La mentira en política
Un ejemplo de esta tendencia cada vez más acusada lo tenemos en la filtración del contenido de los mensajes que Carlos Mazón, expresidente de la Generalitat del País Valencià, compartió con Alberto Núñez Feijoó el día de la trágica dana
Hace ya algún tiempo escribí un artículo de opinión titulado Curriculums. En él hablaba del virus del arribismo político (necesidad vil y oportunista), encarnado en la figura del “trepa”, que busca condicionar una determinada organización anteponiendo la supervivencia personal al objetivo colectivo del bien común; de cómo este arribismo conduce las más de las veces al recurso infame a la mentira recurrente, espacio éste en el que conceptos como asunción de responsabilidades, dar un paso atrás o dimisión no tienen cabida. La mentira, como elemento ineludiblemente asociado a quienes entienden la política como un juego de tahúres.
Hoy se ha cruzado en mi tiempo literario/reflexivo La mentira en política, reflexiones sobre Los documentos del Pentágono, una pequeña gran obra de la historiadora y socióloga alemana judía Hanna Arendt (1906-1975), considerada como una de las filósofas (incluidos los hombres) más influyentes del siglo XX. Este magnífico ensayo relativo a la implicación de la política gubernamental norteamericana en Vietnam desde 1945 a 1967, resulta, más allá del valor intrínseco de lo expuesto en dicha documentación publicada en prensa (Pentagon Papers), de una brillantez apabullante al situar en primera línea algunos de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta en la actualidad el hecho político en el mundo occidental: la reiterada incoherencia de los distintos líderes, la falta de una permanente labor de rendición de cuentas y el uso de la herramienta de la manipulación informativa como vía de establecimiento de vínculos político-electorales. Una situación que, tal como expone en la introducción a la obra la profesora de la Universidad Complutense de Madrid Nuria Sánchez, “reduce el interés colectivo a meros estados de opinión volubles y susceptibles de una manipulación más o menos elaborada”.
Arendt, nacionalizada estadounidense y que falleció en Nueva York en 1975, alerta, –desde el reconocimiento de que el engaño y la mentira descarada como medios legítimos para lograr fines políticos han existido “desde el comienzo de la historia documental” y que la sinceridad no se ha incluidos entre las virtudes de los políticos–, de la tendencia de considerar la política una mera variante de las relaciones públicas y de querer convertir a los líderes políticos en “prisioneros de los dictámenes de sus asesores”, incapaces, por tanto, de tomar decisiones en función de su propio criterio.
Una manera de ejercer la política o, mejor dicho, una renuncia a la auténtica política, basada en el recurso desmedido a los análisis y técnicas demoscópicas y a los thinks tanks (laboratorios de ideas o centros de pensamiento) que erigidos en torres de marfil de los eruditos, carecen a menudo, de un acceso más cercano a la verdadera realidad y generan efectos no deseables de desconexión entre hechos y decisiones. Para la autora de obras relevantes como Los orígenes del totalitarismo y Eichmann en Jerusalén, en la política estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, se estaba acentuando, tal como explicita Nuria Sánchez, un “desprecio a la experiencia que había conformado la tradición de construcción ciudadana en el país”. Se trataba de la consolidación de un modelo burocrático “que había desplazado a la realidad y en que los hechos duros y tozudos fueron ignorados”.
Un modelo en el que proliferaron pequeños políticos de distinto nivel que hicieron más creíbles las mentiras jugando con la gran ventaja de saber de antemano lo que sus audiencias deseaban o esperaban oír. Una ventaja frente a la que la realidad no podía competir ya que “tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos con lo inesperado, para lo cual no estamos preparados”.
Un modelo, el de la mentira política, en el que cuanto más convincente y más éxito de público alcance la misma, el político engañador termina por transformarse en un personaje autoengañado que pierde toda conexión con la realidad.
Como se puede comprobar, las reflexiones de la politóloga y ensayista germano-americana no pueden ser más de actualidad. Ella aboga por un “retorno sosegado a los hechos y al enfoque humilde” pero, por desgracia, hoy asistimos a un espectáculo de política banal en el que impera la teatralización de los actores y actrices políticos, la querencia por la arrogancia discursiva y la utilización de medias verdades que, en el fondo, también son falsedad. Todo ello aderezado de dosis cada vez más crecientes de ligereza y frivolidad y de un nefasto sentido paternalista que, considerando al elector o militante incapaz para tomar decisiones propias, quiere camuflar de protección lo que, en verdad, es autoritarismo.
Políticos y políticas sin sentido autocrítico ni coherencia responsable que, jugando con la supuesta desmemoria de la ciudadanía a modo de pátina o barniz protector que con el paso del tiempo consolida y conserva intacta la falsedad, siguen creyendo –como si el electorado fuese todavía democráticamente hablando menor de edad– que no es preciso depurar responsabilidades internas y/o públicas ya que “los males propios se diluyen en los ajenos”.
Mentira política de alta relevancia
Un ejemplo de esta tendencia cada vez más acusada lo tenemos en la filtración del contenido de los mensajes que Carlos Mazón, expresidente de la Generalitat del País Valencià, compartió con Alberto Núñez Feijoó el día de la trágica dana y que demuestran cómo la mentira política puede situarse en un plano de alta relevancia, intentando maniobrar a través de la desmemoria, en un terreno tan fundamental como es el de la vida humana. Por desgracia, y salvando las distancias, el ámbito político vasco tampoco es ningún oasis en este tipo de prácticas.
Hace pocos días, Aitor Esteban, presidente del Euzkadi Buru Batzar del PNV se refería a que determinadas actitudes políticas generan desasosiego en la militancia (y yo diría que repulsa electoral). Estoy de acuerdo Pero más aún en que, como afirma Hanna Arendt, “un error puede convertirse en colosal sólo porque nadie quiso corregirlo a tiempo”.
Por ello, cuando en referencia a estas cuestiones, y habiéndose publicado, por ejemplo, una determinada encuesta electoral, alguien me indica que “las cosas parece que van bien”, yo respondo: “¿No irían mejor si se hicieran las cosas de otro modo?”.
