que puede aportar algo a la reflexión, adelante. Confío plenamente en tu criterio y en el contexto que sabrás darle. Gracias de verdad por el gesto y por el lugar que me ofreces. Un fuerte abrazo Sr. Bujanda, Arantza”.

Y así se despidió del 2025, así me escribió y esto es lo que me deseó: “Egunon Sr. Bujanda. Pues yo no le deseo a usted un año perfecto porque sé que no existen. Si me gustaría que fuera usted fuerte en los momentos más difíciles, que no tenga que fingir usted y decir que está bien, y que usted se pueda apoyar en quienes le quieran de verdad. Le deseo que sienta usted que no está sólo, aunque a veces el mundo lo pone muy difícil. Le deseo que pueda respirar profundo y decirse que lo estoy haciendo bien, o bueno, lo mejor que puedo y que esa voluntad está bien. Quisiera indicarle, una vez más, que yo siempre estoy y estaré con usted, aunque esté en la distancia, aunque esté lejos. Seguiremos hablando Sr. Bujanda. Nunca jamás desvele usted mi verdadera identidad, se lo ruego”. Puede ser que algún lector/a piense que “Arantza” es una invención mía, un subterfugio, una más o menos hábil excusa para poner en boca de otra persona reflexiones que quizás me generaría algo de pudor escribirlas como si fueran mías. No seré yo quien despeje la duda. No puedo ni debo. Es mi palabra. Por lo tanto, puede que sí y puede que no. De todas maneras: Va por todas las Arantzas y en concreto por ti, Arantza.