Colaboración

Las guerras carlistas o forales

02.10.2020 | 01:15

Leo en este diario la noticia de que la diáspora vasca se apunta al Euskaltegi, y también cierta revolucionaria apreciación sobre la figura de Zumalakarregi, gracias al documento que nos ha encontrado el escritor Sorauren, y sin poderlo evitar uno las dos noticias que en realidad están unidas.

Veo el mapa de América sembrado de ikurriñas, de Euskoetxeas que se adhieren al proyecto del euskera y la memoria me va relatando el origen de semejante querencia. Terminada en 1841, la primera guerra denominada civil o carlista, muerto en 1835 el hombre que la lideró, al que la tropa llamaba Osaba Tomás, cientos de jóvenes vascos abandonan el país en lo que podría denominarse un primer exilio de causas políticas y económicas. Tenemos a voluntarios vascos, el Batallón Vasco, interviniendo en la Guerra Grande del Urtuguay, culminada en 1851, en el oficio de dinamiteros. Solicitaron, para su intervención en la misma, que sus oficiales fueran vascos y hablaran euskera. Oribe, el caudillo, beligerante, lo aceptó.

La segunda guerra carlista (1872-76) que termina también en fracaso militar y económico, promueve un abundante exilio de vascos/as a América, unido además que a la brutal suspensión del Fuero Vasco, por el que habían luchado, los obliga al servicio militar, el cual aborrecen. Prefieren cruzar el mar e intentar fortuna, a morir en las calientes arenas de África, matando hombres. En esto, resultan por igual los vascos de los siete territorios históricos. Lo que resulta curioso y aclarador es que tenemos en 1877, apenas llegando al nuevo país, la fundación de una Eusko Etxe, el Laurak Bat, un lema utilizado en la guerra, por trece hombres. Se trata de un ente social, que exige biblioteca para recuperar la cultura vasca, un frontón donde practicar su oficio de pelotaris que prontamente se hace con apuestas, y una sociedad de socorros mutuos. Todo vasco tenía derecho a un trabajo, a una asistencia social, a una iglesia, a departir en su lengua, y a un camposanto, y en tal determinación trabajaron desde la propia penuria económica, Así se han construido los múltiples centros vascos de América, de norte a sur, y con baremos semejantes, incluso en la arquitectura de sus edificios. El Laurak Bat de Buenos Aires, reconstruido en 1939, y el de Caracas, levantado en 1950, son caseríos vascos.

Lo curioso de este comportamiento está en el origen de las guerras carlistas. Hasta donde sé, no hubo en ninguna de las casas primeras, un retrato del aspirante a rey, Carlos, aunque sí de Zumalakarregi. La Gran Semana de Montevideo, 1943, un evento de importancia cultural y política sin precedentes, se inició con una charla sobre la figura del militar que en tres años de guerra resultó invicto, con tácticas de guerrilla, contra los formidables ejércitos cristinos por más que fueran hombres derrotados en Boyacá, donde se consumó la independencia de América.

Lo importante para evocar clave de la figura y obra de Zumalakarregi, un viejo militar reaccionario, es al escapar de Iruña, donde permanecía confinado, por el portal de la muralla que rodeaba la ciudad, es que llega a Etxarri Aranatz y allí jura los Fueros Vascos, antes de comenzar su guerra. Amenazada la vieja ley que regía el país, y de la que todos al parecer estaban contentos, por un centralismo español activo, disfrazado de liberalismo, los pueblos vascos deciden una guerra que consumió largos años al país. Y luego su derrota propició la emigración.

Pero cuando un exiliado parte con su mochila al confín del mundo no pierde su alma. Eso, al menos, no. Se lleva su sueño y esperanza y los vascos que arribaron al puerto de Buenos Aires y Montevideo, como los que un siglo después, ya consolidado el nacionalismo vasco, lo harían también a Venezuela, Colombia y México. Llevaban clara su identidad. Su guerra no fue una causa dinástica, aunque apoyan un candidato que les promete los Fueros, sino por la causa propia del Fuero. Eso es lo que los desterrados dejaron constancia en su quehacer y en su testamento tan vivo actualmente.

Los líderes militares, del signo que sean, cambian a veces el designio de los pueblos. Atropellan derechos en nombre de la patria, cual sea, y convierten en carne de cañón a quienes dirigen. Pero los pueblos resultan más vigorosos y resueltos a la larga. He escrito mucho de Zumalakarregi porque su importancia en nuestra historia y su evolución hacia un Laurak Bat resultan innegables, según gente que como el inglés Hennigsen le acompaño en su guerra, y otros que contemplaron no tan solo la formidable fe de su tropa, a la que hablaba en euskera, sino de la eficacia militar que estaba demostrando.

Bibliotecaria y escritora