El día de la Guardia Municipal donostiarra es la versión civil y laica de la festividad del antiguo patrón San José que, en su formato militar y religioso, se suprimió en 1988.

En plena época del nacional-catolicismo consideraron las autoridades civiles y religiosas que todas las actividades debían situarse bajo la advocación de un santo patrón. No hemos encontrado el acuerdo que refrende tal patronazgo y atribuimos la iniciativa a quien fuera jefe accidental del Cuerpo entre 1938 y 1940, D. José Lator Mañeru, persona por lo demás muy religiosa. Su primera celebración fue en 1940.

Desde ocho días antes se celebraban los ejercicios espirituales en la iglesia de los Padres Jesuitas con gran concurrencia por supuesto voluntaria, de agentes y serenos, a veces con sus familiares, que finalizaban con la misa y comunión pascual a las ocho de la mañana del día 19 de marzo. 

La jornada festiva comenzaba de madrugada, con una formación y revista del alcalde en la calle Andía, previa a la ceremonia religiosa. Finalizada ésta, breve desfile ante las jerarquías y, a continuación, desayuno de confraternización en algún restaurante.

A media mañana, formación en la calle San Martín, revista de las autoridades a los guardias y serenos, misa solemne en la catedral del Buen Pastor, seguida del desfile por San Martín y aledaños. 

Luego, en la Inspección o en el Salón de Plenos de la Casa Consistorial, reparto de premios a los agentes que se habían distinguido durante el año precedente y de obsequios para los hijos de todos los guardias. Algunos años se celebró un almuerzo presidido por las autoridades.

Por la tarde, en el teatro Victoria Eugenia o en el Bellas Artes, tenía lugar una sesión de variedades para todos los agentes, sus familiares, Cuerpo de Limpieza y otros empleados municipales e invitados.

Efemérides

El 6 de febrero de 1849, en el tercer mandato del alcalde D. Eustasio Amilibia Egaña, presentó el proyecto de Reglamento de Alguaciles y Celadores que debían custodiar una ciudad con unos 14.000 habitantes. 

El Ayuntamiento aprobó el documento y lo elevó al jefe político de la provincia, que lo sancionaría. A partir de esa fecha, amén de dos alguaciles para el servicio propio de la Alcaldía, uno de ellos, además, pregonero, se nombraron tres celadores de la policía urbana que, sin embargo, dimitirían a la semana siguiente abrumados por las exigencias que establecía el Reglamento, siendo sustituidos inmediatamente por Ramón Aguirrebarrena, Manuel Goikoetxea y Agustín Iriarte, que constituirían el embrión de la actual Guardia Municipal, que el viernes pasado cumplió sus primeros 177 años.

Serenos

Este equipo diurno se añadía en lo que a la seguridad se refería con el Servicio de Serenos, que nunca llegaron a ser empleados municipales. Cinco individuos armados que, desde el 25 de diciembre de 1838, siendo alcalde D. José Manuel Brunet, prestaban servicio de vigilancia nocturna, encendido y mantenimiento de las farolas urbanas de aceite lampante y, además, anunciaban las horas y el estado del tiempo.

Los serenos se financiaban con las contribuciones que, mensualmente, abonaban los moradores y propietarios de lonjas comerciales o industriales y la propina que les abonaban esos mismos vecinos cuando, por la noche, les abrían el portal, o acudían en busca del médico o de un sacerdote. El Ayuntamiento contribuía con una cuota especial. Esta particularidad se mantendría hasta la desaparición del Cuerpo de Serenos de Comercio y Vecindad en 1975, al ser absorbidos por la Guardia Municipal como personal auxiliar.

Si los guardias son la continuidad de alguaciles, pregoneros y celadores, los serenos eran herederos de los sacramenteros, cuya presencia se remonta en Donostia al siglo XVI.

Alguaciles y verdugos

Las primeras referencias a los alguaciles donostiarras datan de junio de 1619. En contra de lo que ocurriera en otras latitudes, en Gipuzkoa los alguaciles y pregoneros estaban exentos de ejecutar la justicia desde enero de 1491, por lo que, para tal menester, se recurría, puntualmente, a un verdugo profesional, Juan de Génova, por ejemplo, en 1533, “que suele andar por la provincia ejecutando justicia”, que cobraba tres ducados por actuación, un precio muy elevado para la época. Las ejecuciones les resultaban onerosas a las arcas públicas.

Ante esa tesitura, las Juntas Generales celebradas en Errenteria en abril de 1535 acordaron comisionar a Juan Sáez de Aramburu, ignoramos si era juntero o simplemente un tratante, para que, por un precio máximo de 50 ducados, adquiriera en Sevilla un esclavo negro, así, con un par, que le pareciera fuera bueno para el dicho oficio. Y lo trajo. Y aquel verdugo de calidad, negro y hercúleo, tan horriblemente feo, dicen las crónicas, despertó la duda de que los reos murieran atemorizados antes de que él llegara a tocarlos con sus manos. 

Santo Tomás

Antaño, cuando las Navidades no eran tan consumistas, era habitual la solicitud de aguinaldos por los más variados colectivos, que iban por las casas entregando una tarjeta de felicitación de las fiestas a cambio de unas monedas. 

El 21 de diciembre era el día señalado para el aguinaldo que los automovilistas y algunos peatones obsequiaban a los agentes de la circulación que se ubicaban en los cruces de calles más importantes, con botellas de cava, vinos, refrescos, dulces, pero también pollos vivos y otros regalos de mayor entidad, que al donante le servían de publicidad.

La iniciativa partió del Real Automóvil Club y se puso en práctica por primera vez, en nuestra ciudad, en 1954, repitiéndose anualmente hasta 1972, cuando se suprimió, quizás, porque el volumen de tráfico alcanzado y el peligro que suponía la detención de los vehículos, junto al agente –no existía la baliza V16– lo aconsejaban.

Hoy domingo

Lentejas de la Armuña. Albóndigas en salsa. Ensalada de lechuga. Compota de manzana con helado de mango. Tinto Syrah, Mas de Rander 2022. Agua del Añarbe. Petit fours de Gasand. Café.