Con lo que me está costando recuperarme del día de San Sebastián, imagino que será un achaque de la edad. Otro más, quiero decir. Me pone muy nervioso que empiece el partido y parezca que los jugadores de la Real estén en la pista de hielo del Txuri en lugar de en el tapete de Anoeta. Al margen del innombrable extraterrestre que acaba de abandonar la nave y que muchas veces no se sabía si se había puesto las botas en el pie correcto, lo cierto es que me consta que varios realistas prefieren arriesgarse a ponerse aluminio en vez de plástico. Que le pregunten a Mikel Aranburu, que se formó en el green del Garmendipe azpeitiarra, el mejor césped en el que he jugado a fútbol y a quien no le faltaba jamás el taco largo en sus botas.

Viene al caso porque el otro día me encontré con una buena historia que ha contado más de una vez Diego Forlán, aquel delantero uruguayo que la rompía con ambas piernas en el Atlético, Villarreal y selección uruguaya: “Estábamos perdiendo contra el Chelsea. Sir Alex me dijo que calentara e insistió en que usara tacos altos por la lluvia. Pero, sinceramente, prefería los bajos. Le dije que sí, pero al final hice lo que quise sin que se diera cuenta. A los pocos minutos de entrar, tuve una buena oportunidad de marcar, pero resbalé y me caí, fallando por completo el balón. Luego tuve otra oportunidad, pero, de nuevo, perdí el equilibrio y fallé. Frustrado, corrí a la banda a cambiarme las botas. Pero Ferguson me vio, llegó antes que yo y las tiró. Me detuvo y me dijo que terminara el partido con las botas que llevaba puestas. Ese partido resultó ser mi último con el Manchester United”. Normal que le sacara de sus casillas. Es que me parece tremendo que no se tomen un mínimo de precauciones sencillas para evitar disgustos. Sobre todo en un campazo como Anoeta. Si recuerdo que hasta Iago Aspas, leyenda del Celta que visitará hoy nuestro estadio por decimotercera vez, dijo una vez al saltar al terreno de juego a su llegada al campo: “Este césped siempre está muy rápido, el balón casi no bota. A mí me gusta mucho”. Normal, por algo ya ha marcado once goles a los realistas en su carrera.

Matarazzo y Lisci

Hoy en día ya no hay tantos técnicos con el poder y la autoridad del escocés, que convirtió al United en el mejor club del mundo con una plantilla plagada de estrellas y de canteranos de primer nivel. En la actualidad se llevan más técnicos de la personalidad de Matarazzo o Lisci, de Osasuna (me niego a referirme al pelota que acaba de hacerse con las riendas de un gigante), que aparte de estar preparados tácticamente, transmiten mucho y conectan a la perfección sobre todo con la plantilla. Me dio rabia la queja llorona del italiano tras la noble y heroica lucha que libraron los dos equipos en los octavos de final que se decidieron con la histórica tanda de penaltis de Marrero. No hizo justicia ni a su equipo, ni al fragor de la batalla que se vivió en una noche inolvidable. Lo digo porque no me pudo caer mejor el año pasado durante su exitosa estancia en Miranda, donde acarició el ascenso. Jon Gorrotxategi no hizo más que reafirmarme lo que ya intuía, que es un buen tipo (“es así, italiano”, me comentó en tono jocoso y con cariño al preguntarle por su queja arbitral).

En la animada e interesante charla que mantuve con el eibartarra, me pareció que es el heredero de Ander Guevara en ese papel de gran futbolista y mejor persona. De bastión en el vestuario con dotes de líder más por su fútbol y por el puesto de director de orquesta que ocupa en el campo que quizá por su carácter o su facilidad para tomar la palabra y pegar en un momento dado cinco gritos en el vestuario. 

