Kurt Vonnegut fue un escritor estadounidense. Escribió catorce novelas adscritas al género de la ciencia ficción, aunque van sazonadas de sátira e incluso de humor negro. Acaso su novela más conocida sea Matadero Cinco, que publicó en 1969. Se alistó en el ejército en plena Segunda Guerra Mundial, y tuvo la desgracia de ver lo peor de la guerra. Todo ello fue de gran influencia tanto en él como persona así como en su obra literaria. Fue capturado por los alemanes en diciembre de 1944 y fue llevado como prisionero de guerra a Dresde, donde vivió en primera persona el bombardeo de la ciudad, que quedó completamente arrasada, en 1945. Vonnegut consiguió sobrevivir en un sótano donde se empaquetaba carne, llamado Matadero Cinco. Al acabar el bombardeo tuvo que trabajar apilando cadáveres para enterrar en fosas comunes, pero, según el propio Vonnegut, “había demasiados cuerpos que enterrar, así que los nazis prefirieron enviar a unos tipos con lanzallamas. Todos esos restos de víctimas civiles fueron reducidos a cenizas”. Esa horrible experiencia no sólo le inspiró para escribir Matadero Cinco, sino que traspiró en otras seis de sus novelas.
“El verdadero terror es despertarse una mañana y descubrir que tu clase del instituto está dirigiendo el país” dijo Vonnegut en otra ocasión. En la infancia, tendemos a imaginar que aquello que los adultos llaman “el Gobierno” está dirigido por un tipo especial de adultos ilustrados y sabios. Pero al envejecer, nos percatamos de que los que toman decisiones de vida o muerte para el mundo son exactamente el tipo de desgraciados que conocimos en el instituto: matones, exaltados rabiosos y gente mediocre. El “terror” que describe Vonnegut se produce cuando vemos que no hay «adultos en la sala» en la historia de la humanidad.
Vonnegut describía la fatalidad, la estupidez humana en las altas esferas y la ironía de la existencia. Llega un momento en que nos percatamos de que las personas que toman decisiones de vida o muerte no son especialmente sabias ni competentes. El autor sostiene que, siendo críos, pensábamos que había una suerte de Plan Maestro, o una reconfortante fantasía de que «alguien sabe lo que está haciendo». Vonnegut destruye todo esto al señalar que la mayoría de las decisiones críticas se toman por accidente, por orgullo o por pura inercia. La empatía brilla por su ausencia: quienes deciden sobre la vida de miles lo hacen con la misma desconexión emocional con la que un niño juega con hormigas.
Pero veamos el lado positivo de la perspectiva de Vonnegut: él, lo que buscaba, era desmitificar el poder. Si entendemos que quienes tienen el dedo en el botón (metafórico o real) son gente falible o incluso mediocre tirando a inepta, no veremos el destino como algo inevitable sino como algo absurdo. Y obviamente, lo absurdo no es de recibo. Por esa misma razón, la respuesta ante esta visión del mundo no debe ser la desesperanza, sino una «decencia común” que nos quieren arrebatar. Si el mundo está en manos de gente que no sabe lo que hace, lo único que nos queda es ser empáticos los unos con los otros mientras estemos aquí.
Personalmente, para mí, nada define mejor eso que llaman "decencia común” que los Derechos Humanos, tal y como vienen definidos en la Declaración Universal. Y muy especialmente su artículo 2, que proclama que «toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición. Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía». Sin excepciones.
Matones genocidas o de menor monta Los matones nos inculcan que todo eso son ensoñaciones. Ya sean matones genocidas de primera división o los de menor monta que creen que los crímenes de los primeros les justifican. Y quienes apoyan a unos y a otros son en mayor o menor medida corresponsables. Todos ellos se ven a sí mismos como héroes. Ya lo dijo Orwell. “Cada guerra, cuando llega, o antes de llegar, se presenta no como una guerra, sino como un acto de autodefensa contra un maníaco homicida... Hemos caído tan bajo que la primera obligación de la gente inteligente es reafirmar lo obvio. Si la libertad significa algo, significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír. En tiempos de engaño universal, decir la verdad será un acto revolucionario”. Encontrar una brizna de verdad en un gran océano de engaño requiere vigilancia y dedicación. Pero si no practicamos esta forma de pensar, no podremos esperar resolver los graves problemas a los que nos enfrentamos.
La historia es como el mar, funciona con olas y resacas. La última ola vino después de la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, que padeció Vonnegut. Ahora estamos en resaca. Pero la marea sube, y la próxima ola irá mucho más lejos. Llegaremos a un mundo en el que la Corte Penal Internacional podrá trabajar sin trabas y podrá procesar incluso a los más poderosos, además de a los de poca monta. Ahora toca resistir. En analogía con el cambio climático que desmienten los matones que niegan el mismo, la marea sube mucho más rápidamente que antes. Ya lo verán.