El no ascenso del Mirandés

En el reportaje de Movistar sobre el no ascenso del Mirandés hay dos cosas que me llamaron poderosamente la atención. Lo poco que apareció Gorrotxa, cuando fue el alma mater del equipo en el campo al jugarlo absolutamente todo, y una imagen final, plena de tensión y tristeza, en el mismo túnel de vestuario en el que se le ve roto en plena euforia local, con invasión de campo incluida, que le impide poder acercarse a saludar a los suyos: “Quería ir donde mi familia y donde los aficionados que nos habían acompañado durante toda la temporada”. Una sobrecogedora metáfora de lo cerca y a su vez lo lejos que se quedó la gloria de ascender por primera vez a los jabatos.  

Gorrotxategi

Me cae bien Gorrotxa. Está cero maleado y eso que ya lleva tiempo en el mundo del fútbol. Saluda siempre con una educación y una amabilidad exquisitas a los periodistas, aunque apenas nos conozca demasiado porque no ha podido tener demasiado contacto con nosotros por obra y gracia de la bunkerización del club debido a la crisis que ha acechado sin compasión al equipo en esta primera vuelta. Lo dije hace unas semanas, me encanta que Matarazzo haya cambiado muchas cosas en la Real, que parezca tan bueno que haya acertado en casi todas sus decisiones, que haya logrado que su equipo sea una roca que se mantiene siempre en pie y que busca la suerte hasta encontrarla como acreditó contra el Barcelona, pero yo dejé muy claro que en estos prematuros cambios de entrenador soy de los que mira con lupa los cambios de actitud de los jugadores. Los que parecen correr más, luchan más, se involucran más y rinden más. Todo eso se resume en el lamentable “no escatimar esfuerzos” pronunciada por un jugador que pierde demasiado tiempo y energía en exigir cuentas a los periodistas. Terrible frase. En tiempos de bonanza, después de una semana mágica que nos ha hecho muy felices, por supuesto que tomamos nota. Y no olvidamos.

Me parece atroz que después de que algunos jugadores que anidan en un vestuario que creíamos limpio de este tipo de plagas, se portaran comme ci, comme ça con un entrenador que, repito, es uno de los nuestros más allá del indiscutible éxito que tuvo en la cantera y del que tanto alardeó el presidente y que no ha logrado triunfar en el primer equipo, tengan la desfachatez de salir a los medios y señalarle sin ningún tipo de problema ni secuela. Un banquillo, el de su amada Real, que Sergio se ganó por méritos propios lo discuta quien lo discuta. No estamos hablando de situación deportiva ni de resultados, estamos hablando de convivencia respetuosa y saludable porque si ha pasado una vez, volverá a suceder. Se lo garantizo. Y eso sí que ya no será casualidad.

Por eso destaco la fidelidad, la autenticidad y la naturalidad sin la necesidad de señalar a ningún compañero con la que se refiere Gorrotxa a Sergio. El técnico de su vida, así lo dijo cuando le preguntamos en el test sin ningún titubeo ni miedo. Así es él. Tranquilo e íntegro. No necesita que nadie le diga lo que tiene que hacer a pesar de ser un recién llegado: “Hay caminos que van directos, otros tienen que coger otros para llegar al mismo punto, que ha sido mi caso”. No se puede contar mejor.

Vuelvo a Forlán: “En España siempre me criticaron por no besar el escudo del Atlético de Madrid, pero siempre seguí el ejemplo de mis padres. No era fan del club, no crecí allí. Mis padres me enseñaron a respetar los símbolos, y mi forma de respetarlos era no ser falso ni populista, y ser profesional. Sólo beso los escudos de Peñarol y Uruguay porque ahí crecí y es el equipo del que soy hincha”.

Aunque como él dice no marca muchos goles, a Gorrotxa no le hace falta besarse el escudo. Lo lleva grabado en su corazón, con todo lo que representa. Eso es lo que todos queremos de nuestros jugadores, más allá de que sean mejores o peores o que triunfen con mejores resultados o peores, que protejan y respeten los valores del club. Y el comportamiento del 4 en ese sentido es para quitarse el sombrero. Orgullosos de ti, Jon. ¡A por ellos!